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Los peores momentos de la Tierra

Las extinciones masivas nos alertan sobre el futuro de la vida en nuestro planeta.

Ilustración de Pascal Blanchet

En síntesis

Las extinciones masivas son apocalipsis globales donde perecen gran parte de las especies del planeta. Pero pocos creían en ellas hasta 1980, cuando se hallaron indicios del asteroide que acabó con los dinosaurios.

Sin embargo, no todas las extinciones masivas tuvieron que ver con impactos. La mayor amenaza para la vida ha sido la propia Tierra, y el arma más eficaz, el dióxido de carbono.

Los niveles de CO2 y la pérdida de biodiversidad actuales suponen una advertencia: debemos tomar medidas para no avanzar por el mismo camino que condujo a las peores tragedias de la historia terrestre.

Pangea, hace 252 millones de años: el mundo se acaba. En Siberia, las erupciones se suceden desde hace 300.000 años y no van a cesar. Y no se trata de un solo volcán, sino de toda Siberia (más de cinco millones de kilómetros cuadrados de ella), un desierto de dimensiones continentales que supura lava incandescente y vapor. Los mares que otrora resplandecían con corales rugosos y arrecifes de esponjas se han acidificado y están rebosantes de mercurio. Calientes como una sopa, burbujean y liberan un letal metano que alimenta repugnantes manchas de cieno agitadas por huracanes. El lecho marino se vacía a medida que los trilobites se extinguen, tras 250 millones de años de existencia.

Junto a ese océano pestilente, en las costas del supercontinente devastado, los bosques han desaparecido y ahora ocupan su lugar anchos ríos calientes de cauces trenzados que se derraman sobre la tierra inerte. Los hongos florecen allí donde los campos de helechos acogían combates llenos de colmillos y corazas, batallas entre gorgonópsidos y pareiasáuridos. Los cálidos vientos desgastan ahora sus huesos, blanqueados por una luz solar abrasadora que no atraviesa ningún filtro de ozono. Al caer la noche, unas extrañas constelaciones iluminan las olas muertas, que bañan las costas muertas y arrojan sobre ellas antiguos restos de arrecifes muertos procedentes de un mar sin vida. En el aire flota un olor nauseabundo. Solo hay ruinas, fango y calor. El océano se asfixia y las bacterias se extienden, formando estromatolitos. Cien mil soles salen y se ponen en un mundo sin esperanza. Cien mil primaveras se repiten sin descanso. Todo continúa estéril. Transcurren un millón de años de miseria. Diez millones.

Al fin, el planeta renace (esta vez con dinosaurios, ictiosaurios, pterosaurios, mamíferos, tortugas y esturiones), casi como si comenzara una historia completamente nueva, exuberante, optimista y vital: la era mesozoica. La vieja historia, demasiado aciaga para volver a contarla, quedó registrada en las profundidades de los enormes archivos de la Tierra, bajo un epitafio grabado en la roca con cincel geoquímico: «El dióxido de carbono destruyó este mundo».

Las extinciones masivas no son solo malos tiempos en la historia de la Tierra. Ni siquiera muy malos. Son los episodios más nefastos que han acaecido en los 500 millones de años de historia de la vida compleja. Se trata de apocalipsis globales, horribles y extremadamente infrecuentes que terminan con el linaje de la mayoría de las criaturas vivas del planeta. Son eventos terribles y surrealistas: 20.000 años de calor sofocante debido al efecto invernadero, salpicados de inviernos volcánicos o tardes de terror celestial y tsunamis. Y hasta alrededor de 1980, se consideraban meras especulaciones indecorosas.

En los dos últimos siglos, el campo de la geología se ha caracterizado (al igual que el propio registro fósil­) por largos períodos de estabilidad interrumpidos por emocionantes momentos de agitación e innovación. Aunque sería arbitrario señalar a un único fundador de la geología moderna, es preciso destacar la labor del geólogo escocés James Hutton, quien contribuyó sobremanera a desvelar el «abismo del tiempo» que se extiende bajo nuestros pies. En 1788, en Siccar Point (un promontorio salpicado de sal situado en la costa este de Escocia), Hutton divisó un afloramiento compuesto por dos formaciones rocosas, dispuestas una encima de la otra, que se encontraban de manera abrupta en el medio. Sin embargo, los estratos inferiores (láminas de lodo procedente de aguas profundas) se habían formado en el fondo oceánico y posteriormente se habían inclinado, elevado y alisado por la acción del viento y la erosión, mientras que los estratos superiores se habían constituido en tierra firme, en un ambiente fluvial tropical. La idea del tiempo desaparecido entre ambas formaciones, ahora adyacentes pero separadas por una brecha insondable, abrumaba a Hutton. La mayoría de sus escritos son impenetrables y nada extraordinarios; parece como si hubiera reservado toda su elocuencia para hacer una inquietante observación: en la confusión reinante en la Tierra que pisamos, «no hallamos vestigios de un inicio, ni perspectivas de un final». Resulta que el tiempo es «profundo», aunque hasta ahora la historia de la humanidad se haya desarrollado en la superficie.

Los geólogos abandonaron las restricciones impuestas por el tiempo bíblico y el diluvio de Noé, y su nueva ciencia maduró con el paso de los decenios, espoleada por las cuantiosas recompensas materiales que reportaba el hallazgo de carbón y minerales en una extraña nueva era industrial. La historia de la vida en nuestro planeta, aun fragmentada e inaccesible, se fue revelando poco a poco.

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