Aceite para hoy, sequía para mañana

El monocultivo superintensivo de olivos está vaciando los acuíferos de una reserva protegida y acelerando la desertificación.

Cultivo superintensivo de olivares en el valle de Tabernas (Almería). La densidad de plantación es tan elevada que los olivos no llegan a la categoría de árbol, se quedan en arbustos. Crear alfombras verdes (cuyo regadío consume muchísima agua) en un territorio árido no es sinónimo de sostenibilidad, sino un claro ejemplo de ecoimpostura (greenwashing), es decir, de hacer pasar por ecológico algo que es justo lo contrario. [CORTESÍA DEL CLUB ALMERIENSE DE MONTAÑISMO]

A medida que bajamos hacia el sur de España por la A7, encontramos un paisaje cada vez más árido y rácano. Ya en la provincia de Almería, la autovía salva un par de quebradas que captan nuestra atención: el barranco del Tesoro y el del río Aguas. Si las remontamos, llegamos a una especie de oasis donde la vegetación solía ser espléndida y la fauna sorprendente. Su origen es un manantial por el que descarga el acuífero Alto Aguas, que ocupa una parte del valle de Tabernas. El flujo de sus aguas y las lluvias han ido excavando, a lo largo de miles de años, galerías y cavidades. El conjunto es tan singular que se creó una reserva, el Karst en Yesos de Sorbas. Incluye 17 tipos de hábitats y 27 especies de aves protegidas por directivas europeas, y da cobijo a la emblemática tortuga mora.

Durante siglos, este lugar mantuvo una agricultura modesta pero variada. Ahora, en cambio, está agotado. En cuatro decenios, el caudal del río ha pasado de 70 a 7 litros por segundo. ¿Qué ha ocurrido? Nos encontramos ante un claro caso de desertificación. El calentamiento global y el consiguiente aumento de sequías explica una parte del problema. Pero, tal y como hemos explicado en Land, la razón principal del deterioro de esta zona es otra y la hallamos en el extremo oriental del valle.

Siguiendo una carretera estrecha y sinuosa, nos sorprende un tapiz verde que inunda el terreno: miles de olivos, dispuestos en apretadas filas, se pierden en el horizonte. Entre los arbustos apenas hay metro y medio, y las filas están separadas 3 o 4 metros (fotografía). Este cultivo superintensivo presume de ser extremadamente eficiente. Y, de hecho, lo es.

Sin embargo, las repercusiones de esa eficiencia no son todas positivas. El volumen de extracciones supera con creces a la recarga natural del acuífero, por lo que el negocio está condenado a la extinción. Pese a los informes que advierten, desde hace años, de este uso insostenible, la descoordinación entre las administraciones hace que se sigan autorizando volúmenes de riego incompatibles con el régimen hidrológico de la zona.

Tradicionalmente, el olivo era un cultivo de secano. En Tabernas podíamos encontrarlo siguiendo las líneas de acumulación de escorrentía, al fondo de pequeñas depresiones o barrancos, o delimitando bancales. Los olivos, dispersos, tenían densidades de entre 65 y 100 pies por hectárea (pies/ha), y el aceite que daban era de una calidad extraordinaria. Ello le valió varios premios y el sobrenombre de «oro del desierto».

Aprovechando la fama y el acceso a las aguas subterráneas, los olivos comenzaron a regarse y apretarse (210 pies/ha), con el fin de aumentar la producción. De 200 hectáreas en regadío en los años cincuenta, pasamos a 2000 a finales de siglo. El aumento de superficie continuó, acompañado de una nueva intensificación del regadío en forma de olivares en seto superintensivos. La densidad de plantación supera ya los 1500 pies/ha.

 

Crear alfombras verdes en un territorio árido no es sinónimo de sostenibilidad, sino un claro ejemplo de ecoimpostura (greenwashing), es decir, de hacer pasar por ecológico algo que es justo lo contrario.

 

Si nos quedamos con la visión meramente productivista, no hay duda de que este es el camino: en secano se obtienen 0,7 toneladas por hectárea, con riego tradicional 2 y con cultivo superintensivo en zonas cálidas con un buen riego... ¡16! Pero este camino tiene contrapartidas poco deseables. La más importante es que el acuífero que sostiene todo el agronegocio se está agotando, probablemente de manera irreversible. A mayor rendimiento, mayor necesidad de agua: el secano vive de la lluvia, el regadío menos intenso requiere unos 3000 metros cúbicos por hectárea y el superintensivo bebe más de 5000. Por otra parte, la calidad del aceite está lejos de la del mencionado «oro del desierto». Además, la nivelación del terreno y la eliminación de la cubierta vegetal entre los olivos han deteriorado el suelo, con un aumento de la erosión, y han perjudicado la biodiversidad. Para finalizar, las ganancias de este tipo de agricultura se concentran en unos pocos productores, mientras que las pérdidas (sobre todo las derivadas de quedarse sin agua) perjudican a toda la población.

En 2019, la superficie de olivar en regadío era de 4300 hectáreas, 1550 de las cuales en régimen superintensivo. En el momento de escribir estas líneas, las cifras han sido superadas. No se trata de contraponer este modelo agrario frente a otro más tradicional. Se trata de ser conscientes de que apostar solo por la cantidad, en un contexto de escasez hídrica, de calentamiento global, de excedente de aceite de oliva y, por tanto, de caída de precios, no tiene sentido. Conociendo el delicado estado de este acuífero, urge limitar su explotación y promulgar una agricultura más integrada en el paisaje y que apueste por la calidad. Existen iniciativas más sensatas, como el proyecto Olivares Vivos, financiado por la Comisión Europea, que integran la explotación del territorio con el mantenimiento de la funcionalidad de los ecosistemas. Algo que, a su vez, redunda en la salud económica de la zona.

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