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1 de Febrero de 2020
Historia de la ciencia

Economía de medios

Los inicios domésticos de la experimentación científica.

THRIFTY SCIENCE
MAKING THE MOST OF MATERIALS IN THE HISTORY OF EXPERIMENT
Simon Werrett
The University of Chicago Press, 2019
304 págs.

 

En un pasillo de la facultad de biología de la Universidad de Barcelona hay una vitrina donde se expone, entre otros objetos científicos, el microscopio del profesor Ramon Margalef, pionero de la ecología marina y primer sistemático que vinculó la ecología general a los procesos termodinámicos irreversibles. Margalef, colaborador habitual de estas páginas durante años, empezó su carrera estudiando el plancton. Carecía de medios económicos para comprarse un microscopio solvente, por lo que, con piezas de ferretería y del mercado de segunda mano, pulió las lentes y se construyó artesanalmente el suyo. Era principios de los años cuarenta del siglo XX, no los tiempos heroicos de Antonie van Leeuwenhoek en los albores de la Modernidad.

No obstante, tras el éxito de la física en la Segunda Guerra Mundial, desde el radar hasta el dominio del átomo, o de la biología y la medicina en la prevención y erradicación de enfermedades, cobró fuerza la idea de que no había gran ciencia sin máquinas imponentes, fuesen aceleradores de partículas, telescopios o tomógrafos axiales. Sin rechazar la visión de una ciencia compleja y depurada en su técnica, se vuelve ahora, sin embargo, a una ciencia que, con el lenguaje al uso, llamaríamos sostenible, con la mirada puesta en lo manejable, lo pequeño, la reparación de lo estropeado, la frugalidad y el reciclaje. Se critica el despilfarro de energía de muchos laboratorios científicos, muy superior al gasto de espacios industriales equivalentes.

Muy pocos saben que esas prácticas tienen antecedentes remotos, los cuales Simon Werrett se propone desentrañar en Thrifty science. Los siglos XVII y XVIII fueron tiempos de austeridad. Pese a la limitación de medios experimentales, los ensayos transformaron los hogares. Su investigación expande el horizonte de la historia de la ciencia, centrada todavía en la circulación de las ideas, hasta terrenos apenas hollados, como el trasiego de objetos. Las ideas viajan incorporadas en una estructura material: libros, instrumentos y especímenes. Una vez se han utilizado o se han roto los objetos, se han desgastado los especímenes o se han llenado de polvo los libros, no se ha destruido con ello el conocimiento. Las técnicas añejas siguen empleándose mucho después de su tiempo de esplendor, lo mismo que los instrumentos o los aparatos de laboratorio.

La historia de la instrumentación científica ha tenido su propio recorrido, pasando de un estudio técnico de su origen y desarrollo a un enfoque más cultural y social. Sin abandonar su finalidad científica, por supuesto. Se recuerda, a este respecto, Leviathan and the air-pump, libro de Steven Shapin y Simon Schaffer sobre la emergencia de la ciencia experimental británica a través del desarrollo de la bomba que permitía extraer aire de un recipiente de cristal, en cuyo interior se podían explorar fenómenos diversos. O la reconstrucción llevada a cabo por H. Otto Sibum del aparato diseñado por James Joule para medir el equivalente mecánico del calor. En esa línea, los historiadores de instrumentos se han centrado en microscopios, telescopios, barómetros, herbarios o linternas mágicas; los de espacios científicos, en laboratorios, observatorios astronómicos, gabinetes de historia natural o museos. Este libro abre una nueva línea: la ciencia en casa, vale decir, en la cocina y dependencias anexas, sirviéndose de sus útiles y cacharros para conferirles un destino diferente del habitual.

Vinculados con la Real Sociedad de Londres para la Mejora del Conocimiento Natural, fundada en 1660, Robert Boyle, Robert Hooke e Isaac Newton, entre otros, forjaron un método experimental que dio origen a nuevos conocimientos, más fiables y útiles, siguiendo los pasos de Francis Bacon y abriendo el camino a la Ilustración. Aquella filosofía experimental no era una búsqueda desinteresada de la verdad, sino que emergía entrelazada con una pléyade de intereses económicos y políticos, con la mirada puesta en la expansión del comercio y del poderío colonial.

Con una parquedad notable de medios se dio un impulso extraordinario al conocimiento. Newton, Watt, Priestley y Franklin lograron hitos decisivos con nuevas teorías sobre la luz y el color, la química de los gases, la naturaleza eléctrica de los rayos o la máquina de vapor. No quiere ello restar mérito a lo realizado en otros lugares, dependientes de la milicia, la Iglesia o la universidad. Ese fenómeno se explica por el deseo, motor de la ciencia en los inicios del siglo XVII, de alejar el foco del apriorismo de la filosofía para centrarlo en los experimentos, de acuerdo con el programa esbozado por Bacon en The advancement of learning y Novum organum. La nueva ciencia que postulaba debía conjugar el conocimiento práctico de la vida diaria, asistemático aunque útil, con la filosofía natural de las universidades, sistemática aunque inútil. La habilidad en el manejo de los quehaceres domésticos constituía el punto de partida para la investigación de la naturaleza.

Otro protagonista asociado con el surgimiento de la ciencia experimental fue Samuel Hartlib, quien se dedicó a intercambiar conocimientos prácticos, naturales e históricos, así como ensayos y recetas, con un círculo de amigos, entre ellos el metalúrgico Gabriel Plattes, los terratenientes John y Mary Evelyn y el químico Boyle. La Real Sociedad contaba con miembros del círculo de Hartlib. En esa institución se creó la figura del preparador de experimentos, que los repetía ante su selecta audiencia tras haberlos ensayado en su propia casa. Se solicitaba también la formulación de hipótesis para explicar las causas determinantes de los resultados. Miembro conspicuo de esa filosofía fue Boyle, a quien debemos en buena medida la metodología empleada en los ensayos. Pese a ser sumamente rico, Boyle economizaba en medios y aconsejaba dar un nuevo uso a los utensilios caseros para los experimentos. Para que la casa fuera centro de trabajo, había que acondicionarla con espacios que sirviesen de laboratorio u observatorio. Esto supuso sacar a los animales del interior y confinarlos en cuadras externas. Nuevos espacios que exigían nuevos muebles, con la creación de gabinetes, alacenas para medicinas y productos químicos.

Otra estancia reformada fue la bodega, tranquila y al abrigo de ruidos y distracciones, donde la temperatura era baja y se almacenaban viandas y bebidas. Ofrecía ventajas para la experimentación, con la exploración de los procesos de coagulación, refrigeración y conservación. Fue en la bodega donde Boyle realizó notables experimentos sobre fosforescencia, congelación de la cerveza y conservación de las flores. De hecho, escribió un librito en 1665 titulado Consideración escéptica sobre el calor de las bodegas en invierno y su frío en verano. Esa reputación de la bodega como lugar de investigación persistió a lo largo del siglo XVIII. Aunque cualquier sitio, y sobre todo cualquier objeto, podía valer para la experimentación. Por botón de muestra, la teoría de la electricidad entendida como un doble fluido propuesta en 1759 se basó en el comportamiento de los calcetines de seda.

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