Las células tramposas en el cáncer

En los organismos complejos, las células conviven gracias a la colaboración. Cuando algunas rompen las reglas, aparece el cáncer.

[KOTRYNA ZUKAUSKAITE]

En síntesis

En los organismos pluricelulares, la colaboración entre las células en la distribución de los recursos y el intercambio de señales químicas resulta fundamental para la supervivencia.

Pero en ocasiones aparecen células que se aprovechan de la sociedad colaboradora en la que viven. Consiguen eludir los sistemas moleculares de control, monopolizan los nutrientes y se reproducen en exceso, lo que da lugar al cáncer.

El conocimiento detallado de los mecanismos naturales que permiten detectar y desactivar a las transgresoras puede aprovecharse para desarrollar tratamientos contra la enfermedad.

La ballena jorobada es uno de los animales más grandes que han existido jamás en este planeta. En realidad, está constituida por una sociedad gigantesca de billones de células que colaboran entre sí. Los distintos tipos de células se ocupan de la alimentación, la respiración, la natación, la reproducción, la interacción con otros animales y todas las funciones necesarias para que el cetáceo sobreviva y prospere. Un elefante, una persona o incluso un cactus saguaro entrañan una civilización celular que funciona igual de bien.

Los organismos pluricelulares evolucionaron en un principio porque las células que colaboraban entre sí poseían ventajas sobre las solitarias, como las bacterias unicelulares. Compartir recursos permitió a las formas de vida aumentar de tamaño —lo que las ayudó a hacer frente a los depredadores—, puesto que los nutrientes y las señales químicas que precisaban las células podían transportarse por todo el cuerpo. La división de las tareas hizo posible que las células se especializaran y formaran partes útiles, como el estómago o las patas. Y el trabajo en equipo les confirió la capacidad de mantener un entorno extracelular saludable en el que podían vivir más tiempo.

Pero la colaboración es una empresa delicada. En la vida pluricelular pueden medrar los tramposos. Al acaparar recursos, se replican con más rapidez que los cumplidores y toman el control, a menos que existan mecanismos que velen por la colaboración. Las células díscolas se aprovechan de la sociedad celular colaboradora en la que viven, se reproducen en exceso, monopolizan los nutrientes y alteran la armonía que necesitan los organismos pluricelulares para ser viables. Esta deslealtad celular es lo que conocemos como cáncer.

Las células cancerosas rompen las reglas que rigen a las demás. Se dividen cuando no toca, no mueren cuando corresponde, privan a otras de los suministros esenciales, eluden sus propias funciones y contaminan el espacio extracelular. Mientras que las células colaboradoras ponen freno al desarrollo y la proliferación excesivos, las cancerosas a menudo evaden las señales que inhiben el crecimiento. Las primeras tienen una vida limitada, en tanto que las segundas se resisten a la muerte celular y se ocultan del sistema inmunitario para que no las destruya. Las células normales distribuyen los nutrientes y las señales químicas esenciales para la supervivencia; en cambio, las cancerosas forman vasos sanguíneos adicionales que les surten de más recursos. Tales contrastes ponen de manifiesto que hacer trampa no es una mera metáfora del cáncer, sino una descripción de su realidad celular.

Esta perspectiva de la evolución y la colaboración aporta nuevos conocimientos sobre el proceso por el que se produce el cáncer, y también explica por qué no lo hace. Los animales enormes, como la ballena y el elefante, rara vez lo padecen a pesar de estar formados por infinidad de células que podrían descarriarse. ¿Por qué? Varios investigadores, incluido nuestro equipo del Centro sobre la Evolución del Cáncer de la Universidad Estatal de Arizona, han examinado los genomas de estos animales y han descubierto que contienen numerosas copias de los genes encargados de destruir las células que mutan y producen proteínas anómalas, un signo del cáncer. Dichos animales también poseen copias adicionales de los genes que desencadenan la reparación del ADN. Esos genes son, en esencia, la policía de la colaboración. Uno de ellos, llamado TP53, se ha catalogado como supresor del cáncer en los humanos; pero, a diferencia de los animales gigantes, nosotros solo tenemos dos copias y, como era de esperar, somos más propensos a las neoplasias malignas. Los científicos intentan ahora convertir en tratamientos las acciones de estos genes y buscan otros parecidos en toda la extensión del árbol de la vida. Los oncólogos incluso han comenzado a utilizar principios evolutivos para diseñar quimioterapias que protejan a las células menos agresivas y egoístas de los tumores emergentes para reducir así la malignidad del cáncer.

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