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La pregunta por el ser humano

Cómo han evolucionado las ideas relacionadas con la naturaleza humana.

GETTY IMAGES/FRANCESCOCH/ISTOCK

En síntesis

Desde mediados del diecinueve, lo que más ha contribuido a configurar nuestra imagen del ser humano ha sido el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Esta concepción de lo que significa ser humano ha viajado del optimismo inicial al descreimiento posmoderno actual, marcado por la fragmentación y el reduccionismo.

Solo una visión que integre también las ciencias humanas, sociales y otras fuentes de sabiduría, y que excluya el pseudoconocimiento ideológico y supersticioso podrá aportar la claridad que precisamos en cuanto a nuestra propia imagen.

Ya desde bien niños, los humanos tenemos la extraña manía de preguntar. Del mismo modo que hoy podemos meditar a solas o conversar cabe al fuego, es probable que lo hicieran ya nuestros ancestros más remotos. Nos interesa saber qué es una estrella, qué es una planta o un animal, qué es un número o una palabra. Y nos interesa sobremanera saber qué es un ser humano. De un modo más sistemático y menos espontáneo, la filosofía de todos los tiempos se ha centrado también en la cuestión del ser humano. Según sostiene Immanuel Kant en su Lógica, todas las preguntas filosóficas importantes acaban por reducirse a esta: «¿Qué es el hombre?».

El eco de esta pregunta ancestral, inquietantemente simple, resuena en innumerables versiones que inquieren sobre nuestro origen o sobre nuestro lugar en el cosmos, sobre nuestros rasgos o sobre el sentido de nuestra existencia. Para interpretar estas cuestiones y darles respuesta, nos valemos de toda suerte de ayudas, de la experiencia cotidiana, de la conversación, de las tradiciones sapienciales y religiosas, del arte, de la ficción literaria o fílmica, del deporte que tantea nuestros límites; a veces —por desgracia—, también de ideologías y supersticiones.

Con todo, desde comienzos de la modernidad, lo que más ha contribuido a configurar la imagen del ser humano ha sido el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. El nacimiento de publicaciones como Scientific American (que este año celebra su 175 aniversario), dedicadas a la difusión de este desarrollo, es síntoma de la importancia que las ciencias cobraron para la vida diaria, para la formación de una imagen del mundo y, claro está, para el conocimiento que el ser humano tiene de sí. Hasta en las expresiones culturales más populares del siglo XIX encontramos un protagonismo creciente de las tecnociencias. «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», podemos escuchar en cualquier representación de La Verbena de la Paloma, cuyo estreno data de 1894. Y, por entonces, la palabra ciencia ya incluía lo técnico. Prueba de ello es que la revista que se titula como Scientific abre su primer número (28 de agosto de 1845) con una noticia ilustrada sobre vagones de ferrocarril mejorados, a la que sigue otra sobre avances en la impresión litográfica.

El surgimiento de la publicación que más tarde (1976) daría lugar a Investigación y Ciencia coincide, y no por casualidad, con la eclosión del espíritu moderno. Es efecto y síntoma del mismo. La historia de estos últimos dos siglos ha estado marcada por los ilusionantes adelantos de la ciencia y de la técnica, pero también por las barbaridades que en su nombre o con su ayuda se han perpetrado. Según el historiador Nathaniel Comfort, de la Universidad Johns Hopkins, «algunos de los peores capítulos de la historia son atribuibles al cientificismo, la ideología según la cual la ciencia es el único modo válido de comprender el mundo y solucionar los problemas sociales. Mientras la ciencia ha ampliado y liberado nuestra concepción del ser humano, el cientificismo la ha limitado. […] A lo largo de los últimos 150 años hemos constatado que tanto la ciencia como el cientificismo han configurado nuestra percepción de la identidad humana».

Hemos viajado desde el momento cenital de una modernidad optimista, inspirada por el positivismo y el espíritu de la Ilustración, dominada por palabras como mejora, avance, adelanto y, por supuesto, progreso, hasta el actual estado de descreimiento posmoderno. La trayectoria no ha resultado uniforme. Según el historiador de la ciencia de Harvard Gerard Holton, los momentos de emprendimiento ilustrado se han visto contrapunteados por diversas revueltas románticas. Las fases de avance indudable alternan con otras de decepción y hastío. No es de extrañar que la imagen del ser humano haya resultado también zarandeada durante estos ajetreados años.

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