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En busca de vida extraterrestre

Una mirada entusiasta sobre los océanos de las lunas de los planetas gigantes como lugares idóneos donde encontrar vida.

ALIEN OCEANS
THE SEARCH FOR LIFE IN THE DEPTHS OF SPACE
Kevin Peter Hand
Princeton University Press, 2020
304 págs.

Los océanos terrestres han desempeñado un papel clave en el origen y desarrollo de la vida, por lo que cabría esperar que así fuera en otros planetas similares. Sin embargo, los planetas como la Tierra, situados además en la zona de habitabilidad de su estrella, no parecen abundar: según distintos sondeos, no llega a haber uno por sistema planetario. En contraste, los planetas y lunas con océanos, aunque no se encuentren en las tradicionales zonas de habitabilidad, son mucho más corrientes. Así que, en nuestro empeño por encontrar vida extraterrestre, quizás acabe siendo más fructífero ir a buscarla a ese tipo de mundos helados con grandes océanos.

Si nos ceñimos al sistema solar, se piensa a menudo en Marte como el cuerpo más prometedor para encontrar vida. No obstante, las misiones de exploración y numerosos estudios parecen indicar que hay muchas más posibilidades de hallarla bastante más lejos del Sol; en concreto, en algunas de las lunas de Júpiter y Saturno. Estas cuentan con grandes océanos que pueden haber existido tanto tiempo como la Tierra y que reúnen todas las condiciones necesarias para haber dado lugar a la emergencia de organismos.

Estos son los temas que aborda en Alien oceans Kevin Hand, prominente científico de la NASA que ha viajado en misiones de exploración por todo el mundo. Se agradece que, con un tono entusiasta, Hand salpique su narración con anécdotas de sus expediciones a los fondos oceánicos para estudiar formas exóticas de vida que pudiesen tener también lugar en las lunas de los planetas gigantes. Pero el libro está centrado en las posibilidades de encontrar vida en planetas y lunas con océanos y, para ello, el autor examina toda la panoplia de fenómenos relacionados: las condiciones imprescindibles para que surja la vida, la posibilidad de que se den orígenes diferentes en mundos distintos, las características de los ecosistemas en los fondos oceánicos, etcétera.

Alien oceans está escrito en un tono muy agradable y sumamente optimista. Sin embargo, el tipo de lector que acude a estos libros encontrará que, a veces, las explicaciones de algunas cuestiones básicas son demasiado prolijas. Yo esperaría, por ejemplo, que el lector esté al tanto de los fundamentos de la espectroscopía, de los campos magnéticos, o de las mareas. El autor, sin embargo, se refiere a las nociones más básicas de estos fenómenos acudiendo a explicaciones estándar, como la descomposición de la luz en el arcoíris o en los prismas de vidrio.

Creo que otros fenómenos, también descritos con amenidad y rigor, son mucho más relevantes para el tema que aborda la obra. Por ejemplo, la importancia del hielo como magnífico aislante térmico para preservar en los océanos subyacentes las condiciones necesarias para que surja y se proteja la vida; o el sorprendente papel de las mareas para generar calor en esos mismos océanos. Ilustrar estos fenómenos con los ejemplos de los satélites galileanos constituye todo un acierto. Por ejemplo, se nos recuerda que las mareas de Ío, la luna más interna de Júpiter, son capaces de fundir su interior y producir la mayor actividad volcánica del sistema solar, pues el flujo de energía debido a las mareas en Ío es similar al que recibe Venus de la radiación solar. Calisto encuentra similitudes con Marte, mientras que Europa y Ganímedes tienen propiedades intermedias entre las de Venus y Marte; es decir, recuerdan a las de la Tierra.

El lector disfrutará con la descripción de los hallazgos que han llevado a considerar a Europa uno de los cuerpos más prometedores para encontrar vida en el sistema solar: desde el descubrimiento de agua helada, que se realizó desde Crimea con un telescopio de infrarrojos en 1964, hasta las fascinantes imágenes de las placas tectónicas de hielo, conseguidas por las misiones de la NASA Voyager y Galileo, las cuales muestran separaciones entre placas como vetas oscuras que guardan similitudes con las dorsales oceánicas terrestres. El autor se detiene, de manera más que justificada, en todos los indicios que han llevado a concluir la existencia y las propiedades de los océanos bajo esa corteza helada, agua líquida que debe de contener abundantes sales diluidas.

Con explicaciones igual de pacientes y extremadamente claras, nos adentramos en las propiedades de Encélado, el sexto mayor satélite de Saturno. Este reúne propiedades de enorme interés: océanos, plumas y una química que parece apropiada para la actividad bioquímica [véase «El océano caliente de Encélado», por Frank Postberg y Thorsten Dambeck; Investigación y Ciencia, diciembre de 2015]. Pero aquí el autor no nos esconde que, aunque esta pequeña luna también sea prometedora para la búsqueda de vida, su investigación está mucho menos avanzada que la de Europa.

Y así llegamos a Titán, el mayor de los satélites de Saturno, un mundo que el autor nos presenta con toda la fascinación que merece. La extraña combinación de hielo de agua y metano líquido, sus sorprendentes ríos, mares y océanos, así como los ciclos estacionales, hacen de Titán uno de los mejores lugares para ir a buscar vida [véase «Superficie y atmósfera de Titán», por Ralph Lorenz y Christophe Sotin; Investigación y Ciencia, mayo de 2010]. Nos detenemos en el misterio del origen del metano en esta gran luna, uno de los mayores enigmas de las ciencias planetarias actuales. Dado que, contrariamente a la de agua, la molécula de metano es muy poco polar, nos acabamos preguntando qué tipo de bioquímica haría falta para que la vida surgiese en este exótico mundo, en el que también es muy posible que haya océanos subterráneos. ¿Podrían existir microorganismos en esos océanos que produjesen el metano que observamos en la superficie? Parece una idea chiflada, pero quizás no carezca completamente de sentido.

Ganímedes, Calisto y Tritón (en Neptuno), e incluso las pequeñas Miranda y Titania (en Urano), son las otras lunas examinadas con cierto detalle, aunque necesariamente menor debido a sus características y a los datos y estudios disponibles. El autor también se detiene en consideraciones sobre lo que sabemos del origen de la vida y algunos de sus atributos: la compartimentación (que lleva a la formación de células) y los procesos de almacenamiento de información y capacidad de réplica. Pero no nos oculta las incertidumbres de la ciencia actual sobre otros aspectos y parámetros; por ejemplo, ¿cuánto tiempo se necesita para que la vida surja y prospere? ¿Son los aminoácidos, los azúcares y los ácidos nucleicos los únicos ladrillos y el único mortero posibles para formar vida?

Las analogías con las condiciones existentes en la Tierra y en nuestros océanos abundan a lo largo del libro. Con todo, echo de menos que el autor no describa los experimentos de laboratorio que se están llevando a cabo actualmente para simular las condiciones de las lunas de los planetas gigantes y estudiar así sus posibilidades para la vida desde un punto de vista experimental.

El libro se cierra con una mirada a las misiones espaciales futuras encaminadas al estudio de las lunas exteriores del sistema solar. Aquí, como en otras obras de científicos estadounidenses, el autor otorga todo el protagonismo a las misiones de la NASA, como la planeada Europa Clipper, pero las de la Agencia Espacial Europea apenas se mencionan. Una misión del calibre del Explorador de las Lunas Heladas de Júpiter (JUICE, por sus siglas en inglés) apenas recibe un pequeño párrafo.

Alien oceans es un libro recomendable, que rebosa entusiasmo y que justifica, con argumentos muy detallados y convincentes, el vehemente esfuerzo realizado en la exploración de las lunas de los planetas gigantes. Todo ello proporciona una primera impresión de la investigación, que ya se está iniciando, sobre planetas y lunas que puedan contener océanos y mares en sistemas planetarios más allá del solar [véase «Más acogedores que la Tierra», por René Heller; Investigación y Ciencia, marzo de 2015].

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