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El trópico llega al Mediterráneo

Los efectos del cambio climático resultan cada vez más evidentes también en las aguas del Mediterráneo, con consecuencias negativas para la biodiversidad y los ecosistemas.

En riesgo por el calor: Un banco de salpas (Sarpa salpa) nada sobre una pradera de Posidonia, en el cabo de Gata, Almería. Ambientes mediterráneos como este se encuentran en riesgo debido al cambio climático. [GETTY IMAGES/DAMOCEAN/ISTOCK]

En síntesis

Los mares sufren el calentamiento global y una de las cuencas que más nota sus consecuencias es la mediterránea. Las características fisicoquímicas están cambiando por el aumento de la temperatura en las aguas superficiales y profundas. Esto está provocando una pérdida de biomasa en la base de la red trófica, un aumento de la acidez y una caída del oxígeno disuelto.

El aumento de la temperatura convierte las aguas mediterráneas en un lugar adecuado para nuevas especies exóticas.

Todos estos efectos, sumados a otros de igual origen antropogénico, ponen en riesgo muchos ecosistemas mediterráneos de alto valor ecológico y gran importancia económica.

El cambio climático está alterando las características físicas y químicas del mar y, con ello, el metabolismo y el ciclo reproductor de multitud de especies, así como el equilibrio entre ellas. Los efectos no se extienden por igual sobre el mapa, sino «a manchas»: varían según la latitud y se concentran en ciertas regiones. El mar Mediterráneo es una de ellas.

Además, al contrario de lo que se pensaba hasta hace poco, los efectos del calentamiento global están calando con rapidez hasta las profundidades marinas. En la franja situada entre 200 y 11.000 metros hay ecosistemas que conforman el bioma más extenso del planeta, una vasta porción de la biosfera. Estos ecosistemas profundos, carentes de luz y, por tanto, de fotosíntesis, ocupan más del 65 por ciento de la superficie terrestre y albergan más del 90 por ciento de los organismos marinos. Son fundamentales, pues, no solo por la enorme biodiversidad que acogen, sino por su capacidad de renovar la producción de los océanos a lo largo del tiempo. En particular, las fosas marinas constituyen los principales motores de la regeneración de los nutrientes inorgánicos necesarios para el crecimiento de las algas y las plantas marinas.

En la mayor parte de los ecosistemas profundos, las condiciones ambientales permanecen notablemente constantes a lo largo del tiempo; solo cambian a escala geológica. Así que el impacto de las variaciones puede ser muy importante, sobre todo en los organismos que se caracterizan por un crecimiento lento y una maduración sexual tardía.

Un océano en miniatura

El mar Mediterráneo está experimentando grandes cambios, de ahí que haya sido propuesto como modelo para predecir las respuestas de los océanos al cambio climático. Es, en definitiva, un «océano en miniatura». Semicerrado entre el estrecho de Gibraltar por el oeste y el del Bósforo por el este, representa menos del 1 por ciento de la superficie de los océanos y contiene el 0,3 por ciento de las aguas. Puede ser descrito como una suerte de enorme lago salado, con una profundidad media de 1450 metros (contra los 3750 metros del océano). Por esa escasa profundidad, sus aguas se calientan más rápido que las de cualquier océano. La mayoría de los organismos que alberga son ectotermos, es decir, su temperatura corporal es idéntica a la del ambiente marino circundante, por lo que su metabolismo cambia al compás de la temperatura ambiental.

El Mediterráneo es también una zona en la que ya se han verificado numerosos efectos del calentamiento global. La temperatura de la superficie ha ido aumentando sin género de dudas desde la década de 1960, con frecuentes episodios de sobrecalentamiento de las aguas superficiales desde finales de los 90 que han provocado notables pérdidas de bentos, las formas de vida que se mantienen en contacto directo con el fondo. No es necesario ser investigador para darse cuenta de los cambios. Basta con ir a la playa.

Tuve pruebas de ello hace algunos veranos en Sicilia, cuando una mañana temprano vi un enorme cangrejo corriendo por la arena que luego desapareció en un agujero. Era un cangrejo fantasma, una especie típicamente tropical. La playa estaba salpicada de agujeros de entrada a las madrigueras de estos crustáceos, que pocos meses antes habían desembarcado en Italia, listos para extenderse hacia el norte. Junto con los cangrejos fantasma, una gran variedad de peces tropicales, como el pez liebre, el pez ballesta o el pez globo espinoso, también están entrando en el Mediterráneo y llenando las redes de los pescadores de Calabria, Apulia y Sicilia. Esta fauna exótica procedente de otros mares es una prueba evidente del cambio climático en curso. Las especies tropicales asaltan la cuenca mediterránea porque encuentran condiciones favorables; habituadas a climas cálidos, se encuentran en ella mejor que las especies autóctonas, estresadas por el calor excesivo.

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