Máscaras mortuorias

Cómo consiguieron fosilizar los animales más antiguos.

Espécimen fósil de Dickinsonia costata. [GETTY IMAGES]

Imagínese una máscara confeccionada en el momento de la muerte que conservara su efigie por espacio de millones de años. De alguna manera, eso es lo que le sucedió a algunos de los animales más antiguos del planeta. Revestidos por «máscaras mortuorias» compuestas por mineral de pirita (el «oro de los necios»), estas criaturas de cuerpo blando eludieron la putrefacción durante el tiempo suficiente para acabar formando parte del registro fósil, explican los paleontólogos.

Vivieron hace entre 575 y 541 millones de años, durante el período Ediacarense, y su morfología evoca seres venidos de otros mundos: uno, Kimberella, recuerda a un aguacate envuelto por una puntilla; otro, Dickinsonia, podría pasar por ser el cruce de una tortita con una lombriz. El lugar que ocupa este grupo en el árbol evolutivo es un misterio (no todos eran animales, aunque algunos sí), y entre sus miembros figuran con toda probabilidad ancestros o parientes cercanos de todas las especies zoológicas posteriores. Otro enigma que persiste es cómo pudo fosilizar la fauna ediacarense si supuestamente carecía de partes duras. Los animales menudos de cuerpo blando suelen ser devorados o se descomponen con rapidez, por lo que raramente fosilizan tras su muerte.

Para investigar todas estas cuestiones, un equipo encabezado por el paleontólogo Brandt Gibson, de la Universidad Vanderbilt, sacrificó anémonas de mar y moluscos, animales actuales cuya anatomía se acerca más a la de la fauna ediacarense. Depositaron los cuerpos en tanques de agua salada para recrear la composición química de los mares primitivos y observaron cómo la pirita rica en hierro se depositaba sobre sus restos a lo largo de un mes aproximadamente. Publicado el pasado mayo en PALAIOS, el estudio ha sido el primero en observar la formación de esas máscaras mortuorias en el laboratorio.

Las mortajas no impidieron del todo la putrefacción. Por ejemplo, los tentáculos de las anémonas «se descompusieron en poco tiempo», apunta Gibson. Este hecho indica que los fósiles ediacarenses podrían no ser el retrato completo del aspecto en vida. Colmar esa laguna de información podría ser fundamental para ubicar a tan extrañas criaturas en el árbol de la vida.

Alex Liu, paleobiólogo de la Universidad de Cambridge, que no ha participado en la investigación, afirma que el trabajo «viene a reforzar la idea en auge de que el Edicarense no es el período “enigmático” que se venía pintando desde hace décadas, y que las incógnitas que encierra no son inescrutables».

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