La emergencia de las infecciones fúngicas

Causantes de la muerte de 1,6 millones de personas cada año, ciertos hongos se están erigiendo entre los microbios más mortíferos del planeta.

EL HONGO CANDIDA AURIS acecha en los hospitales, donde infecta a pacientes con el sistema inmunitario debilitado. [JUAN GAERTNER, SCIENCE SOURCE]

En síntesis

Los hongos constituyen un vasto reino, con unos seis millones de especies. Aunque la mayoría convive con nosotros de forma pacífica, numerosos hongos emergentes están amenazando nuestra salud.

Su rápida capacidad de adaptación a ambientes nuevos les permite saltar desde otras especies animales a los humanos, en los que ganan virulencia cuando el sistema inmunitario se halla debilitado.

Si bien se están desarrollando tratamientos contra los hongos, estos adquieren resistencia a los fármacos con rapidez. En la actualidad los esfuerzos se centran en la prevención y la búsqueda de vacunas.

Corría la última semana de junio de 2020, en plena segunda ola pandémica de COVID-19 en EE.UU. Los infectados superaban ya los 2,4 millones y los fallecidos se acercaban a los 125.000 en el país. En el despacho de su casa, en Atlanta, Tom Chiller estaba consultando los correos electrónicos y se echaba las manos a la cabeza.

Médico y epidemiólogo, Chiller es jefe de sección en la red de Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. (CDC), a cargo del departamento que supervisa los riesgos sanitarios que entrañan los hongos, como los mohos o las levaduras. Pero tuvo que aparcar las responsabilidades del cargo en marzo de 2020, cuando comenzaba a quedar clara la magnitud de la nueva amenaza vírica, al tiempo que las autoridades de Nueva York declaraban el confinamiento de la ciudad y los CDC enviaban a casa a la práctica totalidad de su plantilla, miles de empleados. Desde entonces, Chiller ha participado en el trabajo frustrante de esta agencia sanitaria contra la COVID-19. Sus empleados han estado colaborando con los departamentos estatales de sanidad para supervisar los informes referentes a los casos y las muertes, así como las normativas que debían aplicarse para permanecer a salvo.

Cansado, Chiller se disponía a revisar de nuevo el buzón de correo. Entre la pila de mensajes sin leer había un comunicado remitido por uno de sus subordinados, que le hizo ponerse en pie y apretar los dientes. Algunos hospitales cercanos a Los Ángeles informaban de un nuevo problema: varios pacientes habían contraído sobreinfecciones causadas por el hongo Candida auris. El estado de California había declarado la alerta máxima.

Chiller sabía todo lo que se puede saber de esta especie, posiblemente como ninguna otra persona del país. Justamente hacía casi cuatro años que él mismo y los CDC habían difundido un comunicado urgente a los hospitales en el que aconsejaban reforzar la vigilancia. El hongo no había hecho acto de presencia en EE.UU. aún, pero Chiller había mantenido contactos con colegas de otros países y sabía lo que pasaba cuando irrumpía en un centro sanitario. Capaz de resistir la mayor parte de los nuevos antifúngicos, el hongo crece en superficies duras y frías y se burla de los productos de limpieza al uso; algunos hospitales afectados habían tenido que deshacerse de equipos e incluso demoler paredes para eliminarlo. Había causado brotes de propagación rápida y matado a dos tercios de los infectados.

Poco después de aquel comunicado, C. auris desembarcó en EE.UU. y, antes de que acabase 2016, lo habían contraído 14 personas, de las que cuatro fallecieron. Desde entonces, los CDC han seguido atentamente sus movimientos y lo han clasificado en un pequeño grupo de enfermedades peligrosas, de cuya incidencia deben informar los médicos y los servicios sanitarios a la agencia. A finales de 2020 ya se superaban los 1500 casos, repartidos por 23 estados del país. Y entonces llegó la COVID-19, que hizo desbordar los hospitales y obligó a redirigir todos los esfuerzos hacia el nuevo virus, dejándose de lado otros patógenos rebeldes.

Desde el estallido de la pandemia, a Chiller le había preocupado su posible conjunción con las infecciones fúngicas. Los primeros informes clínicos de la COVID-19, publicados por científicos chinos en revistas internacionales, describían a pacientes con un cuadro de suma gravedad que debían ingresar a cuidados intensivos: se les inducía el coma, se les intubaba, se los conectaba a un respirador y, a través de múltiples vías intravenosas, se les administraba grandes dosis de fármacos para acabar con la infección y rebajar la inflamación. Esas intervenciones drásticas quizá salvaran a los infectados del virus, pero los fármacos inmunodepresores desarmaban su sistema inmunitario innato, mientras que los antibióticos de amplio espectro mataban las bacterias beneficiosas que mantienen a raya a los intrusos microbianos. Los pacientes quedaban casi indefensos ante cualquier otro patógeno que rondase cerca.

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