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1 de Noviembre de 2016
Economía

La amenaza de la desigualdad

¿Resistirá la sociedad civil las enormes divergencias económicas?

ANDREW MYERS (fotografía); ANGELA CAMPOS, Stockland Martel (composición)

En síntesis

La brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado en las últimas décadas en muchos países por diversas razones.

No todas las desigualdades de ingresos son socialmente destructivas, pero cuando permiten que pequeños grupos cambien las reglas de la política o de la economía en su favor, es posible que la innovación o el crecimiento desfallezcan.

Es improbable que la sociedad logre una mayor prosperidad sin enfrentarse a la desigualdad de ingresos y sin domeñar el comportamiento dañino que promueve.

El mundo de hoy está lleno de amenazas. Dos de los grandes baluartes de nuestra reciente prosperidad se hallan en jaque: el proyecto europeo de posguerra y una democracia (razonablemente) robusta en Estados Unidos. Oleadas de refugiados de la guerra civil siria inundan Europa y tensan hasta el punto de ruptura la tradicional generosidad que los europeos del norte han mostrado con quienes padecían dificultades. Somos testigos de los horrores que tienen lugar en el Oriente Próximo, del crecimiento titubeante de China y del calentamiento global. Partes considerables de la población de Europa y de Estados Unidos no han visto apenas crecer su nivel de vida desde hace años, y se están desentendiendo de unos procesos políticos que tan poco les favorecen. Y en el mundo rico, el ritmo del crecimiento per cápita decae, mientras que en casi todas partes las desigualdades en ingresos y en patrimonio aumentan.

Aunque quizá no salte a la vista que la desigualdad merezca un lugar entre esos peligros, sería un error subestimar su potencia. Todos los problemas que he citado están asociados a ella; si bien la desigualdad extrema y creciente no ha causado dicha amenaza, sin duda la empeora.

Puede parecer así que el mundo se está dirigiendo de cabeza al infierno. Sin embargo, no sería razonable extrapolar nuestras perspectivas futuras solo desde el presente. Primero hemos de mirar atrás para ver lo lejos que hemos llegado.

Nosotros —me refiero a quienes vivimos en el mundo rico y a muchos de quienes habitan en el pobre— gozamos hoy de una riqueza y salud muy superiores a las de cualquier otra época de la historia.

En la interpretación habitual, «prosperidad» se equipara a poder adquisitivo o bienestar material, que ciertamente son un componente suyo importante. Pero el bienestar humano depende de mucho más. La riqueza material tiene escaso valor si se está muerto o incapacitado, y la buena salud es en sí misma una gran parte del bienestar. La educación contribuye a los ingresos y, por lo tanto, al bienestar material, pero propicia además una vida más fructífera y mejor. Igual que la riqueza material, la salud y la educación forman parte de la prosperidad, también lo hace la libertad (la de participar en la sociedad civil, la de movimientos o la de no padecer discriminaciones, violencias, arrestos arbitrarios y encarcelamientos). Todas estas libertades tienen una mayor vigencia hoy que en cualquier otro momento de la historia.

Si retrocedemos 250 años, hasta la segunda mitad del siglo XVIII, veremos que algunos países estaban empezando a emerger de un pasado en el que la pobreza y la mala salud eran la norma. Durante la mayor parte de la historia han sido muchos los niños que han fallecido antes de cumplir los cinco años. Las plagas y epidemias constituían una amenaza constante. Solo tras la Revolución Industrial y la subsiguiente revolución de la salud se generalizarían el crecimiento económico sostenido y las mejoras en salubridad.

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