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1 de Septiembre de 1995
Medicina

Tratamiento de la diabetes por trasplante celular

La implantación de células de los islotes del páncreas cura muchos casos de diabetes. Cuando se logre evitar el ataque del sistema inmunitario contra los injertos, se generalizará su uso.

TOMO NARASHIMA

Hasta hace unos 75 años la forma de diabetes que afecta a niños y jóvenes era mortal de necesidad. Familiares y médicos veían impotentes cómo jóvenes robustos se consumían y morían en pocos meses tras el diagnóstico. A principios de siglo se descubrió que el problema radicaba en unas pequeñas acumulaciones de células pancreáticas llamadas islotes de Langerhans. Era evidente que estos islotes segregaban una hormona decisiva, llamada luego insulina, que permitía que otras células del organismo captasen la glucosa de la sangre para obtener energía. También estaba claro que los pacientes diabéticos no producían insulina (ahora se dice que tienen diabetes de tipo I, dependiente de la insulina o insulinodependiente). Cuando eso ocurre, la glucosa de los alimentos se acumula en la sangre, mientras que otros tejidos mueren por falta de ella. Las personas cuya diabetes es de aparición tardía, caso que es el más habitual y se denomina de tipo II o no dependiente de insulina, tienen mejor pronóstico, pues siguen fabricando algo de insulina.

Las perspectivas de los diabéticos de tipo I cambiaron sustancialmente cuando, a principios de los años veinte, se comprobó que la insulina de origen animal podía salvarles la vida. Desde entonces se dio por supuesto que la inyección diaria de la hormona equivalía a la curación. Pero, por desgracia, esto no es cierto. La experiencia acumulada a lo largo de los años hizo que los clínicos se percatasen de que muchos de estos pacientes sufrían otras enfermedades muy graves como consecuencia de la diabetes. El lento deterioro de sus capilares terminaba a menudo en ceguera o en fallo renal, cuando no en ambas cosas. El estrechamiento de otros vasos conducía a la aterosclerosis, mientras que la degeneración de los nervios se manifestaba en forma de adormecimiento y dolor de las extremidades. Está comprobado que la causa de todas estas "complicaciones a largo plazo" es el exceso de glucosa en la sangre y la consecuente alteración de los tejidos expuestos al exceso de azúcar. Es evidente que las inyecciones de insulina de las que depende la vida de los diabéticos de tipo I no pueden imitar con precisión la habilidad del páncreas normal para detectar los niveles de glucosa en sangre y producir la insulina necesaria para mantener el cuerpo sano.

La terapia requerida para conservar la salud a la larga tiene, pues, que mantener siempre los valores de glucosa dentro de límites normales desde el inicio de la enfermedad. La implantación de islotes sería un tratamiento ideal, porque restauraría la producción correcta de insulina y porque, al menos en teoría, bastaría con una sola operación, dada su larga vida y su capacidad regenerativa. Los injertos evitarían también las enfermedades agudas relacionadas con la diabetes, entre las que se encuentran el coma, cuando la glucosa se acumula en la sangre hasta niveles muy elevados (hiperglucemia), y otras reacciones que aparecen cuando la dosis inyectada los rebaja demasiado (hipoglucemia), manifestadas en forma de temblores, confusión o desvanecimientos. El trasplante de islotes es fácil de comprender, pero ha sido difícil de conseguir. Sin embargo, hemos llegado a un punto en el que hay buenas razones para pensar que muchos pacientes se beneficiarán de esta terapia en los próximos años y que no tardará mucho en convertirse en rutinaria para los recién diagnosticados.

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