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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2018Nº 504

Evolución

La auténtica paleodieta

El microdesgaste de los dientes fósiles nos señala qué es lo que comían nuestros antepasados y nos proporciona información sobre la forma en que el clima influyó en la evolución humana.

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Una noche del año 1990 me encontraba en mi tienda de campaña transcribiendo las notas del día, alumbrado por una lámpara de queroseno, en la ribera del río Alas, en el campamento de investigación de Ketambe dentro del Parque Nacional indonesio de Leuser. Había ido a recoger datos para mi tesis doctoral y registrar qué comían ciertos primates y de qué forma lo hacían. La idea era relacionar esas observaciones con el tamaño, la forma y el patrón de desgaste de sus dientes. Los macacos de cola larga tienen incisivos grandes y molares con cúspides romas, una morfología dentaria que la tradición atribuye a la adaptación a una ingesta frugívora. Pero los macacos que había venido observando los últimos cuatro días parecían alimentarse solo de hojas tiernas. Advertí que la relación entre los dientes y su función era más complicada de lo que indicaban los libros, y que el tamaño y la forma de los dientes de los animales no dictan qué es lo que comen. Quizá sonara extraño, pero esa constatación encerraba implicaciones clave para comprender la evolución de los animales, humanos incluidos.

Soy paleontólogo y me gano la vida recreando el comportamiento de especies extintas a partir de sus restos fósiles. Más concretamente, mi trabajo consiste en descubrir de qué modo los animales del pasado obtenían su alimento del entorno y de qué forma los cambios operados en el medio incentivaban la evolución. El año que pasé en Ketambe determinó mi concepción de los primates y la extensa comunidad biológica que los envuelve. Empecé a ver la biosfera, la parte de nuestro planeta que alberga la vida, como un bufé gigante y rico en opciones. Los animales se aproximan hasta el mostrador del bufé con un plato en la mano para escoger entre los alimentos disponibles en un lugar y un momento concretos. Las elecciones que hacen determinan el puesto que ocupa cada especie en el bosque y en el ecosistema.

Los dientes desempeñan un papel importante en la elección de alimento, ya que cada manjar necesita de los utensilios apropiados. Pero en Ketambe aprendí que la disponibilidad de alimento reviste todavía mayor relevancia. Los macacos comían hojas porque eso es lo que la naturaleza ofrecía en su bufé biosférico en aquel momento y en aquel sitio. Su dieta cambiaba a lo largo del año dependiendo del ritmo de florecimiento y maduración de los frutos en el transcurso de las estaciones. Así empecé a recapacitar sobre la incidencia que, en la dieta de las especies, tuvieron las modificaciones experimentadas en la disponibilidad de alimentos a largo de siglos, milenios o más.

La mayoría de los paleontólogos no suelen pensar con esta perspectiva sobre la vida en el pasado. Nuestra disciplina lleva a sus espaldas una larga tradición de inferir la función a partir de la forma, dando por sentado que la naturaleza selecciona las mejores herramientas para realizar cada tarea que los organismos emprendan. Sin embargo, si la función determinase la forma, los macacos no comerían hojas. Pero ¿cómo podemos reconocer en el registro fósil el tipo de alimentos seleccionados?

Durante décadas me he dedicado a esa tarea mediante la investigación de los patrones de microdesgaste de dientes fósiles; entre ellos, los de diferentes antepasados de los humanos. Otros estudiosos han buscado pistas sobre la dieta analizando las señales químicas que los alimentos dejan en los dientes fósiles. Estas señales, o «marcadores nutricionales», como me gusta llamarlos, revelan la dieta del pasado y nos dibujan una imagen mucho más completa que la que proporciona la escueta morfología dentaria. Junto a la información del registro paleoambiental, estos hallazgos nos han permitido contrastar algunas de las principales hipótesis sobre el impacto que tuvieron los cambios climáticos en la evolución humana. Los resultados modifican la interpretación tradicional de la razón del éxito de la rama del árbol filogenético humano, éxito que a otras se les negó.

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