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Miscelánea electroquímica

Fenómenos puramente químicos, como la corrosión, son fuente de interesantes manifestaciones eléctricas.

MARC BOADA

Corría el año 1997 y el personal del Centro Nacional de Arqueología Subacuática de Portugal se hallaba excavando un derrelicto cerca de Lisboa. El barco objeto de la investigación era el Nossa Senhora dos Martires, una nave de la Compañía de las Indias que tras meses de viaje regresó desde el lejano oriente cargado con varios cientos de toneladas de pimienta. El fuerte viento y oleaje fueron los causantes de que descansara en el fondo del mar durante casi cuatro siglos. Cuando los arqueólogos recuperaron los restos del pecio descubrieron, estupefactos, tres bellísimos astrolabios de bronce. Los artefactos se hallaban en perfecto estado; presentaban un mínimo de deterioro tras permanecer tantísimo tiempo en las químicamente agresivas aguas marinas. Los cañones de hierro, en cambio, se encontraban en un estado deplorable. ¿Por qué algunos metales resisten bien y otros, en cambio, quedan reducidos a una incrustación que en bien poco recuerda el material original?

La respuesta radica en un molesto fenómeno que causa pérdidas brutales a nuestra civilización: la corrosión. Por ello un notable porcentaje del hierro que producimos se pierde inevitablemente, cada año, en forma de óxido más o menos hidratado casi imposible de recuperar. Por otro lado, la corrosión es responsable de paradas imprevistas en todo tipo de instalaciones industriales, desde centrales nucleares o térmicas hasta plantas químicas, con lo que los costes que podemos achacarle pueden suponer algunos puntos porcentuales del PIB. Pero aún hay aspectos más onerosos: la corrosión debilita las estructuras metálicas de una forma sutil y a veces casi invisible que en ocasiones acaba por causar accidentes con la pérdida irreparable de vidas humanas.

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