La humanidad en el espacio

¿Cómo viajarán las generaciones futuras desde nuestro hogar terrestre hasta los planetas, y aún más lejos? ¿Qué consecuencias tendrá para nuestra especie?

Tavis Coburn

En síntesis

Una misión espacial que aísle lejos de la Tierra a personas durante períodos de tiempo larguísimos —una colonia en Marte o un viaje que dure varias generaciones a una estrella cercana— conducirá, de modo inevitable, a la aparición evolutiva de nuevos rasgos culturales y fisiológicos.

En las naves espaciales de larga distancia se correrán riesgos ambientales peculiares, como una radiación mayor y presiones atmosféricas menores. Tendrán consecuencias más graves en las etapas más frágiles de la vida: en el útero materno y justo después del parto.

Los planificadores de la misión tendrán que ser meticulosos al seleccionar a los viajeros espaciales. Su objetivo será una población genéticamente saludable pero con diversidad suficiente para resistir las posibles pandemias y florecer en ambientes muy distintos al de partida.

El cese definitivo de los vuelos del transbordador espacial Atlantis en 2011 no significa, como algunos se temían, el final de los viajes espaciales tripulados. Al igual que los primeros mamíferos medraron gracias a la extinción de los dinosaurios, la retirada del transbordador espacial le abre a la exploración espacial posibilidades inéditas y de una magnitud mucho mayor. Siguiendo a empresas privadas llenas de ambición, vamos entrando en las etapas iniciales de nuestra emigración fuera de la Tierra, de la adaptación de nuestra especie a mundos nuevos. Marte es el objetivo expreso de Elon Musk, que hizo su fortuna con Paypal; los exploradores de los Polos Tom y Tina Sjögren están haciendo planes para un viaje privado a Marte; y el proyecto europeo Mars One, privado también, tiene previsto establecer allí una colonia humana en 2023. La colonización espacial está empezando en estos mismos momentos.

Pero la tecnología no es suficiente. Para que la colonización espacial tenga éxito a largo plazo, debemos prestar tanta atención a la biología y a la cultura como a la ingeniería. No es cosa solo de cohetes y robots; hay que tener en cuenta cuerpos, personas, familias, comunidades y culturas. Debemos empezar a construir una antropología de la colonización espacial para abordar el mundo confuso, enredado, dinámico, a veces irritante, de la adaptación biocultural humana. Debemos planear este nuevo proyecto teniendo en cuenta el hecho más inequívoco de todos los que atañen a los seres vivos: que a lo largo del tiempo la evolución les hace cambiar.

Tres son las ideas sobre la colonización espacial con más peso. La primera es habitar Marte. Las colonias marcianas, por las que tanto ha abogado el irascible ingeniero espacial y presidente de la Mars Society Robert Zubrin, serían autosuficientes: utilizarían recursos locales para producir agua y oxígeno, y fabricar materiales de construcción. Vienen luego las colonias flotantes, enormes hábitats construidos con metales de la Luna o de los asteroides. Las popularizó el físico Gerard K. O’Neill en la década de 1970. Albergarían a miles de personas, girarían para producir una gravedad semejante a la terrestre (como ya se imaginaba, de un modo muy bello, en la película 2001: Una odisea del espacio de 1968), y orbitarían alrededor de la Tierra o permanecerían en alguno de los denominados puntos de Lagrange, donde las atracciones gravitacionales del Sol y la Tierra se equilibran de modo que el objeto conserva a lo largo de su movimiento orbital la misma posición con respecto a los dos astros. Finalmente, podríamos tomar en consideración el arca espacial, una nave gigantesca que llevaría muy lejos de la Tierra a miles de colonos espaciales en un viaje sin retorno que duraría muchas generaciones. He estado colaborando con la fundación sin ánimo de lucro Icarus Interstellar para diseñar una misión de este tipo.

Cada uno de esos enfoques tiene sus ventajas, y pienso que todos son tecnológicamente inevitables. Pero nunca debe confundirse la colonización espacial con la conquista del espacio. No cabe ni imaginar cuán extenso es el universo más allá de nuestro mundo. Será lo que ha sido siempre. Cuando la humanidad comience a vivir en el espacio seremos nosotros quienes cambiaremos.

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