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Una dosis de confianza en el futuro

Una enriquecedora crítica contra el ecologismo catastrofista, el animalismo antiespecista y el posthumanismo cultural.

Zamora Bonilla: Contra apocalípticos

CONTRA APOCALÍPTICOS
ECOLOGISMO, ANIMALISMO, POSTHUMANISMO
Jesús Zamora Bonilla
Shackleton Books, 2021
320 págs.

Podría decirse que el elemento común de todos los trabajos filosóficos de Jesús Zamora Bonilla, tanto los más técnicos y académicos como los dirigidos a un público más amplio (como es el caso de este libro), es que no solo están siempre alejados de los tópicos, sino que son sumamente penetrantes a la hora de mostrar los puntos débiles de los argumentos más arraigados en cualquier tema. En Contra apocalípticos, Zamora Bonilla, catedrático de filosofía de la ciencia en la UNED, hinca el diente con fuerza, pero también con amenidad y sentido del humor —otra marca de la casa—, en tres de las corrientes intelectuales más influyentes del momento, caracterizadas por anunciar tiempos oscuros para el ser humano: el ecologismo, el animalismo y el posthumanismo.

Conviene comenzar precisando que Zamora Bonilla no se enfrenta en este libro al ecologismo, al animalismo ni al posthumanismo tomados cada uno de ellos en su acepción genérica. Su crítica va dirigida a ciertas versiones radicales de estas corrientes de pensamiento. En concreto, a la versión catastrofista del ecologismo, a la versión antiespecista del animalismo y a la versión antihumanista y «singularista» del posthumanismo. Pero queda claro en el libro que ni se niegan los graves problemas ambientales que hemos creado, incluido un cambio climático de origen antropogénico; ni se rechaza la idea de que los animales merecen respeto y debemos evitarles los sufrimientos que podamos (siempre que esto no cause más sufrimiento a más animales); ni se condena el uso futuro de la biotecnología para la mejora del ser humano. El mensaje general que el libro quiere transmitir lo deja muy claro el autor en las primeras páginas: «La única actitud racional ante un debate que se refiere a asuntos dominados por la incertidumbre y la complejidad es la de no aferrarnos con demasiada vehemencia a nuestras convicciones morales, sean estas las que sean».

La primera parte del libro consta de tres capítulos en los que básicamente se hace una defensa del relativismo moral y se subraya el papel que desempeñan las emociones en la aceptación de los juicios morales. No se trata tanto de una defensa del emotivismo moral en sentido estricto (puesto que también el razonamiento moral tiene su parte), cuanto de un pluralismo en el que se reivindica la toma de conciencia de los fundamentos, siempre revisables y contextuales, de nuestras posiciones morales.

La segunda parte es la dedicada a la crítica al ecologismo. Lo que Zamora Bonilla, que además de filósofo es doctor en economía, nos viene a decir es que, en efecto, hay que tomarse en serio las amenazas que se ciernen sobre el ser humano debidas al desarrollo industrial y al exceso de población. Pero teniendo muy presente que el impacto económico negativo del calentamiento global, incluso en los escenarios pesimistas que se han planteado con seriedad, será mucho menor en términos económicos de lo que pensamos, y que, en todo caso, para hacer frente a dichas amenazas lo mejor es no empobrecernos ahora por el prurito de que así contribuiremos a salvar mejor la situación futura. Zamora Bonilla cree que el ecologismo radical, o «cascarrabias», como él lo llama, aprovecha los problemas reales que se ciernen sobre el entorno para introducir su propia agenda ideológica, habitualmente anticapitalista. Esta, sin embargo, solo debería tomarse como una de las posiciones posibles en el debate, y no como la única viable, habiendo además razones de peso para pensar que no es precisamente la mejor de las propuestas que hay sobre la mesa.

La tercera parte del libro se ocupa del animalismo. Este puede ser entendido sencillamente como la defensa de que el valor de los animales no puede ser meramente instrumental. Es el reconocimiento de que la vida de los animales tiene un valor que debemos tomar en consideración, y que, por tanto, el respeto a esa vida tiene relevancia moral. Cómo se concrete esa relevancia moral es una cuestión a discutir. El reconocimiento de ciertos derechos es una vía, pero una cuestión es si habría medios mejores para ese fin. Es cierto que esto constituye una forma amplia y —admitámoslo— algo difusa de entender el animalismo, pero tiene al menos la virtud de señalar que no hay por qué aceptar que algunas corrientes animalistas muy en boga quieran incluir en él posiciones bastante más discutibles, como por ejemplo el antiespecismo.

Su crítica se centra particularmente en dos puntos: en la idea de que el círculo de seres por los que sentimos una empatía que nos lleva a darles un trato moral se expandirá necesariamente hasta incluir a todos los animales, cuyo sufrimiento debería considerarse igual al nuestro, así como en la fundamentación racionalista (kantiana) de los derechos de los animales. Por fortuna, el animalismo no exige ser un antiespecista que conceda igual importancia moral a todo sufrimiento, ni exige incluir en el círculo de la moralidad a todos los animales, ni exige buscarle fundamentaciones metafísicas extrañas a la conveniencia de reconocer ciertos derechos a algunos animales. Frente a la tesis animalista de que tenemos la obligación moral de evitar causar sufrimiento a cualquier ser sintiente, lo que Zamora Bonilla propone es no causarles más sufrimiento del que encontrarían si se hallaran en la naturaleza. La distinción entre bíos y zoé resulta aquí relevante.

 

«La única actitud racional ante un debate que se refiere a asuntos dominados por la incertidumbre y la complejidad es la de no aferrarnos con demasiada vehemencia a nuestras convicciones morales, sean estas las que sean»

 

Por último, la cuarta parte de este trabajo está dedicada a la discusión del posthumanismo, entendido fundamentalmente como posthumanismo cultural; es decir, como la crítica al humanismo clásico realizada desde posiciones filosóficas posmodernistas. Aunque también analiza las principales propuestas de Yuval Noah Harari y de Nick Bostrom, que encajan más bien en el transhumanismo tecnocientífico, partidario del mejoramiento humano mediante la tecnología. El posthumanismo cultural considera que el ser humano, tal como lo ha venido entendiendo la tradición filosófica occidental, ya no existe, y que debemos sustituir ese concepto por una visión plural, no antropomórfica y no dualista de lo humano. Zamora Bonilla considera que hay mucho de aprovechable en esta crítica, tanto más cuanto que los valores sobre los que se sustenta son, según su criterio, los mismos que los del humanismo. Pero hay otros aspectos de esta corriente que serían rechazables, como el carácter demasiado especulativo de sus análisis sociales y las pocas garantías de que sus propuestas alternativas vayan a resolver alguno de los problemas sociales que denuncian.

El libro se cierra con un capítulo «sobre nuestro futuro a larguísimo plazo» que es sumamente sugerente y valiente en sus predicciones. Es probablemente donde más discreparía de las ideas presentadas aquí por Zamora Bonilla (también lo haría en algunos aspectos puntuales de su crítica al ecologismo y al animalismo). Yo auguro que los cambios propiciados en nuestra especie por la tecnología serán mucho mayores de lo que él contempla, pero esta discrepancia es esperable cuando se trata de imaginar un futuro muy lejano. Probablemente se produce aquí un efecto mariposa: pequeñas discrepancias sobre el presente se convierten en grandes diferencias sobre el futuro. Él cree que «el progreso científico, tecnológico y social terminará mucho antes de que lo haga la propia humanidad». Yo, sin embargo, creo que continuará —más lentamente quizá— mientras haya humanidad. Lástima que los transhumanistas no tengan razón en lo de la longevidad indefinida para que podamos, tanto él como yo, comprobar dentro de miles de años quién se acercó más a la realidad.

Soy consciente de que los ecologistas, los animalistas y los posthumanistas que lean esta reseña pensarán que su posición no queda en absoluto tocada de forma grave por las objeciones que he mencionado. Puede que así sea, pero una reseña breve no puede nunca dar cuenta de la complejidad de los argumentos. Lo más que puede, como esta, es asegurarle al lector interesado que en este libro encontrará motivos para la reflexión, coincida o no con lo que en él se defiende, y que, además, no se aburrirá en absoluto. ¿De cuántos libros que se publican hoy puede decirse lo mismo?

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