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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2017Nº 495
Libros

Reseña

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Señala, gruñe y habla

La gestualidad como origen del lenguaje humano.

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THE TRUTH ABOUT LANGUAGE
WHAT IT IS AND WHERE IT CAME FROM
Michael C. Corballis
University of Chicago Press, 2017

Todo el mundo es capaz de hablar trol. No hay más que señalar y gruñir.» La afirmación de Fred Weasley en Harry Potter y el cáliz de fuego, de J. K. Rowling, podría servir para describir los orígenes del lenguaje humano si el psicólogo Michael Corballis está en lo cierto en su obra The truth about language («La verdad sobre el lenguaje»). Durante años, Corballis ha sido uno de los principales defensores de la idea de que el lenguaje tiene su origen en los gestos. Su último libro desarrolla este argumento desde los primates gesticuladores hasta la neurociencia moderna.

Por lo general, el lenguaje se considera la joya de la corona de la superioridad humana sobre los demás animales. Parece surgir casi de la nada en nuestro pasado evolutivo y carece de parangón con cualquier otro modo de comunicación animal. Algunos animales manifiestan sus estados de ánimo por medio de chasquidos, zumbidos, ladridos, gorjeos o balidos. También pueden expresar ira, impaciencia, autoridad, sumisión, deseo o apego a través de gestos, pero nada de eso les sirve para transmitir una frase tan sencilla como «di una patada al balón».

Por su carácter único y su potencial, el lenguaje humano supone una llamada de atención para los darwinistas, provocándonos para que averigüemos cómo y de dónde surgió [véase «Lenguaje, redes y evolución», por Ricard Solé, Bernat Corominas Murtra y Jordi Fortuny; Investigación y Ciencia, mayo de 2013]. Corballis otorga un papel fundamental a las neuronas espejo, las cuales parecen evocar las acciones que observamos (en un mono, por ejemplo, las neuronas espejo se disparan cuando el animal agarra un objeto y también cuando ve a un congénere llevar a cabo la misma acción). Corballis señala que se produce un solapamiento entre partes del sistema de neuronas espejo y dos regiones de la corteza cerebral izquierda que, en los seres humanos, se hallan asociadas a la producción y comprensión del lenguaje: la zona de Broca y la de Wernicke.

Las neuronas espejo cuentan con sus detractores [véase «Debate en torno a las neuronas espejo», por Christian Wolf; Mente y Cerebro n.o 65, 2014], pero para Corballis plantean la posibilidad de que el lenguaje «evolucionara dentro de un sistema que, en los tiempos en los que éramos monos, estaba especializado en agarrar cosas». En los seres humanos, las neuronas espejo parecen tomar parte también en otras acciones. Una de ellas es señalar. Por fortuna para Corballis, señalar es uno de los primeros hitos de la comunicación en los niños («mira esto», «dame eso, por favor»), el cual surge alrededor del primer año de vida y significa el comienzo de la atención compartida. También se altera en algunos trastornos sociales, como el autismo. Asimismo, el control preciso de los músculos faciales a la hora de hablar parece compartir circuitos corticales con las regiones que controlan los gestos.

Con todo, ¿qué tiene de errónea la idea de que el lenguaje surgió de la capacidad de nuestros antepasados homínidos para vocalizar? Fue la explicación favorita de Charles Darwin, desarrollada en El origen del hombre (1871). Pensaba que la capacidad para el aprendizaje vocal complejo se remontaba muy atrás en la evolución, por lo menos hasta nuestro antepasado común con los pájaros. Corballis responde que, a diferencia de los gestos, las vocalizaciones de los primates no parecen controlarse de forma voluntaria; aparecen como los tics nerviosos, más estrechamente vinculados con la expresión de emociones que con el intercambio deliberado de información. Los cercopitecos verdes (Chlorocebus pygerythrus) son conocidos por tener tres llamadas de socorro diferenciadas: para águilas depredadoras, leopardos y serpientes. Pero una llamada de socorro no implica intercambio lingüístico, gestual ni de ningún otro tipo.

Cabe sospechar que muchos —como el primatólogo y etólogo Frans de Waal, autor de La política de los chimpancés (Alianza editorial, 1993)— considerarán rudimentaria la tesis de Corballis sobre las vocalizaciones de los primates. Sin embargo, primatólogos como Jane Goodall y David Premack comparten sus puntos de vista. Se equivoque o no, lo cierto es que Corballis se expresa con una atención al detalle propia de un académico y con una prosa ingeniosa y exenta de autobombo. La combinación de estilo y argumento convierte The truth about language en la mejor obra hasta la fecha sobre la teoría gestual del lenguaje.

Pero ¿qué significa que el lenguaje, el intercambio de información entre emisores y receptores, surgiera de los gestos? Gesticular puede indicar una teoría de la mente (la capacidad de entender lo que otros pueden saber o estar pensando) y, sin duda, constituye un requisito para el lenguaje. Los seres humanos dan por sentado este entendimiento mutuo, pero su existencia no se ha conseguido demostrar de manera concluyente en otros animales. Algunos perros responden cuando se les señala algo, pero han sido entrenados para ello, y tampoco señalan cosas a otros canes. Los chimpancés pueden señalar, pero rara vez lo hacen; al menos, no tanto como se esperaría en la comunicación social rutinaria. Estos y otros primates son capaces de seguir la mirada de los demás, pero mirar no es un acto de comunicación deliberado. De hecho, seguir la mirada de otro es, en potencia, un tipo de hurto.

Se acepta que el origen de nuestra capacidad gestual se pierde en la larga línea de los homininos fósiles durante la trayectoria evolutiva de entre seis y siete millones de años que nos separa de nuestro antepasado común con los chimpancés. No obstante, en ese período sucedió todo. Los seres humanos empleamos el lenguaje para fomentar el aprendizaje, la cooperación y el intercambio de bienes y servicios; un gran salto comparado con el acto ocasional de señalar. La sociabilidad es característica de nuestra especie tanto como lo es el lenguaje, y resulta difícil imaginar que nuestros sistemas sociales funcionaran sin él.

Del mismo modo, podría argumentarse que el lenguaje humano surgió para explotar las capacidades psicológicas que posibilitan nuestra avanzada sociabilidad. En este caso, con toda seguridad Corballis defendería que la gesticulación representa la trayectoria evolutiva más probable hacia esas facultades. Pero sobre esta cuestión el autor se pronuncia relativamente poco. Lo que sí sabemos es que, sin esas habilidades, quizá seguiríamos señalando y gruñendo como los troles.

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