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Klaus Fuchs, el físico que contaba demasiado

La insólita biografía del «espía más peligroso de la historia» ilumina algunos aspectos poco conocidos del desarrollo de la primera bomba atómica.

TRINITY
THE TREACHERY AND PURSUIT OF THE MOST DANGEROUS SPY IN HISTORY
Frank Close
Allen Lane, 2019

El desarrollo de las primeras armas nucleares constituye un capítulo perturbadoramente fascinante de la historia de la ciencia. La razón excede la mera implicación de los científicos en la investigación militar, de la cual contamos con repetidos ejemplos a lo largo de la historia: Arquímedes puso sus conocimientos al servicio de la defensa de Siracusa, Galileo Galilei impartió lecciones en Padua sobre el diseño de fortificaciones, y Fritz Haber ideó las primeras armas químicas usadas en la Gran Guerra. Antes bien, el programa nuclear angloamericano sobresale por otras causas.

Una es el inmenso reto científico que supuso aplicar la naciente física nuclear al desarrollo de un explosivo sin precedentes. Desde el punto de vista organizativo, la estructura del Proyecto Manhattan sienta un claro precedente de lo que hoy llamamos «gran ciencia». Pero, además, las motivaciones de algunos de los científicos e ingenieros que participaron en él estuvieron a veces plagadas de ambigüedades, contradicciones y lealtades divididas. Para el observador actual, gran parte de estas historias personales quedan ocultas tras las grandes narrativas del proyecto, así como por las masacres de Hiroshima y Nagasaki a las que condujo.

Frank Close nos ofrece en Trinity una oportunidad de asomarnos a este último aspecto de la historia a través de la biografía de Klaus Fuchs (1911-1988), el físico cuya exitosa carrera como agente soviético hizo que el Congreso de EE.UU. le considerara «el espía más peligroso de la historia», tal y como nos recuerda el subtítulo de la obra.

El libro nos guía a través de las vicisitudes de juventud del protagonista, su militancia comunista, la huida de la Alemania nazi y su llegada como refugiado político al Reino Unido. Allí Fuchs continúa su formación como físico, primero en la Universidad de Bristol y luego en la de Edimburgo, en la que trabaja con Max Born. Tras el paréntesis de su internamiento en Canadá como «extranjero enemigo», se incorpora a la Universidad de Birmingham en el grupo de Rudolf Peierls, otro exiliado alemán que jugó un papel crucial en los inicios del programa nuclear aliado.

Gracias a Peierls, en cuya familia llegó a integrarse como un miembro más, ­Fuchs comienza en 1941 a trabajar en Tube Alloys, nombre clave del proyecto nuclear del Reino Unido. En 1944, como parte de la expedición científica británica, pasa al laboratorio de Los Álamos, en EE.UU., donde forma parte del equipo que diseña y construye la primera bomba atómica, detonada el 16 de julio de 1945 en Alamogordo, así como las usadas contra Japón el 6 y el 9 agosto de ese mismo año. Tras el final de la guerra continúa un año más en Los Álamos trabajando en los primeros diseños de la bomba de hidrógeno, para regresar en 1946 al Reino Unido como director de la división de física teórica del Laboratorio de Harwell, sede del programa nuclear británico.

Estas parecerían las peripecias vitales de un científico nuclear más si no fuera porque, entre 1941 y 1950, Fuchs fue una de las principales fuentes de información de la Unión Soviética sobre los progresos del proyecto nuclear angloamericano. En concreto, desde su privilegiada posición como uno de los científicos clave del Proyecto Manhattan, Fuchs transmitió detalles cruciales tanto sobre la bomba de implosión de plutonio, el tipo de arma detonado primero en Alamogordo y luego sobre Nagasaki, como sobre las investigaciones iniciales en la bomba de hidrógeno. Esta información fue importante para que los soviéticos pudieran probar su primera bomba de plutonio ya en agosto de 1949, lo que inauguraría una carrera armamentística de cuatro décadas. Puede decirse, pues, que Fuchs contribuyó indirectamente a establecer un equilibrio militar que, a través de la doctrina de la destrucción mutua asegurada, evitó una guerra nuclear entre las dos superpotencias.

Resulta tentador interpretar a Fuchs como resultado exclusivo de la situación política del momento. El ascenso de los fascismos durante el periodo de entreguerras, junto a los efectos sociales de la depresión económica que siguió al crac de 1929, había llevado a una parte importante de la intelectualidad europea y norteamericana a situarse políticamente en posiciones izquierdistas, desde la socialdemocracia o el New Deal al comunismo estalinista. Eran muchos también los que, no profesando una ideología comunista, veían con interés o simpatía el «experimento soviético». Este se percibía, a pesar de sus «excesos», como un intento de crear una sociedad basada en principios más justos que los que habían conducido a la debacle social y política que vivía Occidente. De hecho, a lo largo de la década de 1930, la distinción entre comunismo y antifascismo se fue desdibujando progresivamente. A eso contribuyó notablemente el apoyo militar soviético a la República Española durante la guerra civil, en contraste con la pasividad de las democracias occidentales.

Si bien el pacto de no agresión germano-soviético de 1939 —que dio a Hitler la seguridad en su flanco oriental para iniciar la Segunda Guerra Mundial— le alienó simpatías, la invasión alemana en junio de 1941 devolvió a la Unión Soviética los apoyos incluso en círculos liberales. Ahora se trataba no solo de un aliado en la lucha contra el nazismo, sino de aquel que mayor coste humano estaba asumiendo. No resulta sorprendente, pues, que algunos participantes del programa nuclear angloamericano se preguntasen por qué, en esas circunstancias, el aliado soviético tenía que verse privado del fruto de sus esfuerzos.

Aunque esto explica parte de los motivos de Fuchs, Close nos demuestra que su personalidad tenía muchas más facetas. Sin duda, hay en él un honesto compromiso político y un sólido imperativo ético, inculcado por su padre clérigo, de «hacer lo correcto a toda costa». Pero también un grado de duplicidad propia del más avezado espía profesional. Solo tras su detención en 1950 pareció ser consciente de hasta qué punto había traicionado la confianza de las personas de su entorno, y muy en particular del matrimonio Peierls. Las repercusiones de la confesión de ­Fuchs alcanzaron además a algunos de sus colegas científicos, Peierls entre ellos, que en el paranoico clima político imperante se encontraron bajo sospecha de espionaje. Recordemos también que, solo meses después de ser detenido Fuchs, su colega de Harwell Bruno Pontecorvo llevó a cabo una súbita y rocambolesca deserción a la Unión Soviética aprovechando unas vacaciones en Italia.

Trinity es el resultado de una exhaustiva e impresionante labor de investigación histórica que hace uso, entre otras fuentes, de documentos desclasificados, incluida la transcripción de grabaciones y escuchas telefónicas. La obra no se limita a ser una mera narración de hechos, sino que intenta descifrar la compleja personalidad del biografiado. De hecho, la investigación de Close tiene como objetivo clarificar dos puntos clave de la biografía de Fuchs.

El primero son las razones de su confesión ante los interrogadores del MI5, el servicio de inteligencia británico. Las pruebas contra él eran muy débiles y su procesamiento hubiera sido muy difícil si hubiera negado las acusaciones. Esto quedó demostrado poco después en el caso de Ted Hall, el otro gran informador de los soviéticos en Los Álamos.

El segundo se refiere al inicio de la actividad como espía de Fuchs. De haberse producido esta antes de finales de junio de 1941, su argumentación basada en que compartía información con los aliados de Gran Bretaña quedaría invalidada. En esos momentos, la Unión Soviética estaba todavía ligada a la Alemania nazi por el pacto de no agresión y, como tal, no se la podía considerar una potencia amiga de los británicos.

El libro revela además la manera en que el éxito de Fuchs como espía no se debió tan solo a la astucia de este, sino también a la desidia —cuando no a la incompetencia— de los servicios de seguridad británicos. Finalmente, el libro nos muestra el lado trágico de Klaus Fuchs. Aun después de cumplir su condena de cárcel y emigrar a la Alemania Oriental, la Unión Soviética se negó a reconocer públicamente su deuda con él, ya que hacerlo hubiera dejado en mal lugar a la ciencia soviética.

A pesar de todo lo anterior, hay que advertir que Trinity no es una «historia de espías». Su lectura puede resultar difícil en ocasiones: es el caso de los capítulos centrales dedicados a la «caza de Fuchs», donde Close disecciona día a día, y a veces hora a hora, los movimientos de Fuchs, sus asociados y los agentes del MI5. Estamos ante una obra eminentemente histórica, no exenta de cierto toque académico, que continúa la línea de libros anteriores del autor como The infinity puzzle (una historia del desarrollo del modelo estándar de la física de partículas) y Half-life (la biografía del físico nuclear Bruno Pontecorvo). Pero el Frank Close divulgador también se deja ver aquí, como cuando explica magistralmente la física necesaria para entender el trabajo científico de los diversos personajes que desfilan por las páginas del libro. Todo ello hace de Trinity una obra sin duda interesante y accesible para un amplio espectro de lectores.

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