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1 de Febrero de 2016
Astronomía

La guerra de los telescopios

La rivalidad entre tres equipos de astrónomos ha amenazado la supervivencia de los mayores proyectos de astronomía terrestre.

El Telescopio de Treinta Metros (TMT) es uno de los tres gigantescos observatorios terrestres que se hallan en construcción. [CORTESÍA DE LA ORGANIZACIÓN DEL TELESCOPIO DE TREINTA METROS]

En síntesis

La comunidad de astronomía óptica lleva años diseñando la construcción de tres gigantescos observatorios terrestres: el Telescopio de Treinta Metros (TMT), el Telescopio Gigante Magallanes (GMT) y el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT).

Se prevé que los tres comiencen a funcionar en la década de 2020. Cada uno contará con un espejo primario de unos 30 metros de diámetro, un tamaño sin precedentes que permitirá estudiar el cosmos con una resolución y claridad jamás alcanzada hasta ahora.

A pesar de ello, los tres proyectos siguen buscando financiación. Ello ha suscitado la pregunta de por qué la comunidad insiste en construir tres instrumentos tan similares. La respuesta reside en una vieja rivalidad que se remonta a principios del siglo XX.

Desde hace quince años, tres grupos de astrónomos han estado persiguiendo el mismo sueño: construir el mayor telescopio sobre la faz de la Tierra. El coloso que cada uno de ellos pretende erigir será tres veces más grande que los mayores telescopios ópticos existentes hoy en el mundo, con capacidad para captar imágenes de planetas que orbitan estrellas lejanas y estudiar todo el universo, remontándose en el tiempo hasta casi la gran explosión.

Ese observatorio de ensueño se presenta en tres versiones: el Telescopio Gigante Magallanes (GMT, por sus siglas en inglés), desarrollado por un consorcio al que pertenece la Institución Carnegie para la Ciencia, con sede en Washington; el Telescopio de Treinta Metros (TMT), proyectado por el Instituto de Tecnología de California (Caltech), las universidades de dicho estado y otros socios; y el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT), concebido por el Observatorio Europeo Austral (ESO). La construcción de los tres instrumentos ascendería a unos 4000 millones de dólares, pero, por ahora, los grupos siguen sin financiación y presionan para conseguirla. Hoy ya podría haber al menos un telescopio gigante en funcionamiento; en su lugar, solo hay equipo parcialmente construido que aguarda su instalación en lugares inhóspitos.

Es probable que los tres observatorios acaben llegando renqueantes a la meta y que comiencen a operar en algún momento de la década de 2020, aunque con retraso y sobrecostes. Pero ¿a qué se debe esta situación? ¿Cómo es posible que tres proyectos con objetivos comunes hayan terminado compitiendo entre sí para obtener financiación? ¿Por qué no han aunado esfuerzos para minimizar la posibilidad de un fracaso colectivo?

Tales preguntas han sido formuladas en repetidas ocasiones por varios agentes, incluido un desconcertado comité estadounidense que debía considerar la financiación federal de dos de los telescopios. Las docenas de científicos entrevistados para este artículo han reflexionado sobre qué podría haber sucedido si, en vez de tres proyectos, se hubiesen propuesto solo uno o dos. Casi todos admiten que, si los grupos en contienda no hubiesen rechazado numerosas oportunidades de colaboración, hoy la humanidad estaría mucho más cerca de disponer de la última generación de observatorios de gran tamaño. La competencia entre dos de ellos se remonta a principios del siglo XX, época desde la que se ha mantenido debido a rivalidades personales, falta de comunicación, pugnas tecnológicas y un expansivo universo de rencor.

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