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1 de Diciembre de 2019
Evolución

Monstruos de los cielos mesozoicos

Los fósiles y los modelos matemáticos nos están ayudando a responder antiguas preguntas sobre los pterosaurios.

CHASE STONE

En síntesis

Los pterosaurios fueron los primeros vertebrados que desarrollaron el vuelo activo, casi 80 millones de años antes que las aves.

Durante su largo reinado, desarrollaron algunas de las adaptaciones más extremas del reino animal.

Nuevos fósiles y modelos matemáticos nos están permitiendo conocer por fin cómo vivieron y por qué se extinguieron, y dejaron así a las aves el dominio de los cielos.

El Mesozoico, el período comprendido entre hace 251 y 66 millones de años, se conoce
a menudo como la era de los dinosaurios. Pero, aunque estos reinaban en el medio terrestre, no conquistaron el cielo, que era dominado por un grupo muy distinto de animales: los pterosaurios.

Los pterosaurios fueron los primeros vertebrados que desarrollaron la capacidad de volar, gracias a la cual se adueñaron del cielo mucho antes de que lo hicieran las aves. Vivieron durante más de 160 millones de años, antes de desaparecer junto a los dinosauros no avianos al final del período Cretácico, hará unos 66 millones de años. En ese espacio de tiempo, desarrollaron algunas de las adaptaciones anatómicas más extremas que haya poseído ningún animal, vivo o extinto. El más pequeño de estos depredadores aéreos tenía el tamaño de un gorrión, y el más grande, una envergadura que competiría con la de un avión de caza F-16. La cabeza de muchos de ellos era mayor que su cuerpo, lo que los convertía, básicamente, en mandíbulas voladoras asesinas. Los pterosaurios merodeaban sobre cada océano y continente de la Tierra. Ningún animal del Mesozoico se escapaba de su vigilancia.

A diferencia de los dinosaurios, cuyos descendientes, las aves, siguen vivas en la actualidad, los pterosaurios no dejaron descendientes vivos. Por este motivo, todo lo que los paleontólogos sabemos de ellos procede del registro fósil. Resulta muy frustrante que ese registro sea incompleto, porque apenas nos ha permitido vislumbrar su gloria pasada y ha generado muchas preguntas durante décadas. Ahora, recientes hallazgos fósiles combinados con métodos de modelización matemática nos están proporcionando, por fin, nueva información. En los modelos, las estructuras anatómicas se han simplificado de tal manera que las ecuaciones de las propiedades físicas pueden aplicarse para obtener mejores estimaciones de la fuerza, el peso o la velocidad. Y lo que estamos descubriendo es que los pterosaurios fueron incluso más extraordinarios de lo que nunca habíamos imaginado.

Leviatanes alados

Uno de los misterios más duraderos sobre los pterosaurios era cómo lograban volar las especies de mayor tamaño. Gigantes como Quetzalcoatlus, descubierto por primera vez en Texas, y Hatzegopteryx, en la actual Rumania, eran tan altos como una jirafa y su envergadura alcanzaba casi los diez metros. Las mandíbulas de estos animales doblaban en longitud a las de Tyrannosaurus rex. Sus extremidades superiores eran casi tan gruesas como el torso de un humano adulto. Esos monstruos superaban los 300 kilogramos de peso. A modo de comparación, las aves más grandes capaces de volar (Argentavis, que vivió hace seis millones de años en Argentina) pesaba unos 75 kilogramos.

Las diferencias entre los representantes de mayor tamaño de cada uno de estos grupos son tan notables que, de hecho, muchos investigadores han sugerido que los pterosaurios más grandes no podrían volar —lo que resultaría desconcertante, dadas sus múltiples adaptaciones anatómicas para el vuelo—. Otros han propuesto que sí podrían volar, pero solo bajo ciertas condiciones del aire y de la superficie (por ejemplo, que la atmósfera de la época fuera más densa que la actual). Aun así, parece incomprensible que aves tan enormes tuvieran la capacidad de volar. De hecho, estudios recientes sobre potencia a diferentes escalas realizados por diversos investigadores, entre los que me incluyo, han demostrado que las aves de gran tamaño no tendrían, para empezar, la potencia necesaria para despegar por sí mismas.

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