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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2010Nº 410

Medicina

¿Por qué no somos inmortales?

Conforme nos hacemos mayores, nuestras células empiezan a fallar. Desentrañar los misterios del envejecimiento permitiría aumentar nuestra longevidad y mejorar nuestra salud.

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Si tuviésemos total libertad para planificar el final de nuestra vida (las últimas semanas, días, horas y minutos), ¿cuál sería nuestra elección? ¿Permanecer en buena forma hasta el último minuto para, a continuación, perecer de forma rápida? Aunque muchos escogerían esta opción, entraña un inconveniente importante: si uno se siente bien en un momento dado, lo último que desearía es fallecer a continuación. Además, la familia y los seres queridos sufrirían un dolor inmediato y nuestra muerte repentina supondría para ellos una pérdida cruel. Sin embargo, las alternativas de padecer una prolongada enfermedad terminal o de perder a alguien querido en la oscura penumbra de la demencia tampoco despiertan interés.

Todos preferimos evitar pensar en nuestro final. Pero a veces conviene hacerlo, no sólo desde un punto de vista personal, sino también con el fin de definir mejor las políticas sanitarias y los estudios científicos. También es importante saber hasta dónde puede ayudar la ciencia en nuestros intentos por burlar la muerte.

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