El envejecimiento altera los ritmos circadianos

Las células van acumulando daños a lo largo del tiempo y, en su intento por repararlos, dejan de lado funciones rítmicas esenciales.

INSTITUTOS NACIONALES DE SALUD DE EE.UU.

La luz del sol rige la mayoría de las actividades que realizamos en nuestro día a día a través de los ritmos circadianos. Solo hay que pensar cuán diferente es nuestro comportamiento a mediodía y a medianoche. Este cambio en nuestra actividad es el reflejo de lo que sucede en el interior de nuestro cuerpo. Las funciones de cada uno de los órganos se hallan finamente controladas para que tengan lugar en un momento u otro del día. Los ritmos se producen incluso a nivel celular. Un ejemplo son las células madre, cuyos ritmos circadianos hacen posible que el organismo se regenere de forma cíclica.

Sin embargo, en nuestras investigaciones hemos comprobado que, con el envejecimiento y el estrés acumulado, las células madre ven alteradas sus funciones rítmicas y, al intentar corregir ese desajuste, dejan de lado algunas de las tareas necesarias para el buen funcionamiento del organismo.

Relojes en el cuerpo, los órganos y las células

Los ritmos circadianos están presentes en todos los organismos, desde los más sencillos, como las bacterias, hasta los más complejos, como los mamíferos. Poder anticipar qué ocurrirá, cuándo y en qué orden a lo largo del día le permite al cuerpo estar preparado para numerosos procesos. Y, al no tener que estar listo en todo momento para desempeñar cualquier tarea, se ahorra una preciosa energía.

Tomemos por ejemplo la hora de comer. Nuestro organismo se sincroniza para recibir el alimento y activa los mecanismos necesarios para la digestión, que empieza por el estómago, con la intervención del páncreas, el hígado, la vesícula biliar y otros órganos. Si el cuerpo tuviera que estar preparado para la digestión durante las 24 horas del día, los órganos involucrados tendrían que dejar de ejercer otras funciones vitales, como la eliminación de compuestos tóxicos, la segregación de hormonas o la propia regeneración.

Nuestro organismo funciona como una orquesta con diferentes instrumentos (los órganos), e igual que en ella, hay un director que los sincroniza: el núcleo supraquiasmático. Situado en el hipotálamo, este núcleo recibe las señales lumínicas desde la retina y las reenvía al resto de los tejidos para que todo el organismo siga el mismo compás.

Aunque los ritmos circadianos son muy robustos, permiten flexibilizar las funciones orgánicas y van ajustándose según las necesidades. De este modo, pueden adaptarse a los cambios de horario rigiéndose por la luz externa, y también a los hábitos alimentarios y las interacciones sociales. Esta organización temporal ayuda al funcionamiento óptimo, por lo que respetar los ritmos circadianos resulta fundamental para mantener un buen estado de salud. De hecho, se ha observado que, si se alteran de forma continuada, aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, metabólicas e incluso cáncer.

Los ritmos circadianos no solo existen en casi todos los tejidos y órganos, sino también en las células que los componen. Un ejemplo lo hallamos en la reparación de los posibles daños en el ADN durante la división celular: resulta mucho más eficaz corregirlos primero y luego copiar ese ADN reparado para generar las dos células hijas que no hacerlo después de la división, que implica el doble de trabajo. Aquí los ritmos resultan esenciales.

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