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El rompecabezas del origen humano

Los últimos descubrimientos paleontológicos y genéticos habrían entusiasmado a Darwin, pues sacan a relucir la gran complejidad de nuestra evolución.

Ilustración de Pascal Blanchet

En síntesis

Darwin supuso que la cuna de la humanidad debía estar en África, pero tuvo que pasar un siglo antes de que los hallazgos paleontológicos le dieran la razón y la idea fuese aceptada sin prejuicios.

Lejos de ser un proceso lineal, la evolución humana demuestra ser compleja y tortuosa. El árbol de los homínidos posee multitud de ramas, algunas incompletas y otras aún desconocidas.

El novedoso estudio del ADN fósil está desvelando que la hibridación ha sido común en el género Homo. El genoma de H. sapiens conserva vestigios de otras especies afines, hoy extintas, con las que nuestros ancestros se cruzaron en la prehistoria.

Charles Darwin publicó en 1859 el libro científico más importante de la historia. El origen de las especies revolucionó la forma en que la sociedad entendía la naturaleza. En desafío al dogma victoriano, afirmó que las especies vivientes no eran inmutables ni una creación divina. A su juicio, la magnífica variedad de la vida debía ser el resultado de las modificaciones generadas en la descendencia de un antepasado común por la acción de la selección natural. Pero a pesar de su brillante explicación sobre la génesis de especies tan diversas como las hormigas y los armadillos, los murciélagos y los percebes, curiosamente una quedó al margen de todo argumento en su gran obra: la suya propia. Solo en la penúltima página alude con suma brevedad a Homo sapiens, señalando tímidamente que «se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre y sobre su historia». Nada más. Eso fue todo lo que escribió acerca del nacimiento de la especie más importante del planeta.

No era porque pensara que el ser humano quedaba al margen de la evolución. Doce años después vería la luz otra obra suya acerca de la cuestión: El origen del hombre. En ella argumentaba que haber incluido el género humano en su anterior libro solo habría servido para que los lectores se alzasen contra su revolucionaria idea. Pero ni siquiera en ella pudo concretar gran cosa sobre el origen de la humanidad, pues los únicos datos de que dispuso sobre nuestra evolución provenían de la anatomía comparada, la embriología y el comportamiento, como en las demás especies. El problema residía en que por aquel entonces apenas se conocían fósiles que aportasen indicios del pasado de la humanidad. «Lo único que sabías era aquello que podías deducir», explica el paleoantropólogo Bernard Wood, de la Universidad George Washington.

Es digno de mérito que Darwin hiciese observaciones y predicciones tan acertadas sobre nuestra especie y nuestro pasado con la escasa información que tuvo a su alcance. Argumentó que todos los seres humanos pertenecían a una misma especie y que todas las «razas» eran descendientes de un único linaje ancestral. Además, señalando las similitudes anatómicas entre el ser humano y los simios africanos, concluyó que el chimpancé y el gorila eran nuestros parientes vivos más próximos. Y, dado ese parentesco, supuso que nuestros primeros antepasados probablemente vivieron en África.

Desde entonces, «las pruebas han salido paulatinamente a la luz», añade Wood. Durante este siglo y medio la ciencia ha confirmado la predicción de Darwin y ha elaborado un relato prolijo de nuestros orígenes. Los paleoantropólogos han recuperado fósiles de homininos (el grupo al que pertenece H.sapiens y sus parientes extintos) que abarcan los últimos siete millones años. Este extraordinario registro fósil muestra que, en efecto, los homininos surgieron en África a partir de primates cuadrúpedos que acabaron por convertirse en criaturas bípedas, dotadas de unas manos hábiles y un cerebro grande.

El registro arqueológico abarca cerca de la mitad de ese lapso y nos brinda datos sobre los progresos culturales de esa evolución: desde las primeras tentativas con rudimentarias herramientas de piedra hasta la invención de símbolos, canciones y relatos. También nos indica el proceso de dispersión planetaria de nuestros ancestros. Otro aspecto que muestran los fósiles y los útiles es que la coexistencia de especies ha sido la norma durante gran parte del periplo de los homininos. Los estudios de ADN actual y fósil han aportado datos sorprendentes sobre lo ocurrido a raíz de los encuentros.

Ahora sabemos que la saga humana es mucho más enrevesada de lo que supusieron los eruditos decimonónicos. Las sencillas explicaciones acerca de nuestra prehistoria se han derrumbado bajo el peso de las pruebas: no hay un único eslabón perdido que vincule los simios con el hombre, ni una sola línea evolutiva que conduzca a una meta predestinada. Nuestra historia es compleja, desordenada y azarosa. Aún así, lejos de socavar la teoría darwinista, le confiere más solidez.

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