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Patentes de genes

Los genes obtenidos de la naturaleza no son una invención.
iStockphoto/Chris reed
Hace más de tres decenios, Ananda Chakrabarty, un microbiólogo de los laboratorios de General Electric en Schenectady, Nueva York, desarrolló mediante ingeniería genética una bacteria con capacidad de disolver el petróleo crudo. Cuando solicitó una patente, el examinador rechazó inicialmente su solicitud alegando que los organismos vivos no eran patentables. Más tarde, un tribunal de apelación revocó esa decisión y, en 1980, el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló en favor de Chakrabarty.
Durante años, pareció que ese veredicto no traería otras consecuencias. La bacteria de Chakrabarty podía considerarse una invención novedosa, algo totalmente diferente del ADN natural que los tribunales habían valorado en el pasado como no patentable. Con el tiempo, sin embargo, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos comenzó a otorgar patentes a los investigadores no sólo por la invención de nuevos organismos, sino también por el hecho de aislar o purificar material genético ya existente.

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