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  • Marzo 2019Nº 510

Biología evolutiva

Actividad física: una necesidad fisiológica

A diferencia de nuestros parientes simios, los humanos necesitamos realizar ejercicio para estar sanos.

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Hace veinte años, inmerso en la humedad crepuscular de un bosque tropical de Uganda, atisbaba a un grupo de ocho chimpancés que dormían en las espesas copas de los árboles. Los tres científicos y los dos ayudantes de campo que componíamos el grupo de investigación nos habíamos levantado una hora antes, calzado las botas de agua y empacado las mochilas a toda prisa para caminar por senderos cenagosos a la luz de sendas luces frontales. Al llegar a nuestro destino, las apagamos y nos quedamos quietos y en silencio, sumergidos en un oscuro océano de bosque cuya superficie se alzaba a unos treinta metros de nosotros, escuchando a los chimpancés respirar y cambiar de postura mientras dormían en sus lechos de hojas.

Por entonces era un joven doctorando que estudiaba la evolución de los humanos y los simios, y me había desplazado al Parque Nacional de Kibale para medir cuánto trepan cada día los chimpancés. Me parecía que toda esa energía gastada en las ascensiones podría ser un factor crítico en la ecología y la evolución de la especie, que habría moldeado su anatomía para maximizar la eficiencia a la hora de trepar y ahorrar calorías para la reproducción y otras funciones esenciales. Meses atrás, mientras planificaba la investigación del siguiente verano desde la comodidad de mi escritorio en la Universidad Harvard, me imaginé a los chimpancés librando una dura batalla por la existencia, esforzándose cada día para salir adelante. Pero al sumergirme en el ritmo del trabajo de campo, siguiendo a los chimpancés de sol a sol, llegué a una conclusión muy diferente: los chimpancés son perezosos. Y solo hace poco he comprendido lo que la holgazanería de los simios nos cuenta sobre la evolución humana.

Nos sentimos atraídos por los simios porque nos vemos reflejados en ellos en muchos aspectos. No es solo porque compartamos más del 97 por ciento de nuestro ADN con orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. Los simios son listos, utilizan herramientas, luchan, se acicalan y se escabullen para tener sexo. Algunos matan a sus vecinos por el territorio y cazan a otras especies para alimentarse. Las crías aprenden de sus madres, luchan y juegan entre sí, y tienen berrinches. Y cuanto más retrocedemos en el registro fósil, más se parecen nuestros antepasados a los simios. Ninguna especie actual es un modelo perfecto del pasado, puesto que todos los linajes cambian con el tiempo. Pero los simios de hoy nos proporcionan una gran oportunidad para ver de dónde venimos y para entender cuánto de nosotros es ancestral y no ha variado.

Y, sin embargo, son las diferencias existentes entre humanos y simios, más que sus similitudes, las que nos están aportando nuevas pistas sobre cómo funciona nuestro organismo. Los descubrimientos procedentes de excavaciones fósiles, zoológicos y laboratorios de todo el mundo están mostrándonos el cambio radical que exhibió nuestro cuerpo en los últimos dos millones de años. Durante décadas, los investigadores han sabido que este último capítulo de nuestra evolución ha estado marcado por importantes transformaciones anatómicas y ecológicas, como el gran aumento del tamaño cerebral, la aparición de la caza y la recolección y el uso de herramientas cada vez más complejas, así como el incremento del tamaño corporal. Pero, en general, han dado por supuesto que tales cambios habían afectado a la forma y al comportamiento, no a la función básica de nuestras células. Los avances actuales están contradiciendo ese punto de vista al demostrar que hemos experimentado también modificaciones fisiológicas. A diferencia de nuestros parientes simios, hemos desarrollado una dependencia de la actividad física: debemos movernos para sobrevivir.

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