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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2008Nº 387

Neurología

Observación y control del cerebro

Una combinación de óptica y genética permite cartografiar y controlar, con precisión inaudita, los circuitos cerebrales.

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En 1937, Sir Charles Scott Sherrington, de la Universidad de Oxford, concibió lo que se convertiría en la representación clásica de las funciones cerebrales. Imaginó puntos de luz que señalaban la actividad de las células nerviosas y sus conexiones. Durante el sueño profundo, brillarían sólo algunas zonas remotas del cerebro, como estrellas que centellearan en la noche. El estado de vigilia, en cambio, guardaría semejanza con una suerte de Vía Láctea en desenfrenada danza cósmica. «De forma gradual, la masa encefálica se convierte en un mágico telar donde millones de lanzaderas tejen un patrón efímero, siempre con significado pero nunca persistente: una cambiante armonía de formas.»

Aunque Sherrington no lo advirtiera entonces, su poética metáfora encerraba una idea científica de suma importancia: la posibilidad de desentrañar por medios ópticos el funcionamiento interno del cerebro. Comprender el modo en que se interrelacionan las neuronas para generar pensamientos y conductas sigue siendo uno de los más difíciles problemas irresueltos de la biología. Ello se debe, en gran parte, a que no podemos ver la totalidad de los circuitos neuronales en acción. Los métodos al uso para sondear mediante electrodos una o dos neuronas revelan sólo minúsculos fragmentos de un rompecabezas mucho más amplio, en el que faltan demasiadas piezas para completar el cuadro. Mas si fuera posible observar la comunicación neuronal, tal vez de ahí deduciríamos la configuración y el modo de operación de los circuitos cerebrales. Tan sugestiva idea ha inspirado tentativas de materializar la visión de Sherrington.

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