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Comunicación de la ciencia

Errores y sensacionalismo en la divulgación científica

La comunicación de la ciencia vive un momento explosivo gracias al auge de los nuevos medios. Esta situación ha derivado en una avalancha informativa donde los problemas clásicos del periodismo se han multiplicado.

Una comunicación científica deficiente erosiona los estándares de lo que se considera riguroso y puede abonar el terreno a la desinformación. [GETTY IMAGES/KIEFERPIX/MATTJEACOCK/ISTOCK, MODIFICADO POR INVESTIGACIÓN Y CIENCIA]

En síntesis

La divulgación de la ciencia vive un momento dorado gracias al auge de los medios digitales y las redes sociales. Sin embargo, esa facilidad para dar y recibir información ha exacerbado algunos problemas que afectan a la calidad de la comunicación.

Algunos de ellos son propios del periodismo tradicional, como la precipitación informativa o la mitomanía. Otros se deben a un mal uso de las herramientas propias de la divulgación científica, como las analogías y las simplificaciones.

Ello no solo implica una mala comprensión de la ciencia por parte del público, sino que erosiona los estándares de lo que se considera riguroso y abona el terreno para los bulos y la desinformación. Varios ejemplos tomados de la física ilustran la situación.

Aunque a veces nos parezca que la edad heroica de la ciencia ya quedó atrás, vivimos tiempos de descubrimientos emocionantes. Nunca antes la investigación científica ha sido tan intensa ni ha cubierto un abanico tan amplio de temas. Tampoco ha sido jamás una actividad tan global, tan respaldada por una inversión económica tan grande ni ha alcanzado un punto tan alto de prestigio social.

A nadie puede sorprender, pues, que el público muestre cada vez más interés por seguir los descubrimientos científicos; bien porque van a modelar nuestra comprensión del mundo o nuestra economía, o bien por pura y simple curiosidad. Al mismo tiempo, muchos científicos desean estar al tanto de lo que ocurre en otros campos ajenos a su especialidad. Esta demanda creciente de información científica ha coincidido con la toma de conciencia de los propios científicos de que la sociedad que nos ampara y apoya nuestro trabajo merece saber a qué nos dedicamos, qué descubrimos y cómo eso puede beneficiarle (o perjudicarle). Y a veces, sin más, hay un encuentro feliz entre la simple curiosidad y el puro placer de hablar de lo que te apasiona.

Estos encuentros y confluencias de intereses son el motor de la divulgación científica como área cultural por derecho propio. Un área cultural que inicialmente se manifiesta en los medios tradicionales a través del género periodístico, literario o cinematográfico, pero que, al entrar en lo que bien merece llamarse la «Edad de la Comunicación», comienza a expresarse a través de bitácoras y revistas digitales, canales de vídeo, etcétera.

Todo ello ha convertido a la divulgación científica en un auténtico fenómeno social de nuestro tiempo. La accesibilidad de los nuevos medios ha democratizado esta actividad. Pero lo que en principio debería ser motivo de alegría para los científicos (mayor acceso a los medios por nuestra parte, mayor difusión de nuestro trabajo y la aparición de algunos comunicadores de la ciencia sencillamente fantásticos) se está tornando en causa de preocupación.

Las informaciones deficientes o sensacionalistas, las completas desinformaciones y los meros bulos que han circulado en las redes sociales sobre los aspectos puramente científicos de la pandemia o del cambio climático constituyen algunos de los ejemplos más graves de la situación. Pero hay muchos otros. La mayoría son considerados intranscendentes porque no afectan a nuestra salud —¿a quién le preocupan los terraplanistas?—. Pero, día a día, erosionan los estándares de lo que se considera contrastable, riguroso y, en definitiva, creíble y veraz a partir del conocimiento disponible. Como científicos, creemos que el ideal de búsqueda de la verdad es irrenunciable. Como ciudadanos, tememos que se cumpla la advertencia de Juan Goytisolo: «Se empieza aprobando errores y se acaba siendo condescendiente con los horrores». Y la verdad no se establece sumando likes, lectores o visitantes.

Los problemas que hoy aquejan a la divulgación científica son, en esencia, los mismos que afectan al mundo de la comunicación en general: la crisis de los medios tradicionales por la competencia de las redes sociales y los oligopolios que las respaldan, y el aumento exponencial del flujo informativo. Las consecuencias son también similares: la rebaja de la calidad y la fiabilidad de la información, con la aparición de bulos y desinformaciones motivados por razones políticas, ideológicas o económicas, y la desaparición de un espíritu crítico auténtico. Sin embargo, estos problemas y sus consecuencias tienen características específicas en el ámbito de la divulgación científica.

A continuación veremos algunos de estos problemas. Los ejemplos que hemos escogido para ilustrarlos están tomados de nuestra área de trabajo, pero creemos que son representativos de un fenómeno más general. También propondremos algunas soluciones que condensaremos en un decálogo de buenas prácticas que, en nuestra opinión, ayudarían a mejorar la divulgación científica.

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