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Rumores de las profundidades

Los monitores de pruebas nucleares detectan ballenas en lugar de bombas.

REINHARD DIRSCHLER/GETTY IMAGES

Algunos secretos de las ballenas están saliendo a la luz gracias a una fuente inesperada: los equipos encargados de detectar pruebas de armas nucleares. La red de hidrófonos submarinos de la Comisión Preparatoria de la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (OTPCE) fue diseñada para escuchar enormes explosiones. Sin embargo, lo que sus sensores sónicos captan más a menudo son los pacíficos murmullos de los mayores animales del mundo. Ahora, los científicos están aprovechando este singular conjunto de datos para calcular los movimientos de los rorcuales comunes y el tamaño de sus poblaciones. Ello podría servir para mejorar las inciertas perspectivas de conservación de esta especie.

En los últimos 20 años, la OTPCE ha instalado once estaciones acústicas en todo el mundo, seis de ellas en los océanos. Cada una contiene dos conjuntos de tres hidrófonos que reciben las señales y determinan su origen. Las observaciones de la OTPCE ayudaron a detectar las pruebas nucleares de Corea del Norte en 2017 y han aportado un auténtico botín de datos científicos.

Las grabaciones están revelando detalles sobre los rorcuales, una especie amenazada que se recupera de la caza sufrida durante el siglo XX. Tarun Chandrayadula, investigador del Instituto de Tecnología de la India, en Madrás, y sus colaboradores detectaron rorcuales comunes en las grabaciones que la OTPCE realizó cerca del extremo sur del país, una zona de la que nadie sabía que fuera frecuentada por esta especie. El hallazgo, en cuya publicación trabaja actualmente Chandrayadula, ha dado un empujón a sus intentos de elaborar un «atlas de ballenas» que detalle los movimientos anuales de los cetáceos del océano Índico.

Los datos de la OTPCE pueden ayudar también a determinar el tamaño de las poblaciones de ballenas, un requisito indispensable para que los esfuerzos de conservación resulten eficaces. Danielle Harris, bióloga marina de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, lideró un estudio publicado en mayo que presentaba un nuevo método para estimar el número de ballenas utilizando la red dispersa de hidrófonos de la OTPCE. Harris calcula que hay aproximadamente un rorcual común por cada 2000 kilómetros cuadrados cerca de la isla Wake, un atolón del Pacífico central.

«El primer paso es saber cuántos animales estamos tratando de conservar», señala Sean Wiggins, experto del Instituto Scripps de Oceanografía que no participó en el estudio de Harris ni en el de Chandrayadula. Con todo, los datos de la OTPCE tienen sus limitaciones, añade Wiggins. Los hidrófonos detectan sonidos por debajo de los 100 hercios, por lo que no pueden captar las vocalizaciones de las ballenas pequeñas o de los delfines. Además, los enormes espacios que hay entre las estaciones de hidrófonos hacen que resulte difícil determinar la distancia a la que se encuentra una ballena de un sensor, un problema que el nuevo método de Harris trata de resolver.

Aun así, los 15 años de conversaciones entre ballenas de todo el mundo registradas por la OTPCE son una bendición para los biólogos marinos. Y también una fuente de felicidad: «Creo que no hay nada más divertido que sentarme en mi escritorio a escuchar a estas extraordinarias criaturas», confiesa Chandrayadula.

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