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1 de Septiembre de 2018
Geología

La próxima gran explosión

Las entrañas del monte Santa Elena ofrecen una nueva perspectiva sobre el funcionamiento interno de los volcanes. El hallazgo da importantes claves para la predicción de erupciones catastróficas.

Catástrofe: La gran erupción de 1980 del monte Santa Elena emitió una nube de cenizas que alcanzó 24 kilómetros de altura. Hubo que rescatar a personas en helicóptero. La explosión arrasó bosques y algunas ciudades quedaron cubiertas de cenizas. [GETTY IMAGES]

En síntesis

Una cadena de volcanes que recorre la costa oeste de EE.UU. amenaza a millones de personas. De ellos, el monte Santa Elena es el más mortífero y el de peor fama.

Nuevos métodos para investigar el interior de la montaña muestran las sorprendentes maneras en que la roca fundida se desplaza desde las profundidades y pasa por intrincados conductos.

Las señales asociadas a los movimientos y los cambios químicos de los magmas quizá ayuden a predecir las erupciones del Santa Elena y otros volcanes similares, así como su peligro.

En la madrugada del 18 de mayo de 1980, la fotógrafa Arlene Edwards, acompañada de su hija Jolene, subía a un promontorio rocoso del suroeste del estado de Washington y plantaba allí su cámara para observar el monte Santa Elena, 16 kilómetros al sureste. Llevaba dos meses emitiendo ceniza y vapor. Decenas de espectadores lo miraban desde las crestas circundantes. Creían hallarse a una distancia segura.

De pronto, el flanco norte del Santa Elena se desplomó hacia el valle. Del hueco surgió una furiosa nube gris de roca pulverizada y gas caliente. Se expandió de forma explosiva, llenó el cielo del este y voló hacia Arlene y su hija. Arlene salió despedida a 300 metros de distancia; hallarían su cuerpo enredado en las ramas de un falso abeto. El de Jolene, asfixiada por la ceniza, se encontró cerca de la camioneta de su madre. Otras 55 personas murieron o quedaron heridas de muerte alrededor de la montaña.

Casi 40 años después, a unos centenares de metros de donde fallecieron aquellas mujeres, Carl Ulberg, estudiante de sismología de la Universidad de Washington, se arrodilla entre la vegetación boscosa que rebrota. Frente a él tiene una gran nevera de plástico medio enterrada, con la tapa salpicada de tierra como si fuera una trampilla de acceso al subsuelo. Extiende la mano hacia una maraña de dispositivos electrónicos y cables y extrae una tarjeta de memoria. A lo lejos reluce el monte Santa Elena; el magma enfriado de sus erupciones más recientes, entre 2004 y 2008, rellena parte del cráter. Ulberg guarda en una funda de plástico la tarjeta, con seis meses de datos de vibraciones bajo la montaña, e inserta una nueva. «Así es como vamos a averiguar lo que ocurre ahí debajo», dice.

En los últimos tres años, esta estación sísmica y otras 69 alrededor del Santa Elena han registrado sacudidas de explosivos enterrados, temblores de terremotos y el leve susurro de las olas en costas lejanas. Se integran en el proyecto Toma de Imágenes del Magma bajo el Monte Santa Elena, o iMUSH, que sigue el rastro de la roca fundida desde el interior de la Tierra hasta la superficie. Se trata de uno de los intentos más exhaustivos de obtener imágenes del sistema de conductos bajo un volcán, y ha permitido descubrir un mundo subterráneo nunca antes visto. La idea tradicional de un volcán era simple: una cámara que almacena magma en profundidad y un fino conducto que comunica con la superficie. Pero bajo el Santa Elena la roca fundida atraviesa una serie de reservorios interconectados, donde experimenta cambios químicos que pueden derivar en erupciones más enérgicas. El magma que alimenta el volcán se desplaza tanto en horizontal como en vertical, y se abre paso sorteando obstáculos y aprovechando las fallas preexistentes. Su movimiento da lugar a terremotos, profundos y superficiales, que presagian futuras erupciones a medida que se recargue la cámara magmática situada bajo el volcán.

Esos y otros hallazgos son de interés no solo para los millones de personas que viven en las inmediaciones del Santa Elena y la cordillera de las Cascadas, sino también para quienes viven cerca de otros volcanes. Desde 1980, más de 25.000 personas en todo el mundo han perdido la vida por su causa: una cifra que revela la necesidad de mejorar la predicción del riesgo. Como el Santa Elena, la mayoría de los volcanes continentales se alzan en placas de la corteza terrestre que colisionan entre sí y dejan que el calor interno de la Tierra alcance la superficie. Uno de los objetivos de iMUSH consiste en aplicar sus hallazgos a otros volcanes, aun si parecen muy diferentes.

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