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1 de Septiembre de 2018
Psicología

Nuestras cosas, nosotros mismos

La inseguridad emocional puede intensificar el apego hacia nuestras pertenencias.

TIMOTHY ARCHIBALD

En síntesis

Los seres humanos somos animales sociales. Para sentirnos emocionalmente seguros necesitamos fortaleza de ego y confianza en las relaciones con otras personas.

Cuando nos falta un apego seguro a alguien querido, podemos otorgar significados profundos o cualidades humanas a nuestras posesiones inanimadas para rellenar ese vacío.

Creemos que con el contacto físico los objetos se impregnan de nuestra esencia y que nos impregnamos de la de otros cuando tocamos sus cosas.

Antropomorfizar nuestras pertenencias más preciadas es normal. Pero algunas personas vulnerables desarrollan el síndrome de acumulación.

Es un aula de vivos colores. Le piden a un niño de cinco años que describa su posesión favorita. Habla de la camiseta de dinosaurios que su madre le obligó a meter en la lavadora esa mañana. Después juega a dos sencillos juegos de ordenador. Los investigadores lo han amañado para que gane el primer juego y pierda el segundo (y para que no sufra, le dejarán ganar el tercero, y último, al final del experimento). Tanto después de ganar como de perder, un adulto le preguntará, como a los demás niños de este estudio, realizado por el psicólogo Gil Diesendruck, de la Universidad Bar-Ilan de Israel, y su colaboradora Reut Perez, si estaría dispuesto a prestarle su objeto favorito a otro niño durante una noche.

Este experimento pretendía averiguar si una alteración en la percepción de sí mismos provoca que los niños pequeños sientan mayor apego por sus objetos personales más preciados. El resultado fue impactante. La frecuencia con que se mostraban dispuestos a compartir sus pertenencias más atesoradas cuando ganaban era el doble que cuando perdían. En un experimento de control en el que las posesiones les preocupaban menos, ganar o perder el juego no afectaba a su inclinación por desprenderse de los objetos.

Estos experimentos son parte de los recientes esfuerzos por entender la relación entre los seres humanos, su sensación de seguridad y sus posesiones materiales. Muchas de estas nuevas investigaciones se basan en los trabajos que en la segunda mitad del siglo XX realizaron los psicólogos John Bowlby, Mary Ainsworth y Donald Winnicott, y en sus famosas teorías de que el apego que siente un niño por su madre y la calidad de ese apego influyen de manera considerable en sus relaciones futuras. Winnicott también propuso que cuando un niño empieza a percibir que tiene un yo independiente, distinto del de su madre, puede aprender a sentirse más seguro con un «objeto transicional» que la sustituye (un muñeco al que se aferra, digamos).

Desde entonces, otras ramas de la ciencia, desde la psicología evolutiva y la antropología hasta los estudios de mercado y la neurociencia, han afirmado también que nuestras pertenencias cubren muchas necesidades emocionales. Nos reconfortan en la soledad y aumentan la confianza en nuestras capacidades. No solo nos hacen sentirnos seguros porque sustituyan a personas importantes de nuestra vida, sino que las vemos como una prolongación de nosotros mismos. Creemos —o quizás actuamos como si lo creyéramos— que nuestra misma esencia impregna esos objetos. Si se dañan o se pierden, somos nosotros mismos quienes nos sentimos dañados o perdidos.

Esta relación con nuestras pertenencias puede parecer descabellada. Pero es perfectamente normal. «Todos conservamos cosas y poseerlas nos produce una gran satisfacción. Forma parte de nuestra herencia evolutiva», explica Nick Neave, psicólogo evolutivo de la Universidad de Northumbria, en Inglaterra. Guardar comida era, y todavía es, un importante mecanismo de supervivencia, explica Neave. Lo mismo ocurre con las armas y las herramientas.

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