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El mapa social del cerebro

Los circuitos neuronales que controlan nuestra ubicación en el espacio y el tiempo desempeñarían un papel vital en cómo nos relacionamos con los demás.

RICHARD BORGE

En síntesis

¿Cómo intuyen los atajos los animales y el ser humano cuando se mueven de un lugar a otro? En el cerebro se han descubierto mapas mentales que ayudan a trazar las mejores rutas a partir de un modelo del entorno físico.

Las aptitudes cartográficas del cerebro no solo supervisan el espacio físico que ocupamos. También pueden resultar vitales en procesos mentales como la memoria, la imaginación, las deducciones y el razonamiento abstracto.

Lo más intrigante es que los mapas podrían estar involucrados en el seguimiento de la dinámica de las relaciones sociales: cómo de distantes o de cercanos están los individuos entre sí y qué lugar ocupan en la jerarquía del grupo.

Se nos suele decir que no hay atajos en la vida. Pero hasta el cerebro de una rata está organizado de tal modo que ignora por completo ese tipo de consejos. De hecho, es la máquina de buscar atajos personificada.

El primer indicio de su capacidad para dar con caminos alternativos fue descrito en 1948 por Edward Tolman, de la Universidad de California en Berkeley. En un curioso experimento concebido por él, una rata hambrienta corría a través de una mesa circular hacia un pasillo angosto y oscuro. Giraba a la izquierda, luego a la derecha y de nuevo a la derecha, se escabullía hacia el otro extremo de un corredor estrecho iluminado donde, al fin, la esperaba un recipiente con comida. No había dónde elegir. El roedor solo podía seguir la única ruta sinuosa disponible, y así lo hizo, una vez tras otra, durante cuatro días.

Al quinto, cuando se encaminó por enésima vez hacia el pasillo, se topó con una pared: la ruta estaba cortada. Volvió a la mesa circular y comenzó a buscar alternativas. De repente, esta también se había transformado: en lugar de un camino, ahora había 18 rutas radiales que partían de los bordes. Tras aventurarse unos pasos por algunas, finalmente optó por recorrer íntegramente la sexta, la única que conducía a la comida.

Tomar el camino directo al recipiente de comida a la primera podría parecer trivial, pero en su momento, desde la perspectiva de los psicólogos conductistas, la capacidad de orientación de la rata era una proeza remarcable. La corriente principal del aprendizaje animal en esa época creía que la conducta demostrada por la rata en el laberinto era un tema de simples asociaciones estímulo-respuesta. Cuando los estímulos ambientales suelen derivar casi siempre en una respuesta acertada, las conexiones neuronales que codifican esa asociación se refuerzan.

Desde esta visión, el cerebro opera como una centralita telefónica que mantiene solo las conexiones que son fiables entre las llamadas entrantes de nuestros órganos sensoriales y los mensajes salientes destinados a los músculos. Pero la centralita conductual no explicaba la habilidad de dar con un atajo de buenas a primeras, sin haber recorrido esa ruta concreta. Esa y otras muchas observaciones intrigantes en esta línea respaldaron a la escuela de pensamiento rival, promulgada por quienes creen que en el curso del aprendizaje la rata crea un mapa en su cerebro. Tolman, defensor de esa escuela, acuñó el término «mapa cognitivo».

Según él, el cerebro hace algo más que aprender asociaciones directas entre estímulos. En realidad, tales asociaciones suelen ser frágiles y quedan obsoletas ante cambios en el ambiente. Desde Tolman, los psicólogos hace décadas que saben que el cerebro construye, guarda y emplea mapas mentales. Estos modelos del mundo nos permiten orientarnos en el entorno pese a la complejidad y variabilidad de los ambientes, dotándonos de la flexibilidad para tomar atajos o rodeos cuando sea necesario. La rata hambrienta de Tolman tuvo que haber recordado la ubicación de la comida, deducido la distancia angular y escogido la ruta más probable que la conduciría hasta ella. En suma, tuvo que trazar un modelo del entorno.

Ese trazado, o cartografiado, trasciende el mero espacio físico. En el corazón de muchas de nuestras capacidades más «humanas» deben residir mapas mentales: la memoria, la imaginación, las deducciones, el razonamiento abstracto e incluso las dinámicas de la interacción social son algunas de ellas. Los investigadores han comenzado a explorar si tales mapas registran cómo de cerca o de lejos está un individuo de otro y qué lugar ocupa ese sujeto en la jerarquía social del grupo. ¿Cómo crea el cerebro los mapas que nos permiten abrirnos paso por el mundo?

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