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Los cuidadores de los suelos

Los colémbolos, unos artrópodos diminutos y a menudo desconocidos, abundan en los suelos y contribuyen a su calidad. Por ello, ocupan un lugar privilegiado en la ecología teórica y aplicada.

Las especies de colémbolos, en general de pocos milímetros, presentan una gran variedad de tamaños. Su morfología es también muy diversa. Mostramos aquí un ejemplar de Orchesella flavescens. [GETTY IMAGES/HENRIK_L/ISTOCK]

En síntesis

Los colémbolos son un grupo de pequeños artrópodos emparentados con los insectos y los crustáceos que engloba a más de 9000 especies en todo el mundo.

Muy abundantes en los suelos, contribuyen a la descomposición y al reciclaje de la materia orgánica, así como a la fertilidad de las tierras agrícolas.

Además de servir como bioindicadores de la calidad de los suelos, pueden emplearse para evaluar la toxicidad de ciertos productos agrícolas.

Asimismo, constituyen un modelo práctico y valioso para poner a prueba ciertas teorías en ecología.

Hoy en día, las actividades humanas amenazan en particular a los suelos. A la contaminación industrial, la urbanización y el enorme aporte de residuos se suman los efectos nocivos de una agricultura intensiva que ya solo contempla el suelo como un simple sustrato para que crezcan las plantas. Las alteraciones que sufre son incontables: contaminación por plaguicidas y metales, pérdida de fertilidad, erosión, pero también merma de la biodiversidad.

Los suelos constituyen, en efecto, una extraordinaria reserva de biodiversidad. Según el atlas europeo de la biodiversidad del suelo, publicado en 2010 bajo el auspicio de la Comisión Europea, mientras que en las selvas tropicales se concentra la mitad de los cerca de 10millones de especies animales y vegetales que se calcula que habitan nuestro planeta, en un simple puñado de tierra viven varios centenares de millares, incluso millones de especies. Aunque estas estimaciones incluyen la inmensa variedad de la vida microbiana (bacterias, hongos y arqueas), ha llegado el momento de reconsiderar el suelo y tener en cuenta su biodiversidad no solo por lo que es, sino también por lo que aporta en términos de servicios a la humanidad.

De hecho, los organismos que pueblan el suelo aseguran varias funciones esenciales. Descomponen y reciclan la materia orgánica. También estructuran físicamente la tierra al modificar los agregados (los «ladrillos elementales» de los que están compuestos los suelos) y su disposición, lo cual determina la porosidad edáfica y, por consiguiente, la circulación del agua y del aire. Por lo tanto, los suelos son fértiles y ofrecen soporte físico a los cultivos, gracias, en gran parte, a los organismos que cobijan. El estudio de tal biodiversidad, para conocer y preservar los servicios que esta nos presta, se convierte así en un desafío mayúsculo.

Dentro de la increíble variedad de los organismos edáficos, un grupo se revela especialmente abundante: los colémbolos. Estos pequeños animales, que rara vez miden más de uno o dos milímetros de longitud, son prácticamente desconocidos para el gran público. Con todo, los expertos los investigan desde hace tiempo. Algunos los han empleado como modelo de estudio para la compresión global de los sistemas ecológicos, dado su papel primordial en las redes tróficas y en la descomposición de la materia orgánica. Por otro lado, los colémbolos son sensibles a las variaciones fisicoquímicas y biológicas de su hábitat, característica que también convierte a estos artrópodos en instrumentos valiosos para ayudarnos a gestionar mejor los suelos.

Artrópodos hexápodos

Pero ¿qué aspecto tienen estos animales? Los colémbolos son artrópodos, es decir, poseen patas articuladas. Cada uno de los tres segmentos de su tórax porta un par de patas, al igual que el de los insectos, pero, a diferencia de estos, los colémbolos carecen de alas. Sobre la cabeza se alzan dos antenas y su abdomen está compuesto por seis segmentos, a veces fusionados. Entre otras peculiaridades, numerosas especies presentan en la extremidad del abdomen un divertículo en forma de horquilla de dos ramas, la «fúrcula». Esta suele estar replegada bajo el abdomen, pero puede desplegarse de repente, lo que permite al animal ejecutar saltos impresionantes de hasta varios centímetros de altura en función de la especie. Es por esta singularidad que los anglosajones bautizaron a los colémbolos con el término springtails, nombre común que podríamos traducir por «colas saltarinas».

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