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1 de Diciembre de 2012
Neurociencia

El lenguaje del cerebro

El cerebro interpreta las experiencias mediante la sincronización de los impulsos que recorren miles de millones de neuronas.

KENN BROWN, MONDOLITHIC STUDIOS

En síntesis

Con poco más de un kilogramo de peso, el cerebro es capaz de percibir, pensar y actuar con una precisión imposible de conseguir por un ordenador.

Esa proeza cognitiva se logra mediante la sincronización de las señales que atraviesan los billones de conexiones entre los miles de millones de neuronas.

Cuando vemos una maceta, varios grupos de neuronas se activan durante un breve intervalo de tiempo para estimular una parte del cerebro, la cual representa el objeto en ese justo momento.

Entender el funcionamiento de esa sincronización nos ayudará a comprender nuestro comportamiento y a construir nuevos ordenadores, más eficaces que las máquinas digitales tradicionales.

Nuestro cerebro funciona mejor que Google o que el robot más moderno.
De entre la vasta gama de experiencias y emociones que almacenamos, en un instante accedemos a una de ellas. Reconocemos de inmediato la cara de nuestros padres, cónyuge, amigos o mascotas, ya sea a plena luz, en la oscuridad, desde arriba o de reojo, una tarea que los sistemas de visión por ordenador de los robots más sofisticados logran a duras penas. También realizamos sin esfuerzo varias operaciones a la vez, como cuando sacamos un pañuelo de nuestro bolsillo y nos secamos la frente mientras entablamos una conversación con un conocido. Sin embargo, la creación de un cerebro electrónico que permita a un robot llevar a cabo esta simple combinación de comportamientos queda todavía lejos.

¿Cómo ejecuta el cerebro todas esas acciones, teniendo en cuenta que la complejidad de redes en su interior (billones de conexiones entre miles de millones células) rivaliza con la de Internet? Una de las respuestas la hallamos en su gran eficiencia energética: cuando una neurona se comunica con otra, gasta una millonésima parte de la energía que necesita un ordenador para realizar una operación equivalente. Sin duda, la evolución debió favorecer en este órgano de algo más de 1 kilogramo un rendimiento cada vez mayor.

Sin embargo, el ahorro energético no puede ser la única explicación, dado que el cerebro cuenta con una serie de limitaciones intrínsecas. Una neurona de la corteza cerebral, por ejemplo, responde a un estímulo de otra neurona que inicia un impulso, o potencial de acción, en milésimas de segundo. Lo hace a paso de tortuga, en comparación con los nanosegundos que tardan los transistores en encender un ordenador. La fiabilidad de una red neuronal también es baja: una señal que viaja de una célula cortical a otra llega a su destino final con una probabilidad del 20 por ciento, valor que se reduce aún más si la conexión entre ambas es distante y no directa.

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