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El arte de salvar reliquias de plástico

El plástico presente en los trajes espaciales del programa Apolo, en las pinturas de Andy Warhol y en otras piezas de museo está deshaciéndose. Los expertos investigan cómo rescatar estos tesoros.

PATRIMONIO DETERIORADO: En el Museo Smithsoniano Nacional del Aire y del Espacio, en Washington D.C., las viseras de policarbonato de los trajes usados por los astronautas de las misiones Apolo están degradándose por la segregación de aditivos. [CORTESÍA DEL MUSEO SMITHSONIANO NACIONAL DEL AIRE Y DEL ESPACIO]

En síntesis

Buena parte de nuestro patrimonio cultural moderno, desde pinturas acrílicas hasta piezas de Lego y trajes espaciales, está fabricado con plástico.

Estos polímeros no duran para siempre. Al degradarse, generan fragmentos moleculares desordenados. Esa inestabilidad puede arruinar pinturas y otros objetos.

Los conservadores disponen de nuevos métodos para identificar señales tempranas de descomposición y para limpiar las obras de arte deterioradas con métodos adaptados a cada sustancia química.

Los trajes de aquellos hombres estaban concebidos para durar. Esas armaduras de ochenta kilos de peso, impolutamente blancas, confeccionadas a mano y con sus más de veinte capas de materiales de vanguardia, protegían a sus portadores de una falta de presión atmosférica que pondría la sangre a hervir y de temperaturas que fluctuaban entre los 180 grados Celsius bajo cero y los 150 sobre cero. Un día de julio de 1969, el mundo entero observó sin pestañear cómo, enfundado en uno de esos trajes, Neil Armstrong pisaba un suelo extraño y polvoriento.

De regreso a la Tierra, las indumentarias de la misión Apolo hallaron nueva vida como piezas de museo. Desde entonces han atraído a millones de visitantes al Museo Smithsoniano Nacional del Aire y del Espacio, en la ciudad de Washington. Sin embargo, el personal de esta institución ha descubierto con sorpresa que los trajes también necesitan su propio soporte vital.

El año pasado, Lisa Young, conservadora del museo, advirtió que comenzaba a extenderse un velo blanquecino por los transparentes cascos, que recuerdan a peceras: su superficie lisa y curvada empezaba además a agrietarse. «Resulta muy frustrante», admite Young. «Pensábamos que eran bastante estables.» No obstante, ya se habían producido señales que avisaban de problemas en los trajes. Las ampollas a presión de neopreno, que evitaban que los cuerpos de los astronautas reventasen en el vacío del espacio, empezaron a desmenuzarse y a liberar gases ácidos hace años. «Cualquiera que haya trabajado con los trajes espaciales conoce su olor», comenta Young. «Lo describiría como un olor dulzón a cloro, ligeramente acre.» Además, en el tejido blanco exterior apareció una mancha pegajosa de un color entre pardo y anaranjado.

El problema reside en el material de construcción: el plástico. Muchos piensan que los plásticos duran para siempre, lo cual los convierte en una plaga para el medio. Sin embargo, aunque las unidades repetidas de carbono, oxígeno, hidrogeno y otros elementos que componen los plásticos tienen un tiempo de vida largo, las cadenas que forman (los polímeros sintéticos) no envejecen bien. La luz, el oxígeno y la temperatura debilitan los enlaces que mantienen unida la estructura molecular. Como consecuencia, las sustancias químicas añadidas a los plásticos para dotarlos de flexibilidad o para colorearlos migran hacia el exterior, y la superficie se vuelve pegajosa y húmeda, perfecta para atraer la suciedad. Young cree que la visera de policarbonato del traje espacial estaba segregando una sustancia que se le añadió para facilitar el moldeo de la pieza.

También están en grave peligro varias obras de arte inestimables de siglo XX. Andy Warhol, David Hockney y Mark Rothko utilizaron en sus creaciones pintura acrílica, un polímero que se popularizó en los años cuarenta como alternativa a los óleos tradicionales. El plástico constituye un elemento básico de buena parte de nuestro patrimonio cultural reciente: importantes muebles de diseño, películas de archivo, maniquíes para pruebas de choque, las primeras piezas de Lego, joyas de baquelita, las esculturas de plástico del movimiento pop-art... «Ahora sabemos que los objetos de plástico figuran entre los más vulnerables de las colecciones de museos y galerías», explica Yvonne Shashoua, científica del Museo Nacional de Dinamarca experta en conservación y una de las primeras investigadoras del patrimonio cultural que ha estudiado la degradación de los plásticos.

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