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Las tecnologías que han transformado nuestra sociedad

Los avances basados en la transferencia de materia y energía han servido para democratizar la información.

Ilustración de Tavis Coburn

En síntesis

Algunos avances tecnológicos, como la electricidad, las telecomunicaciones o la computación, nos han cambiado la vida. Otros, como la energía nuclear o los vuelos espaciales tripulados, no han cumplido las expectativas.

Todas esas innovaciones se basan en el movimiento de materia y energía, pero en última instancia han servido para impulsar la transmisión de información e ideas.

Para bien o para mal, la información ilimitada está transformando nuestra sociedad, al difuminar las fronteras entre lo público y lo privado, creadores y consumidores, o profanos y expertos.

A los científicos les resulta obvio que su labor reporta beneficios a la humanidad, gracias a los adelantos tecnológicos que traen consigo los descubrimientos. Y a los historiadores les resulta obvio que la relación entre ciencia y tecnología es mucho más compleja y menos lineal de lo que tiende a pensar la gente. Antes del siglo XIX, la mayor parte de los inventos e innovaciones eran fruto de la tradición artesanal entre personas que no se dedicaban a la ciencia y solían desconocer los desarrollos científicos pertinentes. Así surgieron la brújula, la pólvora, la imprenta, el cronómetro, la desmotadora, la máquina de vapor o la rueda hidráulica, entre otros muchos ejemplos.

La situación cambió hacia finales del siglo XIX: las tradiciones artesanales pasaron a conformar una «tecnología» que guardaba estrecha relación con la ciencia, y los científicos empezaron a mostrar más interés por aplicar las teorías a problemas prácticos, como ilustra la comisión que designó el Congreso de Estados Unidos en la década de 1870 para investigar las explosiones de las calderas de vapor.

Sin embargo, los tecnólogos solían trabajar en paralelo con la ciencia de su tiempo, más que de forma secuencial. Estos expertos (que pronto pasarían a ser conocidos como ingenieros) formaban una comunidad diferenciada, con sus propias metas, valores, expectativas y metodologías, y sus logros no podían entenderse simplemente como ciencia aplicada. La conexión entre el conocimiento científico y el progreso tecnológico a menudo era sorprendentemente endeble, incluso a principios del siglo xx. Por ejemplo, la aviación despegó antes de que se desarrollara una teoría de la sustentación: los científicos aseguraban que era imposible elevar máquinas «más pesadas que el aire», y aun así los aviones volaban.

Si nos fijamos en los últimos doscientos años, la manipulación de la materia y la energía ha ocupado un lugar central tanto en el progreso científico como en el tecnológico. Las innovaciones tecnocientíficas algunas veces han satisfecho las expectativas y otras no. De entre los principales avances, hubo tres que en verdad nos cambiaron la vida —probablemente para mejor—, mientras que otros dos resultaron mucho menos transcendentes de lo que se esperaba. Y apenas se vislumbró una de las principales repercusiones que apreciamos ahora en retrospectiva: que mover materia y energía acabaría llevándonos a transferir información e ideas.

Un buen ejemplo de una tecnología con base científica que nos cambió la vida es la electricidad. Benjamin Franklin es célebre por haberse dado cuenta de que los relámpagos son descargas eléctricas en la atmósfera y por haber demostrado en el siglo XVIII el efecto protector de los pararrayos [véase «La ciencia de Benjamin Franklin», por José Manuel Sánchez Ron; Investigación y Ciencia, agosto de 2019]. No obstante, los principales avances científicos en nuestra comprensión de la electricidad llegaron más adelante, cuando Michael Faraday y James Clerk Maxwell determinaron que se trataba de un flujo de electrones y que podía entenderse en el contexto más amplio del electromagnetismo. Faraday mostró que la electricidad y el magnetismo son dos caras de la misma moneda: el movimiento de cargas crea un campo magnético, y el movimiento de un imán induce una corriente eléctrica en un conductor. Este hecho, recogido en las ecuaciones de Maxwell (un modelo matemático de la electricidad, el magnetismo y la luz), sentó las bases para la invención de la dinamo, la generación de electricidad para uso industrial y doméstico, y las telecomunicaciones: el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión [véase «El camino hacia la electrodinámica de Maxwell», por José Manuel Sánchez Ron; Investigación y Ciencia, julio de 2020].

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