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1 de Octubre de 2019
Zoología

Visión nocturna

Numerosos animales a los que se atribuía una mala visión en condiciones de baja luminosidad recurren a trucos neuronales para ver en la oscuridad.

El macaco cola de cerdo (Macaca nemestrina) filtra las interferencias de lo que ve. [ANUP SHAH, GETTY IMAGES]

En síntesis

Diversos animales muestran una visión excelente en condiciones crepusculares o nocturnas. Antes se pensaba que recurrían a otros sentidos para encontrar alimento o pareja.

Entre tales facultades se halla la visión cromática. Algunas polillas, ranas y salamanquesas perciben colores en la oscuridad para vagar por el mundo.

Logran esa proeza gracias a las neuronas de su sistema óptico, que realzan las escasas señales lumínicas procedentes de los ojos.

Los últimos rayos de sol se filtran a través del denso follaje a medida que la noche se cierne sobre la selva húmeda y sofocante de Barro Colorado. El anochecer oscurece las altas e imponentes ceibas, las palmas y los arbustos de esta isla panameña hasta que el ojo humano apenas vislumbra poco más que retazos del cielo estrellado entre las copas. Los grillos con su canto toman el relevo a los monos aulladores, que enmudecen al caer la noche.

En el crepúsculo, una abeja del sudor nocturna, de ojos saltones, cabeza verde metálico y abdomen pardo claro, sale de su nido, alojado en una rama hueca. Hambrienta, marchará rauda en busca de néctar y polen. Pero antes de alzar el vuelo, se gira y echa un vistazo a una rama de la que cuelga una tarjeta blanquinegra, la cual ha sido colocada por unos investigadores. De los nidos de ramas vecinas penden otras tarjetas, de color gris en este caso.

Una vez que la abeja se aleja, el zoólogo Eric Warrant y sus colaboradores de la Universidad de Lund trastocan el orden de las cosas y colocan la tarjeta rayada en otro nido. Cuando nuestra protagonista regresa, vuela derecha hacia el nido señalado por las franjas, suponiendo que es el suyo, lo cual demuestra que estas abejas perciben y emplean esas señales visuales. «No tienen problemas para verlas, incluso con la luz más tenue imaginable», asegura Warrant. (Y puntualiza que si los colaboradores que las siguen no usaran gafas de visión nocturna acabarían «dándose de narices con un árbol», tal es la oscuridad.)

La notable visión nocturna de esta abeja halíctida, Megalopta genalis, solo se explica en parte por sus adaptaciones oculares. Presenta unos omatidios (las unidades que forman el ojo compuesto) más grandes, lo que mejora la sensibilidad a la luz. Aun así, los ojos saltones no bastan para explicar cómo encuentra su nido con tan ínfima luminosidad. Warrant ha llegado a la conclusión de que, además de los órganos visuales, el modo en que su cerebro procesa la tenue luz ambiental le permite alzar el vuelo después del ocaso.

Durante décadas hemos supuesto que la mayoría de los animales veían el mismo paisaje mortecino, en blanco y negro, que el ser humano contempla cuando cae la noche. Se pensaba que la fauna nocturna confiaría en otros sentidos, como el olfato o el oído. Hoy, una nueva hornada de investigaciones está refutando esas suposiciones. «Siempre habíamos considerado que conocíamos bien la visión nocturna de los animales, pero en realidad pocos la habían estudiado», confiesa Warrant. Una vez que los investigadores han comenzado a escudriñar el mundo de las tinieblas, han descubierto que una amplia variedad de especies contempla un paisaje nocturno sorprendentemente claro.

Polillas, ranas y salamanquesas, entre otros, distinguen colores en la noche cerrada, cuando los propios científicos no ven más que matices de gris. Esa sensibilidad a las variaciones cromáticas supone una ventaja para ellos, pues el color es una forma mucho más fiable de identificar los objetos, ya sea a plena luz del día o en la penumbra y la oscuridad, que otros indicadores no cromáticos, como la intensidad. Facilita la búsqueda de alimento, de hogar o de pareja en la oscuridad. «Es sorprendente que tantos animales sean activos por la noche y lleven a cabo tareas que nos están vedadas», afirma Almut Kelber, biólogo de Lund especializado en los sentidos.

Los secretos de la navegación nocturna residen en algún lugar entre el ojo y el cerebro. Las neuronas que conforman los sistemas visuales de estos animales acumulan las briznas de luz y crean con ellas imágenes más brillantes, al tiempo que descartan con cuidado las señales interferentes que las emborronarían. Llevan a cabo esa tarea agregando las señales procedentes de puntos contiguos de su campo visual. Además, también acumulan las procedentes de puntos aislados durante un período prolongado, básicamente ralentizando la percepción visual, todo con el fin de realzar la claridad de los objetos.

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