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Nueva perspectiva para la enfermedad de Parkinson

Los últimos descubrimientos genéticos y celulares permitirán desarrollar mejores tratamientos para este trastorno del sistema nervioso, cuya incidencia es cada vez mayor.

JEFF JOHNSON / HYBRID MEDICAL ANIMATON

La enfermedad de Parkinson, descrita en los albores del siglo XIX por el médico británico James Parkinson como una "parálisis temblorosa", se cuenta entre los trastornos neurológicos de mayor incidencia. Según fuentes de las Naciones Unidas, la padecen al menos 4 millones de personas en todo el mundo; en EE.UU., el número de afectados se estima entre 500.000 y un millón, y se diagnostican 50.000 casos cada año. Las previsiones para 2040 indican que estas cifras se habrán duplicado, debido al envejecimiento de la población; de hecho, la enfermedad de Parkinson y otros trastornos neurodegenerativos frecuentes entre los ancianos (como el Alzheimer y la esclerosis lateral amiotrófica) van camino de superar al cáncer como primera causa de muerte. Pero la enfermedad no es exclusiva de las personas mayores: el 50 por ciento de los pacientes la sufren a partir de los 60 años; la otra mitad, antes. Las mejoras en el diagnóstico han revelado que la enfermedad afecta incluso a personas menores de 40 años.

Se desconoce la forma de atenuar, interrumpir o prevenir la enfermedad de Parkinson. Aunque existen tratamientos (farmacológicos o basados en la estimulación profunda del cerebro), éstos alivian sólo los síntomas, no las causas. Con todo, en los últimos años se han producido avances alentadores. Descubrimientos sobre las bases génicas de la enfermedad y su relación con ciertas disfunciones proteínicas infunden un renovado optimismo ante la posibilidad de abrir nuevas vías terapéuticas.

Tal y como su denominación decimonónica sugiere, la enfermedad se caracteriza por trastornos de la motricidad: temblor de manos, brazos y otras zonas del cuerpo, rigidez de las extremidades, lentitud de movimiento y alteraciones en el equilibrio y la coordinación. Algunos pacientes tienen problemas también para andar, hablar, dormir, orinar y mantener relaciones sexuales.

El origen de estos trastornos se halla en la muerte de neuronas, que afecta al cerebro y, de modo particular, a las neuronas que producen dopamina (un neurotransmisor) en la sustancia negra. Estas neuronas dopaminérgicas son componentes fundamentales de los ganglios basales, un complejo circuito ubicado en la zona profunda del cerebro que coordina y afina los movimientos.

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