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Tornados de fuego

Los investigadores están más cerca de poder predecir cuándo y dónde aparecerán estos vórtices letales.

Unos tablones ardiendo en una disposición triangular permiten que el aire se arremoline en la zona central, donde otro fuego concentra la rotación en un vórtice. Los incendios forestales o urbanos pueden generar tornados de fuego de un modo similar, siempre que tengan la forma adecuada. [SPENCER LOWELL]

En síntesis

Los tornados de fuego, vórtices ardientes cuyos vientos alcanzan las velocidades de un tornado normal, son muy poco frecuentes pero extremadamente destructivos.

Para que se forme un tornado de fuego hace falta una fuente de rotación en la atmósfera. El fuego puede concentrar esa vorticidad en una columna giratoria de aire.

Aunque los científicos comprenden bastante bien la física de los tornados de fuego, aún no pueden predecir cuándo y dónde aparecerán.

El avión comenzó a descender y nos sumergimos en la nube de humo que cubría el suroeste de Oregón y el norte de California. Era finales de julio de 2018 y la región sufría una oleada de grandes incendios, y yo me disponía a unirme a un equipo del Departamento de Silvicultura y Protección contra Incendios de California que investigaba un incidente mortal acaecido dos días antes. Lo que me había contado por teléfono el director del equipo me produjo escalofríos: «Un bombero ha perdido la vida en un tornado de fuego que arrastró su vehículo decenas de metros».

Yo sabía, quizá mejor que nadie, que algo así podía acabar sucediendo. Diez años atrás había presenciado por primera vez las secuelas de un tornado de fuego. El torbellino, de casi 300 metros de diámetro, se había separado del llamado incendio Indians, en California, y había arremetido contra un grupo de bomberos. Según uno de los supervivientes, el viento soplaba con tanta fuerza que tratar de ponerse a salvo era como correr sumergido en agua hasta el pecho. Por suerte, los hombres se hallaban en una carretera asfaltada de dos carriles, lo que probablemente les salvó la vida: si hubieran estado a tan solo tres metros, rodeados de árboles y hierba, habrían perecido. Cuando llegué al lugar, todo estaba cubierto de enormes ramas de roble y en el suelo no quedaba ni un guijarro.

La escena me dejó preocupado. Estaba claro que un tornado de fuego podía herir a bomberos refugiados en áreas que normalmente se consideran seguras. Se habían librado por muy poco. Muchos de nosotros ya habíamos visto remolinos de fuego (columnas ardientes giratorias del tamaño de un torbellino) y no los considerábamos especialmente peligrosos. En cambio, los tornados de fuego, que combinan el poder destructivo del fuego con el de vientos tan fuertes como los de un verdadero tornado, eran tan poco frecuentes que casi parecían míticos. Yo mismo conocía solo un caso de oídas, a pesar de que era bombero desde 1996 y llevaba ocho años investigando el comportamiento del fuego.

Al regresar a mi lugar de trabajo habitual (el Laboratorio de Ciencias del Fuego de Missoula, en Montana), realicé una investigación bibliográfica y encontré algunos informes, la mayoría bastante vagos, sobre tornados de fuego producidos alrededor del mundo en el pasado reciente o remoto. Los datos eran tan escasos que los científicos ni siquiera coincidían en la definición del fenómeno. Los grandes incendios forestales pueden generar pirocumulonimbos: nubes tormentosas cubiertas de hielo que se condensan a gran altura a partir de la humedad liberada en el incendio, la cual procede de la vegetación quemada, del vapor de agua presente en la atmósfera y de la propia combustión. Algunos investigadores sostienen que solo pueden considerarse tornados de fuego los vórtices que están conectados a pirocumulonimbos. De acuerdo con este criterio, habría un único caso documentado, ocurrido durante una tormenta de fuego que azotó Canberra en 2003. El tornado causó estragos a lo largo de más de veinte kilómetros.

Sin embargo, esta descripción parecía demasiado restrictiva para ayudar a los bomberos. Definiendo los tornados de fuego como remolinos ardientes cuyos vientos alcanzan las velocidades de un tornado normal, mi colaborador Bret Butler y yo recopilamos toda la documentación que fuimos capaces de encontrar y preparamos manuales y cursos para los bomberos. Pero ahora me veía dirigiéndome hacia el incendio Carr, en las afueras de Redding (al norte de California), para investigar lo que llevaba tanto tiempo intentado prevenir: la muerte de un bombero a causa de un tornado de fuego.

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