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Philip Anderson: el eterno legado de un genial cascarrabias

Un gigante de la física del estado sólido que supo llevar su influencia intelectual mucho más allá de su disciplina.

Philip Warren Anderson (1923-2020). [DOMINIO PÚBLICO, VIA WIKIMEDIA COMMMONS Y NOBELPRIZE.ORG]

Hay ocasiones en que la historia nos obsequia con científicos de tal brillantez y carisma que, en sí mismos, encarnan toda una disciplina. Philip Warren Anderson fue uno de esos raros casos. No solo su liderazgo en física de la materia condensada fue indiscutible durante décadas, sino que su influencia intelectual se extendió también a otros campos. Fallecido el pasado 29 de marzo a los 96 años de edad, con él desaparece uno de los últimos testigos de la edad heroica de la física del estado sólido y uno de los científicos más influyentes del siglo XX en esta área. Pero su legado no acaba ahí. Personaje carismático y singular, Anderson también desempeñó un papel esencial en algunos de los desarrollos clave de la física de partículas del pasado siglo, criticó la desmesurada reverencia que para él despertaba esta disciplina y supo contribuir con inteligencia al debate sobre qué significa que una disciplina científica pueda considerarse fundamental.

Aunque el estudio de las propiedades físicas de los materiales se originó en las últimas décadas del siglo XIX, la física del estado sólido empezó a configurarse como disciplina autónoma en los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Dicha fase fundacional coincidió con los años formativos de Anderson. Tras ingresar en Harvard a la temprana edad de 16 años y realizar allí su doctorado bajo la supervisión de John van Vleck, su situación laboral pareció complicarse. Su matrimonio y el nacimiento de su hija hacían inviable un contrato posdoctoral, al mismo tiempo que su juventud le cerraba las puertas a puestos académicos permanentes. La alternativa era incorporarse a algún laboratorio industrial para trabajar en lo que hoy llamaríamos I+D+i. Tras algunas entrevistas de éxito desigual, aceptó la oferta de los Laboratorios Bell, en Nueva Jersey, a los que se incorporó en 1949 y donde permaneció hasta 1984, año en que se trasladó a la Universidad de Princeton.

Tras la guerra, los Laboratorios Bell se convirtieron en uno de los principales centros de investigación en la flamante física del estado sólido. Su plantilla incluía entonces a algunos de los nombres más relevantes del campo, como William Shockley, John Bardeen y Charles Kittel. En pocos años Anderson creó el Departamento de Física Teórica, con una estructura similar a la de los departamentos universitarios que incluía a investigadores postdoctorales y científicos visitantes.


Electrones localizados

Durante sus primeros años en los Laboratorios Bell, la atención de Anderson se centró en el estudio del antiferromagnetismo. En 1958 llegó el que se convertiría en uno de sus trabajos más importantes de toda su carrera: aquel en el que introdujo el concepto que hoy conocemos como «localización de Anderson», una idea que con los años ha encontrado multitud de aplicaciones. Por este y otros logros en el campo del magnetismo, Anderson recibiría en 1977 el premio Nobel de física junto con Van Vleck y Sir Neville Mott.

Para entender en qué consiste la localización de Anderson, hemos de recordar primero el origen de la resistencia eléctrica en los conductores. Pensando en términos clásicos, podríamos creer que esta proviene de los choques de los electrones con los iones de la red. Pero la mecánica cuántica nos dice que, a temperatura cero, una red perfectamente regular no impide el movimiento de los electrones. Lo que obstaculiza el paso de la corriente eléctrica son las irregularidades causadas por las impurezas, o «defectos», presentes en la red. En otras palabras, la resistencia eléctrica aparece en realidad como un resultado del desorden.

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