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1 de Noviembre de 2014
Evolución humana

A golpe de suerte

Según las teorías tradicionales, el éxito de nuestros antepasados se debió fundamentalmente a su capacidad para fabricar herramientas. Una revisión de nuestra historia evolutiva añade grandes dosis de suerte a todo el proceso.

CHRISTIAN NORTHEAST

En síntesis

Una nueva teoría considera que la extraordinaria velocidad con que evolucionaron los primeros humanos se debió a una combinación de avances culturales y cambios climáticos impredecibles.

Las repetidas glaciaciones habrían fragmentado las poblaciones de homininos y creado pequeños grupos, en los que los cambios genéticos y culturales se habrían fijado con gran rapidez.

La aparición de Homo sapiens en África, hace 200.000 años, se habría debido a un evento de ese tipo. Unos 100.000 años más tarde, una población africana adquirió la capacidad de usar símbolos.

Esa facultad simbólica única fue, casi con seguridad, lo que permitió que nuestros antepasados eliminasen o sobreviviesen al resto de sus competidores homininos en poco tiempo.

Los humanos somos primates muy peculiares. Caminamos erguidos, manteniendo el equilibrio de nuestro pesado cuerpo con ayuda de dos pequeños pies. Nuestra abultada cabeza luce un rostro diminuto y mandíbulas reducidas, engastadas bajo la parte frontal de nuestro globoso neurocráneo. Pero lo más sorprendente tal vez sea la manera en que procesamos la información. Hasta donde sabemos, somos el único organismo capaz de deconstruir mentalmente tanto el mundo exterior como sus experiencias interiores y plasmarlos en símbolos abstractos, los cuales empleamos para generar nuevas versiones de la realidad: no solo podemos describir el mundo tal y como es, sino también imaginar cómo podría ser.

Nuestros antepasados nunca fueron tan excepcionales. El registro fósil muestra que, no hace mucho más de siete millones de años, nuestros ancestros eran criaturas simiescas que vivían en los árboles y necesitaban sus cuatro extremidades para desplazarse; tenían un rostro grande y prominente, con poderosas mandíbulas situadas por delante de un modesto neurocráneo. Con toda probabilidad, sus facultades cognitivas equivalían a las de los chimpancés modernos. Aunque se trata sin duda de animales listos, habilidosos y capaces de reconocer símbolos e incluso combinarlos, los simios antropomorfos actuales no parecen capaces de reorganizarlos para crear nuevas realidades. Para convertirse en Homo sapiens, aquel antepasado hubo de sufrir múltiples cambios evolutivos en muy poco tiempo.

Puede que siete millones de años parezcan muchos, pero no representan más que un instante para una transformación así. En general, las especies de primates estrechamente emparentadas —y, desde luego, aquellas que pertenecen a un mismo género— no muestran grandes diferencias en sus rasgos físicos ni cognitivos. Además, la vida media de una especie mamífera se estima en unos tres o cuatro millones de años; es decir, la mitad de tiempo durante el que el grupo de los homininos (que nos incluye a nosotros y a nuestros parientes extintos más cercanos) ha existido y se ha transformado hasta quedar irreconocible. Si una historia evolutiva consiste en que unas especies dan lugar a otras, como sabemos que sucede, la tasa de especiación de nuestro linaje tuvo que haberse acelerado de manera muy notable para llegar a experimentar semejante metamorfosis.

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