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Rompecabezas prehistórico

Un nuevo método ayuda a reconstruir esqueletos de dinosaurios.

En aquellos yacimientos donde los restos óseos abundan y se encuentran muy desordenados (en la fotografía, un yacimiento en la frontera entre Utah y Colorado), reconstruir el esqueleto de un dinosaurio individual puede suponer todo un reto para los paleontólogos. [DEA, C. DANI, I. JESKE, GETTY IMAGES]

El Oeste Intermontano de Estados Unidos está sembrado de huesos de dinosaurios. En estratos rocosos del Jurásico superior que se extienden desde Nuevo México hasta Montana, los paleontólogos han descubierto yacimientos muy ricos en osamentas fosilizadas. Ya sea conectados anatómicamente o apilados, es posible encontrar abundantes huesos de reptiles prehistóricos tan emblemáticos como Allosaurus, Stegosaurus o Diplodocus. Las inundaciones monzónicas de aquel período arrastraron manadas enteras cuyos restos quedaron amontonados y cubiertos por los sedimentos. Sin embargo, y aunque a primera vista un yacimiento así podría parecer un paraíso, se trata más bien de un gigantesco quebradero de cabeza para todo aquel que quiera desentrañar su historia.

«¿Cuántos dinosaurios tenemos aquí?» puede parecer una pregunta sencilla, pero no lo es para los paleontólogos. Cada esqueleto de dinosaurio, grande o pequeño, contiene doscientos huesos o más. Y cuando esos lechos óseos se formaron en el Jurásico superior, los esqueletos no siempre permanecieron conectados (articulados) ni juntos (asociados): la descomposición, los carroñeros y las riadas los separaron y los dispersaron. En lugares como el yacimiento Cleveland-Lloyd Dinosaur Quarry, en el centro de Utah, no se encuentra ningún esqueleto entero y articulado. Se calcula que allí se ubican los restos de, al menos, 46 Allosaurus, pero solo porque se han reconocido 46 fémures izquierdos de esta especie. Y tal cifra no es más que un cálculo de mínimos, ya que es probable que el fémur izquierdo de algunos individuos se haya perdido para siempre.

En otros yacimientos ocurre algo parecido. «Hasta ahora, el criterio principal para asignar huesos a un individuo era que los restos estuviesen articulados o asociados», explica Kayleigh Wiersma-Weyand, estudiante de posgrado de la Universidad de Bonn. Por regla general, los paleontólogos suponen que los huesos de la misma especie, cercanos entre sí y con un tamaño similar pertenecen a un mismo individuo, pero no hay modo de saberlo con certeza. Ahora, en un trabajo publicado en Palaeontologia Electronica, Wiersma-Weyand y sus colaboradores ofrecen una solución: analizar el interior de los huesos.

Los yacimientos de Howe-Stephens y Howe Scott, en Wyoming, son desde hace tiempo un tesoro para los paleontólogos. Pero, al igual que ocurre en otros ricos yacimientos del Jurásico dispersos por el oeste de Estados Unidos, los restos se esparcieron antes de quedar enterrados. Sin embargo, gracias el examen de la microestructura celular ósea, los autores lograron asociar huesos aislados a individuos concretos.

Para ello, los investigadores cortaron finas láminas de huesos de las extremidades de saurópodos de cuello largo (un procedimiento que, si se realiza con cuidado, no daña la estructura general del hueso) y las examinaron al microscopio. Su trabajo es el primero que combina varios tipos de análisis microestructural a fin de emparejar cada hueso con su esqueleto. La técnica requiere examinar características como las líneas de crecimiento, el número de orificios abiertos en el tejido óseo para dar paso a vasos sanguíneos, o las estructuras circulares donde el tejido nuevo ha reemplazado al viejo.

«Creo que se trata de una estrategia inteligente para un problema habitual», opina Michael D’Emic, paleontólogo de la Universidad de Adelphi que no participó en el trabajo. Afirmar si un hueso está emparejado o no con otros hallados en el mismo yacimiento puede ser difícil, sobre todo en colecciones históricas con décadas de antigüedad. Algunos esqueletos exhibidos en los museos son reconstrucciones hechas con huesos descubiertos en un mismo lugar pero dispersos, sin que haya modo de saber si todos ellos pertenecieron o no al mismo animal. «Este artículo proporciona un sistema novedoso para saber quién es quién», añade D’Emic. Al menos, siempre que los museos faciliten las muestras necesarias.

El nuevo estudio se basa en décadas de investigación sobre el modo en que el crecimiento y la vida del animal quedan grabados en el hueso. Dicha investigación se había centrado en distintos huesos de varios lugares, explica Wiersma-Weyand, «pero ahora podemos aplicar nuestros conocimientos generales a depósitos concretos», añade la experta.

Imágenes microscópicas del fémur de un <em>Apatosaurus</em> apodado Jacques. Los detalles revelan canales vasculares y signos de crecimiento óseo.<br />[DE: «TESTING HYPOTHESIS OF SKELETAL UNITY USING BONE HISTOLOGY: THE CASE OF THE SAUROPOD REMAINS FROM THE HOWE-STEPHENS AND HOWE SCOTT QUARRIES (MORRISON FORMATION, WYOMING, USA)»; KAYLEIGH WIERSMA-WEYAND ET AL. EN <em>PALAEONTOLOGIA ELECTRONICA</em>, ART. 24.1.A10, HTTPS://DOI.ORG/10.26879/766. COPYRIGHT SOCIEDAD DE PALEONTOLOGÍA DE VERTEBRADOS, MARZO DE 2021]


En el caso de un saurópodo apodado Max, por ejemplo, casi todos los huesos se encontraron en una pila de restos desarticulados. Dos de la extremidad inferior siguen unidos, pero ¿pertenecieron los demás a este Galeamopus? Los investigadores comprobaron que los detalles estructurales de los huesos articulados coincidían con los de muchos de los desarticulados, lo que indicaba que pertenecieron a un mismo individuo. Sin embargo, también descubrieron que algunos huesos que hasta entonces se habían asignado a Max en virtud de su aspecto pertenecieron realmente a otros ejemplares. Gracias a ello, los autores pudieron recomponer parcialmente el verdadero esqueleto de Max 148 millones de años después de su muerte.

El nuevo estudio adolece de ciertas limitaciones. «Los distintos elementos de un [mismo] esqueleto soportan fuerzas biomecánicas diferentes y presentan perfiles biomecánicos ligeramente dispares», afirma Julia McHugh, paleontóloga de los Museos del Oeste de Colorado que no participó en la investigación. Wiersma-Weyand admite esta dificultad, pero matiza que el método ideado por su grupo puede ser mucho mejor a la hora de determinar qué huesos no van juntos. Comenzar por aquellos que aún estaban articulados o asociados ayuda a fijar un punto de partida para asignarles más huesos. Y las múltiples líneas del análisis microscópico funcionan mejor para contrastar la hipótesis de que los huesos pertenecieron a un mismo animal.

Aparte de estimar mejor la cantidad de individuos presentes en un yacimiento, McHugh señala que este análisis de la microestructura ósea podría tener más aplicaciones, y no solo en el estudio de los dinosaurios. «Podría ser de gran utilidad para determinar el perfil de edad de la población de un lecho óseo», ya se trate de dinosaurios del Jurásico o de mamíferos fósiles, explica la experta.

Esta estrategia también ayudará a saber cómo acabaron los restos en el lugar, aclara Wiersma-Weyand. Por ejemplo, en un canal fluvial petrificado, asignar los huesos a individuos concretos ayudaría a determinar la dirección de la corriente cuando quedaron enterrados. Eso resultaría esencial para reconstruir cómo se formaron los yacimientos y determinar si fue en un único episodio de enterramiento o en varios.

«Es fascinante», valora Joseph Peterson, paleontólogo de la Universidad de Wisconsin en Oshkosh que no intervino en el estudio. «Saber cuántos esqueletos desarticulados yacen en un mismo entorno supondría aplicar a la paleontología las técnicas forenses y criminalísticas modernas.»

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