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Genética antigua

Un nuevo camino para desentrañar el pasado de la humanidad.

QUIÉNES SOMOS Y CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ
ADN ANTIGUO Y LA NUEVA CIENCIA DEL PASADO HUMANO
David Reich
Antoni Bosch Editor, 2019

Nos encontramos ante un libro comprensible para cualquier lector, incluso para aquellos no tengan ningún conocimiento de genética. La mayor parte de la obra constituye un relato fascinante y vertiginoso de la vida científica del ­autor desde 2007, cuando se unió al equipo que en 2012 demostró que hubo apareamientos entre neandertales y humanos modernos no africanos hace unos 50.000 años. Este sorprendente descubrimiento se consiguió en Alemania, en el laboratorio de Svante Pääbo, inventor de las técnicas necesarias para secuenciar genomas antiguos completos. Después, David Reich ha logrado numerosos descubrimientos en su propio laboratorio en Estados Unidos, aplicando esas mismas técnicas a otras poblaciones antiguas.

En 2009, el grupo del autor detectó con sorpresa que, en la actualidad, los europeos del norte están más emparentados con los nativos americanos que con los siberianos. Para explicarlo, los investigadores propusieron que parte de una hipotética población del norte de Eurasia migró hacia el este (América) y otra hacia el oeste (Europa). También supusieron que esa hipotética población ancestral fue reemplazada posteriormente por otras. Dicha propuesta se confirmó cuando, en 2013, otro grupo publicó datos del genoma completo de un niño que vivió en Siberia hace unos 24.000 años y que presentaba mucha mayor afinidad genética con los europeos y nativos americanos actuales que con los siberianos de hoy en día. Reich considera que este constituye el mejor ejemplo del potencial del ADN antiguo para estudiar la prehistoria.

Mediante la detección de grandes cambios en los genomas antiguos a lo largo del tiempo, el grupo de Reich demostró en 2016 que hubo enormes migraciones de cazadores-recolectores, como la que difundió las herramientas gravetienses por la mayoría de Europa desde su extremo más oriental (hace entre 33.000 y 22.000 años), la que llevó la cultura magdaleniense desde Iberia hasta Francia y Alemania (hace entre 19.000 y 14.000 años) y la de quienes se expandieron por Europa desde el sudeste a partir de un calentamiento postglacial (hace unos 14.000 años).

En 2015, el equipo de Reich demostró, gracias al análisis de genomas antiguos completos, la existencia de una migración masiva de pastores que hace unos 5000 años hacían uso de la rueda y que se expandieron desde la estepa (al norte de los mares Negro y Caspio), dando lugar en Europa a la llamada cultura de la cerámica cordada. Este se convertiría en un trabajo muy influyente, pues apoya una teoría según la cual dicha migración difundió las lenguas indoeuropeas. Y aunque Reich no parece mencionarlo, es importante señalar que, ya en 1993, el genetista italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza y sus colaboradores habían publicado en Science un mapa que, a partir de la genética de las poblaciones modernas, emplearon para sugerir precisamente la existencia de un gran impacto genético de esta difusión de hablantes indoeuropeos desde la estepa hace unos 5000 años [véase «Genes, pueblos y lenguas», por Luigi Luca Cavalli-Sforza; Investigación y Ciencia, enero de 1992].

Otra expansión que comenzó hace unos 4700 años fue la de la cultura del vaso campaniforme desde Iberia. Se desconocía si fue básicamente démica (debida a la dispersión de poblaciones) o cultural (causada por la difusión de la cultura por imitación, pero sin apenas movimiento de poblaciones). El grupo de Reich resolvió esta controversia en 2017, al concluir que se trató de una expansión cultural hasta Europa central (porque no fue acompañada de cambios genéticos relevantes) pero démica en las islas británicas (donde sí se introdujo una nueva componente genética). El libro de Reich resume también resultados similares para otros continentes, para los que todavía no se dispone de tantos datos genéticos antiguos, así como las aportaciones de la genómica a cuestiones como las relativas a la desigualdad, la raza o la identidad.

Con todo, la obra contiene algunas afirmaciones sorprendentes. Por ejemplo, en la introducción se nos dice que Cavalli-Sforza hizo pocas aportaciones nuevas y casi todas erróneas. Sin embargo, y aunque en la época de Cavalli-Sforza aún no había datos de ADN antiguo, fue él el primero en predecir la importancia de procesos clave como la difusión démica y la deriva genética (la influencia del azar en poblaciones de pocos individuos). Sus méritos incluyen muchas otras aportaciones, todas ellas totalmente correctas [véase «Luigi Luca Cavalli-Sforza: simbiosis de ciencia y humanidades», por Joaquim Fort; Investigación y Ciencia, octubre de 2018].

Para evitar confusiones, es importante hacer constar que, en la introducción, Reich afirma que Cavalli-Sforza denominó «difusión démica» a la combinación de la dispersión y la mezcla de poblaciones. Esto no es así, puesto que Cavalli-Sforza siempre definió la difusión démica como la dispersión de poblaciones, excluyendo la mezcla. Y predijo que la combinación de ambos procesos, dispersión y mezcla, daría lugar a variaciones espaciales de frecuencias genéticas, las cuales fueron detectadas posteriormente por él y sus colaboradores (Science, 1978).

También sorprende que Reich escriba que fueron él y su grupo quienes, en 2016, «descubrieron» que la agricultura (esto es, el Neolítico) se difundió desde Oriente Próximo en todas direcciones debido a una dispersión de poblaciones de agricultores que comenzó hace unos 9000 años. Una vez más, Cavalli-Sforza y su equipo ya habían llegado a esta conclusión para el caso de Europa comparando mapas genéticos actuales, primero con un mapa de dataciones neolíticas (Science, 1978) y después con uno de simulaciones genéticas (American Naturalist, 1986).

Es cierto que, tal y como explica Reich, los mapas de variaciones genéticas han sido mejorados gracias a los datos aportados por el ADN antiguo y que se han desarrollado otros tipos de simulaciones. No obstante, nada de ello invalida la conclusión de que hubo dispersión de poblaciones neolíticas. Es más, dicha conclusión ya había sido confirmada mediante técnicas de genética antigua con anterioridad a los trabajos de Reich. Tal y como se comenta en el capítulo 5 de la obra, ya en 2009 el grupo de Joachim Burger había publicado en Science el descubrimiento de que los cazadores-recolectores de Europa central presentaban haplogrupos muy diferentes de los de los primeros agricultores (los haplogrupos hacen referencia a pequeñas porciones del genoma, mientras que Reich y sus colaboradores estudian el genoma completo). Es verdad que hasta 2016 no se consiguieron genomas completos de Oriente Próximo. Pero la dispersión de poblaciones neolíticas en Europa estaba ya demostrada, y la introducción del libro parece transmitir la impresión contraria.

Igualmente problemática resulta la afirmación, también en el capítulo 5, de que Cavalli-Sforza defendía que los primeros agricultores que llegaron a Europa se mezclaron sustancialmente con los cazadores-recolectores. En realidad, Cavalli-Sforza insistió en que no era posible llegar a esta conclusión con los datos disponibles (un texto que no deja lugar a dudas es «Demic diffusion as the basic process of human expansions», en Examining the farming/language hypothesis, dirigido por Peter Bellwood y Colin Renfrew y publicado en 2002 por el Instituto McDonald de Investigación Arqueológica de la Universidad de Cambridge). De hecho, Cavalli-Sforza defendía la teoría contraria: que el Neolítico se propagó básicamente por la dispersión de poblaciones de agricultores, y solo en menor medida por su mezcla con cazadores-recolectores. El investigador había llegado a esta idea por dos razones: la fuerte resistencia de los pigmeos a integrarse en poblaciones de agricultores que había observado durante sus expediciones a África, y su demostración de que el modelo matemático elaborado en su día por Ronald Fisher (que es totalmente démico) explicaba por qué el Neolítico se había propagado por Europa a la velocidad que indican las pruebas arqueológicas [véase «Modelos matemáticos de la transición neolítica», por Joaquim Fort; Investigación y Ciencia, julio de 2015].

Por lo demás, la traducción del libro de Reich es muy buena, si bien una revisión por parte de un experto habría permitido corregir algunos errores (por ejemplo, cuando en el primer capítulo se afirma que los neandertales se extinguieron antes de la llegada de los humanos modernos). Esta es probablemente la única obra escrita por un experto en ADN antiguo en activo que expone los enormes logros que esta disciplina ha conseguido durante los últimos años, muchos de ellos fruto del trabajo del autor y su grupo. Su lectura resulta imprescindible para todos aquellos interesados en el tema.

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