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La escondida agresividad de Pfiesteria

Se le acusa de provocar la muerte en masa de los peces y de atentar contra la salud en humanos. Pero su poder dañino es mucho más insidioso e inquietante.

Era una tarde calurosa y húmeda de octubre de 1995. De pie en la embarcación, que se mecía suavemente, observé una masa ingente de peces sangrientos y moribundos que rompían la superficie cristalina del estuario de Neuse. En ese recodo de Carolina del Norte el curso dulce del río Neuse se mezcla con el agua salada del Atlántico. Los peces ascendían a la superficie del río, retorciéndose y luchando para respirar, hasta que quedaban inmóviles, flotando sobre un costado. Predominaban lachas tiranas, de corta talla, que sirven de alimento a otras especies mayores de interés pesquero. Algunas platijas ocasionales, roncadores o anguilas también se debatían en la superficie. Las gaviotas se alineaban en la orilla de la zona afectada, que cubría unos 95 kilómetros cuadrados. Se prometían un festín.
Con mi equipo de la Universidad estatal de Carolina del Norte, recogía muestras de agua de la zona con el propósito de establecer el motivo de la mortandad. Las llagas sangrientas y su errático comportamiento apuntaban hacia un posible brote tóxico de Pfiesteria piscicida, un microorganismo unicelular que habíamos observado en 1989 y que asociaríamos luego con la muerte de peces en diversos estuarios. En esta ocasión el desastre alcanzó notables proporciones; quince millones de cadáveres plateados tapizaban el agua.

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