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1 de Noviembre de 2016
Geología

Una historia estratificada

¿Qué huellas dejaremos en el planeta?

ANDREW MYERS (fotografía); ANGELA CAMPOS, Stockland Martel (composición)

En síntesis

Aunque el ser humano ha alterado el sistema terrestre, los científicos debaten acerca de si esos cambios dejarán huellas permanentes en los estratos geológicos que definen formalmente las épocas y las eras.

Hemos diseminado aluminio, plásticos, hormigón, partículas de carbono (procedentes de la quema de combustibles fósiles), insecticidas y partículas radiactivas (liberadas por bombas nucleares) por mares y continentes. Ello favorece la declaración del Antropoceno como una nueva época.

Queda por dilucidar si la nueva época habría empezado hace miles de años, cuando comenzaron a discernirse los primeros efectos antrópicos, o si solo se iniciará en un futuro, cuando se expresen por completo las consecuencias de nuestras actividades.

La idea surgió en México, en el año 2000, totalmente improvisada por Paul Crutzen, uno de los científicos más respetados del mundo. El investigador holandés, muy conocido por sostener que una guerra atómica sin cuartel causaría un «invierno nuclear» letal para la fauna y la flora terrestres, obtuvo el premio Nobel por sus investigaciones sobre otra amenaza mundial: la destrucción de la capa de ozono causada por el ser humano [véase «Una atmósfera cambiante», por Thomas E. Graedel y Paul J. Crutzen; Investigación y Ciencia, noviembre de 1989].

En México, Crutzen escuchaba a los expertos discutir las pruebas de los cambios ambientales que habían acontecido a escala global a lo largo del Holoceno, una época diferenciada que, según los geólogos, comenzó hace 11.700 años y hoy sigue su transcurso. Cada vez más frustrado, terminó estallando: «¡No! Ya no estamos en el Holoceno. ¡Estamos...», e hizo una pausa para pensar, «... en el Antropoceno!».

El silencio invadió la sala. Parecía que el término había tocado la fibra sensible, y siguió mencionándose una y otra vez durante el resto del encuentro. Aquel año, Crutzen escribiría un artículo con Eugene Stoermer (hoy ya fallecido), especialista en diatomeas que, unos años atrás, había acuñado el término Antropoceno. Las pruebas, según exponían ambos autores en aquel trabajo, eran claras: la humanidad industrializada había alterado la composición de la atmósfera y los océanos terrestres y había modificado el paisaje y la biosfera (incluidas las poblaciones de diatomeas). Estábamos viviendo en un nuevo planeta dirigido por fuerzas antrópicas, considerablemente distinto del mundo anterior. Reforzado por el prestigio de Crutzen y por su forma de escribir persuasiva y vívida, el concepto se expandió rápidamente entre los miles de científicos del Programa Internacional Geosfera-Biosfera, que había patrocinado el encuentro de México. El «Antropoceno» comenzó a aparecer en artículos científicos escritos en todo el mundo.

Pero ¿se trata realmente de un cambio geológico; es decir, de un cambio tan profundo que sus huellas hayan quedado grabadas en los estratos geológicos de todo el planeta? ¿Podría la humanidad causar un cambio tan radical como el ocurrido hace entre 18.000 y 8000 años, durante la transición entre el Pleistoceno y el Holoceno, cuando los inmensos glaciares que cubrían buena parte del planeta empezaron a retroceder y su fusión causó un ascenso del nivel del mar de 120 metros en todo el globo? ¿Podrían resultar los efectos provocados en el suelo por el ser humano tan significativos como cuando comenzó el Pleistoceno, hace 2,6 millones de años, y la Edad de Hielo estableció su dominio? ¿Podrían equipararse unos efectos de la actividad humana que solo tienen unos siglos de antigüedad con los grandes cambios que se han producido a lo largo de nuestro tumultuoso pasado geológico, cuyas unidades de tiempo se miden en millones o incluso miles de millones de años?

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