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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2014Nº 452

Reproducción humana

El difícil trance del parto humano

La explicación al uso sobre los obstáculos que plantea el alumbramiento podría andar errada.

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El ser humano es un mamífero peculiar: camina sobre dos pies y posee un cerebro desmesurado. Engendra bebés grandes, dotados de un cerebro activo y muy desarrollado, pero provistos de un cuerpo penosamente endeble. Y pese a que desde un punto de vista evolutivo resulte desfavorable, una de cada mil madres da a luz a un bebé con una cabeza demasiado voluminosa para transitar por el canal del parto y precisa una cesárea.

Casi todas las mujeres sufren dolor durante el parto, el cual se prolonga mucho más que en otros mamíferos. Un estudio dirigido en 1999 por Leah Albers, de la Universidad de Nuevo México, analizó 2500 nacimientos a término y demostró que en las madres primerizas el parto se extendía una media de nueve horas. En contraste, el alumbramiento de los monos y los simios antropoides apenas dura un par de horas. Ello explica que la ayuda a la parturienta sea un fenómeno casi universal en todas las culturas. La evolución debería favorecer los partos sencillos y de bajo riesgo, pero no sucede así en los humanos. Para entender el porqué es preciso analizar las ventajas y los inconvenientes de los neonatos desarrollados, las caderas anchas de la madre y la carga metabólica que la gestación supone para la mujer.

El neonato humano resulta singular entre los mamíferos porque, a diferencia de otras especies uníparas, no puede ponerse en pie, caminar y alimentarse nada más nacer, como lo haría un potrillo. En cambio, su cerebro es mucho más activo que el de los cachorros de perro, que nacen ciegos y sordos. Así pues, en comparación con otros animales uníparos, los bebés humanos nacen en un estadio de desarrollo más precoz, antes de que su cuerpo pueda caminar.

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