La era de los rankings

O cómo decidir quién es mejor que quién.

THE SCIENCE OF RATING AND RANKING. WHO’S #1?
Por Amy N. Langville y Carl D. Meyer. Princeton University Press, Princeton, 2012.

¿En cuántas de las decisiones que tomamos cada día tenemos en cuenta la interminable lista de rankings que existen? Los mejores libros del momento, para decidir nuestra próxima lectura; los mejores colegios o universidades, si es que pretendemos tomar la decisión óptima para nuestros hijos; las mejores películas de la cartelera, el top 10 de las canciones, las mejores playas donde perderse, los blogs más populares... Reconozca el lector sin remilgos que sí, que no se puede evitar, que los consultamos, nos los creemos, y hasta los seguimos con fe inquebrantable, aunque en la mayor parte de los casos no tenemos ni la más remota idea de cómo se han confeccionado.

Un ranking especialmente notable, que usamos continuamente —aunque quizá sin ser tan conscientes de ello— es aquel con el que el buscador de Google establece la «importancia» de las páginas web y que luego utiliza para ordenar los resultados de cada búsqueda. Posiblemente este ranking sea el secreto (o uno de los secretos) que explica por qué Google se ha convertido en unos pocos años en el estándar de los buscadores de Internet, y más aún, en un auténtico icono de la tecnología.

La historia es probablemente bien conocida: allá por 1998, dos estudiantes de doctorado, Sergei Brin y Larry Page, daban los últimos retoques al algoritmo (PageRank) que emplearían en el motor de búsqueda de Google. Apenas quince años después, Google se ha convertido en, quizá, la más importante empresa tecnológica del mundo y, sobre todo, ha cambiado la manera en la que manejamos y entendemos la información contenida en la Red. Un auténtico cambio de paradigma, siguiendo a Kuhn. Por cierto, conviene señalar que las ideas que subyacen en ese algoritmo de ordenación son, aunque ingeniosas, bastante sencillas, y están al alcance de cualquiera con conocimientos básicos de álgebra lineal.

Langville y Meyer han tratado en profundidad los métodos y la tecnología en que se apoyan los buscadores de Internet en su anterior (completo y excelente, aunque más técnico) Google's PageRank and beyond: The science of search engine rankings (Princeton University Press, 2006). En el libro que nos ocupa extienden ese estudio a rankings y ordenaciones en otros contextos y disciplinas, haciendo especial hincapié en las clasificaciones deportivas.

La idea es bien atractiva, sobre todo en el mundo anglosajón, en el que las estadísticas y los rankings deportivos son motivo de ocupación, preocupación y hasta fanatismo para un buen porcentaje de los ciudadanos. Puede que ello suponga una dificultad para un lector español que, probablemente, no estará familiarizado con la estructura de las ligas universitarias, la NFL o la NHL, o la jerga de SuperBowls, yardas, carreras, etcétera, que conforman los ejemplos con los que los autores ilustran los diferentes sistemas de ordenación. Y es posible que encuentre más sugerentes algunos otros ejemplos que se analizan en el libro, como los sistemas electorales (con sus paradojas y enseñanzas), los rankings de mejores libros o universidades, el sistema Elo (si es que es aficionado al ajedrez), los índices de desarrollo humano, etcétera, y, por supuesto, los buscadores de Internet. En todo caso, siempre podrá aplicar las múltiples alternativas de ordenación que se proponen en el libro a su deporte favorito para así, quizá, poder variar a su gusto la clasificación final de aquella temporada de nefasto recuerdo, en la que su equipo no consiguió ganar pero en la que, si se hubiera tenido en cuenta que...

El libro está pensado para un lector con ciertos conocimientos matemáticos. En particular, debe sentirse cómodo con algunas nociones de álgebra lineal, como las que se aprenden en un primer curso de nivel universitario, dado que es el lenguaje en el que se escriben una buena parte de los modelos descritos. Pese a que los ejemplos e ilustraciones suelen ser sencillos y se siguen con facilidad, un cierto manejo de la notación matricial y de conceptos como autovalores y autovectores resulta imprescindible para entender adecuadamente los desarrollos. Aunque, dándole la vuelta al argumento, puede que constituya un aliciente para recordar —en algunos casos— o visitar por vez primera —en otros— el lenguaje del álgebra lineal, ese que a muchos les pudiera haber resultado abstruso en algún momento, pero cuya elegancia y poder demuestran las aplicaciones contenidas en este libro. Aplicaciones y ejemplos que bien podrían hasta servir como material didáctico para algún hipotético lector y profesor de matemáticas a la par.

Especialmente interesantes y entretenidos resultan los asides, las notas al final de cada capítulo, en los que los autores recogen y se recrean con ejemplos curiosos, chascarrillos, datos biográficos e históricos, conexiones con otras disciplinas, etcétera, incluyendo una sorprendente mención a las habilidades matemáticas del filósofo, poeta y teólogo mallorquín Ramón Llull.

El libro está bien escrito, el estilo es ameno y, con las salvedades mencionadas, se lee con facilidad. Una estupenda oportunidad para internarse en el mundo de las ordenaciones, ubicuas, a veces paradójicas, y siempre prestas a la polémica y la discusión.

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