Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 2018Nº 498
Libros

Reseña

Gratuito

Sintetizar la vida

Una perspectiva etnográfica de una de las últimas revoluciones en biología molecular.

Menear

SYNTHETIC
HOW LIFE GOT MADE
Sophia Roosth. Chicago University Press, 2017

La biología sintética se propone proyectar componentes, mecanismos y sistemas biológicos inéditos, así como rediseñar los naturales ya existentes. En el curso de los últimos quince años, el avance registrado en biología molecular ha posibilitado la recreación de regiones codificadoras de ADN en bacterias, plantas y animales. Con el dominio del genoma podemos inducir, en organismos animales, enfermedades humanas. Pero la biología sintética va más allá. En su horizonte aparecen, a partir de materia inerte, una vuelta al origen de la vida y un replanteamiento de la noción de esta.

El término sintético hunde su origen en el siglo XVII, cuando fue recogido del griego syntithenai, que significa «poner juntos», «unir». Durante la Revolución Científica, experimentalistas y filósofos fueron incorporando paulatinamente el método sintético a sus planteamientos analíticos en física, metafísica y matemática. Análisis y síntesis se reconocían útiles complementarios. Cuando emergió la química orgánica, en el siglo XVIII, sintético se refería a la fabricación de compuestos orgánicos por el hombre. Fue Immanuel Kant quien le otorgó un poderoso impulso filosófico.

En las ciencias de la vida, un giro decisivo se dio a finales del siglo XX. Ingenieros e informáticos se pasaron con sus armas conceptuales y bagajes técnicos y experimentales al dominio de la biología. Resolvieron que, si el propósito de la biología era comprender la vida, el crearla permitiría idear teorías más precisas que las concebidas hasta entonces. Trataron el material biológico como elemento de diseño y manufactura: genomas bacterianos que codificaran pasajes de James Joyce, o levaduras quiméricas con genes cosechados de petunias, ajenjo y microorganismos de las fuentes termales de Islandia [véase «Biología sintética», por David Baker et al.; Investigación y Ciencia, agosto de 2006].

En Synthetic, Sophia Roosth acomete el primer estudio etnográfico de la disciplina en una obra que documenta las transformaciones sociales, culturales, retóricas y económicas que la biología ha experimentado en esta edad posgenómica. Una investigación etnográfica de campo desarrollada entre 2005 y 2012, sumergida en laboratorios de científicos dedicados a la materia. Más allá de las probetas y los ratones, el libro analiza los compromisos políticos, estéticos, económicos, sociales y religiosos de los biólogos sintéticos [véase «Biología sintética y ciencias sociales, un diálogo difícil», por Pierre-Benoit Joly y Benjamin Raimbault; Investigación y Ciencia, octubre de 2014].

Muy pronto, la biología sintética se robotiza. En el año 2000 se publicaron dos artículos clave que iniciaron una revolución en la introducción de nuevas funciones en el interior celular. Se tomaron dos circuitos electrónicos (un oscilador y un conmutador) y se construyó el equivalente de la materia viva. La vida convertida en una máquina. La autora inicia su recorrido con el trabajo pionero de Drew Endy en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, donde rediseñó el virus T7 [véase «Células cibernéticas», por W. Wayt Gibbs; Investigación y Ciencia, octubre de 2001]. Sigue, en California, con la obra de Jay Keasling y otros. Keasling desarrolló una vía microbiana sintética para fabricar artemisinina, un compuesto contra la malaria, para distribuirlo en países en vías de desarrollo.

La obra también reseña los avances en ingeniería metabólica. Al sacar a la luz enzimas promiscuas y vías metabólicas no naturales, penetra en el parentesco sintético y la irisación de las fronteras entre especies. Ejemplos que cristalizan en BioBrick y en la obra en genómica sintética de Craig Venter. En 2010, Venter alegó haber creado vida sintética. Su laboratorio insertó el genoma de la bacteria Mycoplasma mycoides (sintetizado y ligeramente modificado) en una célula «muerta» de un organismo estrechamente emparentado, reavivando el protoplasma.

La secuenciación y la síntesis permiten a los biólogos sintéticos traficar entre moléculas físicas de ácidos nucleicos (ADN y ARN) y secuencias genéticas desmaterializadas que evolucionan a través de pantallas de ordenador. Secuenciar significa leer las cadenas de cuatro bases nucleotídicas que constituyen el ADN y el ARN para componer una secuencia genética digital escrita literalmente con letras, en sustitución de la molécula. La síntesis opera en sentido contrario: utiliza técnicas de genómica para construir físicamente macromoléculas de ácidos nucleicos de acuerdo con la base de las secuencias genéticas deseadas. Más allá de estas herramientas, la labor en los laboratorios de biología sintética es muy similar a la de otros campos.

La biología sintética busca, en efecto, ensamblar componentes que no son naturales para generar sistemas químicos que presten soporte a la evolución darwinista (biológica). Al ensamblarlos de manera artificial, los científicos esperan comprender la biología no sintética, es decir, la natural. En su ecuación de fabricación y comprensión, de síntesis y análisis, la fabricación de vida no es un fin, sino una técnica para acrisolar los márgenes de la vida. La fabricación de nuevas formas de vida requiere también la depuración de términos que se suponen de sentido común: natural y artificial, biológico y sintético.

Hoy la mayor parte de la investigación se desarrolla en Europa occidental —especialmente en el Reino Unido, Alemania y los Países Bajos— y en Estados Unidos, donde el grueso del trabajo se concentra en California y Nueva Inglaterra. Pero la investigación en biología sintética se ha extendido por todo el país. En 2013 había 174 universidades estadounidenses implicadas en alguna forma de investigación en biología sintética, un trabajo que recibe financiación de distintos organismos estatales: los Institutos Nacionales de la Salud, la Oficina de Proyectos Avanzados de Investigación para la Defensa, el Departamento de Energía y la Fundación Nacional para la Ciencia. Esas organizaciones se interesan en el campo por sus potenciales aplicaciones comerciales: energías limpias, armas biológicas y síntesis económica de fármacos.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados