Tendencias en superconductividad

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Olvidado ya el pasajero furor, se van cumpliendo las esperanzas que el descubrimiento de los superconductores de alta temperatura crítica suscitó.

Ya no es la misma la atmósfera del mundillo de la superconductividad a altas temperaturas. Pasaron la moda, las declaraciones oficiales y las conferencias a alto nivel de las que se excluía, deliberadamente, a los investigadores "extranjeros"; el debate no gira en torno a la competitividad nacional, los trenes de levitación magnética (presuntos vástagos del imán flotante) y los super-superordenadores. Hoy la investigación aborda sólo avances paulatinos y aplicaciones modestas, pero esta actitud podría hacer realidad más deprisa el advenimiento del reino soñado por los que se apuntaron a la última que el ir de frente y a por todas.

El descubrimiento a finales de los años ochenta de estos compuestos cerámicos —el óxido de itrio, bario y cobre (YBCO), y otros emparentados a él que contienen bismuto o talio combinados con óxido de cobre— parecía que iba a expandir enormemente el mercado de los dispositivos basados en la superconductividad. Cuando se enfría por debajo de una temperatura crítica, el superconductor no sólo transmite electricidad sin resistencia, sino que desvía además los campos magnéticos, que en consecuencia no pueden entrar en él. Los superconductores corrientes, fabricados a partir de metales y aleaciones, se han de enfriar, por medio de helio líquido, hasta la frágil temperatura de unos cuatro grados por encima del cero absoluto. Su utilidad, debido al coste (más de quinientas pesetas litro) y rápida ebullición del helio líquido, es limitada. Pero la temperatura crítica de los superconductores cerámicos supera los 90 grados kelvin; para enfriarlos más allá de ese punto basta el nitrógeno líquido, que hierve a 77 grados kelvin; cuesta sólo unas pesetas por litro y, lo que no es menos importante, dura, para una misma carga calorífica, sesenta veces más que el helio líquido.

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