Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Marzo de 2018
Economía

Hacer saltar la banca

Nuevas redes financieras podrían detener la concentración de la riqueza y fomentar la participación en la economía, pero solo si se utilizan con cuidado.

BORJA BONAQUE

En síntesis

El sistema financiero moderno ha alcanzado cotas peligrosas de complejidad. Aumentar la transparencia reduciría los riesgos, pero eso requiere un modelo del circuito monetario con un nivel de detalle que supera la capacidad de la tecnología actual.

Las monedas digitales como el bitcóin y otras técnicas nuevas posibilitan ya simular cada actividad comercial y cada transacción. Estas herramientas podrían servir para crear redes financieras más eficientes y descentralizar el control del dinero. La gente no dependería de los bancos para efectuar transacciones con otras personas.

El potencial para que se produzca una transformación radical es real, pero existen aún muchas incógnitas. Estas redes digitales solo promoverán la equidad y la transparencia si se construyen adecuadamente y se utilizan de forma responsable. Podría ser igual de probable que condujeran a niveles extremos de control centralizado.

Un día de primavera de hace más de 5000 años, en la ciudad mesopotámica de Ur, un comerciante extranjero vendió su mercancía a cambio de un buen montón de plata. No quiso regresar a su hogar cargando con ella, porque sabía que al final de la temporada de cosecha tendría que volver a Ur para comprar grano, de modo que el mercader se dirigió al templo local, donde a menudo se guardaban objetos valiosos, y solicitó al sacerdote que le custodiara la plata.

Poco después, un sobrino del sacerdote le pedía un préstamo. El joven quería comprar semillas para sembrarlas. Así que el sacerdote le prestó parte de la plata, razonando que, si su sobrino no lograba devolvérsela para cuando el mercader la reclamara, podría suplir la cantidad que faltaba, bien con sus fondos personales, bien pidiendo prestado a sus amigos. Mediante la táctica de aprovechar un contrato de larga duración con el comerciante extranjero para cubrir un préstamo a corto plazo a su sobrino, el sacerdote duplicó el número de transacciones comerciales usando dos veces el mismo dinero. En otras palabras, inventó la banca fraccionaria.

Sabemos por los datos arqueológicos que en Mesopotamia tuvo que ocurrir algo similar a esto. Primero, aumentó la productividad global de la economía, porque el sobrino pudo permitirse comprar semillas; segundo, introdujo el riesgo: cabía la posibilidad de que no saldara la deuda a tiempo.

En la Europa del siglo XVII, la aparición de bancos centrales amparados por los Gobiernos conectó este «doble gasto» al sistema tributario. Los reyes pedían préstamos a los comerciantes para combatir en guerras o construir caminos, y los destinaban a pagar a proveedores y tropas. La puesta en circulación de ese dinero generaba actividad económica y beneficios, y a cada paso la cantidad se multiplicaba por dos o más. Los reyes devolvían habitualmente los préstamos gracias a los impuestos con que gravaban las ganancias, lo que estableció un circuito monetario que marcó el inicio del sistema bancario actual.

En su versión más simple, el circuito moderno funciona de la siguiente manera. Primero, las empresas solicitan préstamos a los bancos privados para pagar los salarios y otros gastos; este es el paso en el que se crea dinero. Segundo, los consumidores compran los bienes que producen las empresas o ahorran el dinero depositándolo en cuentas bancarias. Por último, las empresas utilizan sus ingresos para reembolsar a los bancos, lo que completa el ciclo. En esta etapa, la suma prestada al principio se destruye, pero los intereses permanecen para siempre. Es así como los bancos privados revitalizan las economías, sacando dinero «de la nada», si bien este poder se encuentra regulado en parte por los bancos centrales, que imponen límites sobre el capital líquido del que deben disponer las entidades privadas en todo momento para respaldar las actividades crediticias.

Artículos relacionados

Otros artículos del informe especial El futuro del dinero

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.