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1 de Octubre de 2016
Comunicación científica

Museografía científica de autor

Sobre la dimensión creativa de la divulgación.

Sala dedicada a la materia inerte. Cosmocaixa, Barcelona. [Escarlata Blanco © Fundación Bancaria "la Caixa"]

Empecemos confesando algo: cualquier forma de conocimiento evoluciona mucho más rápidamente que su difusión entre los ciudadanos. La ciencia, tal como la entendemos actualmente, arranca en el Renacimiento. Sin embargo, las distintas maneras de divulgar la ciencia no se disparan hasta hace pocas décadas. Pero incluso hoy en día existe una gran distancia entre la actividad de crear y la actividad de dar a conocer lo creado.

Sea cual sea el medio elegido (literatura, conferencias, cine, museos...), siempre hay un punto de inflexión que divide la divulgación entre un antes y un después. Antes de ese punto, el divulgador no se considera a sí mismo un creador de conocimiento. Solo traslada, transfiere, a lo sumo traduce o interpreta, el conocimiento de los creadores. Después del punto, en cambio, florece la creatividad. Julio Verne no inventó nueva ciencia ni imaginó nueva tecnología, pero si inventó un género literario que bien podría llamarse tecnología ficción. Nadie, ni siquiera él mismo, dudó nunca de que era un gran creador.

Una vieja pregunta plantea la cuestión de si un buen divulgador de la ciencia debe ser ante todo un científico o si puede funcionar siendo un buen periodista, un buen escritor o un buen cineasta. La respuesta es que un buen divulgador debe considerarse, ante todo, un creador, por mucho que sus creaciones descansen sobre las de otros creadores. Todas las formas de divulgación arrancan de un primer genio que decide divulgar, convirtiéndose él mismo en un creador. Por ejemplo, la divulgación científica en televisión arranca (y también culmina) con genios como Carl Sagan o David Attenborough. No son genios de la creación científica, pero sí de la creación en la divulgación científica. En España aún lloramos y añoramos a Félix Rodríguez de la Fuente.

Curiosamente, las últimas fábricas de estímulos a favor de la ciencia en todo el mundo han sido los museos. Pero, más curiosamente aún, en estos espacios de encuentro es donde el divulgador menos se ha considerado a sí mismo un creador. Lo más frecuente es que los museos de ciencia se copien, incluso se plagien (incluso se clonen) los unos a los otros. España ha llevado cierta iniciativa en este campo y es donde los museógrafos más claro tienen que ellos son también autores. Aquí ha nacido quizás el concepto de «museo de autor». La museografía científica moderna se ve capaz hoy de explicar cualquier historia, aunque esta pertenezca a una realidad invisible para nuestros sentidos. Se han roto casi todas las fronteras. Los museos de física y de biología ya empiezan a tener la misma dirección en la ciudad, la misma calle y el mismo número. Hoy se habla también de crear atmósferas en las que conviven la ciencia y el arte.

Durante siglos, los museógrafos científicos no se han considerado creadores. Pero hace unos años que esto ha empezado a cambiar, y hoy en día se puede asegurar que cualquier ciudad del país aspira y espera disfrutar de un museo científico como si fuera una especie de universidad para ciudadanos. Continuará.

Artículo incluido en

Comunicar la ciencia en el siglo XXI

    • VV. AA.

Catorce de las personalidades más destacadas de la comunicación científica en España reflexionan sobre la apasionante y compleja tarea de acercar la ciencia a la sociedad.

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