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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2018Nº 506

Biología

Darwinismo urbano

La humanidad está cambiando el curso de la evolución.

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«¡Guau!», exclamó mi amigo Frank alzando las manos al aire y casi volcando su vaso con el gesto. Allí, en el jardín de mi casa, en Leiden, me estaba mostrando cómo un halcón remontaba el vuelo con una paloma entre las garras hacia su atalaya en lo alto del hospital donde trabaja, escena que se repetía una o dos veces al día. Segundos más tarde, vi caer plumas de la desdichada tras el cristal de su consultorio.

El halcón peregrino es una de tantas aves que, de un tiempo a esta parte, se han instalado en la ciudad. Habituado a cazar en acantilados, ha cambiado con gusto los peñascos por los rascacielos y los arrendajos por las palomas, a medida que hemos ido erigiendo más y más riscos artificiales en forma de campanarios, chimeneas o torres de oficinas. En algunas partes de Europa y Norteamérica, la mayoría anida ya en las ciudades.

Esas semejanzas accidentales con el medio natural atraen cada vez más flora y fauna a las metrópolis. Las cucarachas gigantes, de naturaleza cavernícola, no tienen problemas para adaptarse a los rincones oscuros y húmedos de nuestros hogares. En las márgenes de las carreteras donde se vierte sal en invierno, brotan plantas nativas de las playas. Los ágiles dedos de los mapaches, muy parecidos a los nuestros, son ideales para revolver en los cubos de basura y de compostaje. Homo sapiens ha levantado vastos asentamientos en los cinco continentes: más de 600ciudades superarán el millón de habitantes en 2030. Nunca antes una especie había generado un hábitat nuevo para otras a escala planetaria.

Al mismo tiempo está ocurriendo algo aún más sorprendente. La ciudad (con su rostro de ladrillo, vidrio y acero, el pulso frenético de los vehículos que circulan por sus venas, su refulgente luz artificial y las sustancias que rezuman por sus poros) es un entorno de alto riesgo, pero pródigo en recompensas. Pese a su severidad, ofrece muchas ventajas, en especial los alimentos y los recursos que acumulamos. Al igual que en los ambientes naturales hostiles, como los desiertos, los manantiales de aguas sulfurosas y las cavernas profundas, la combinación de riesgo y oportunidad determina la evolución de la fauna y la flora que coloniza la ciudad. Los estudios lo demuestran: las urbes son hervideros evolutivos, lugares que fuerzan una adaptación rápida y generalizada de los seres vivos.

Caracoles callejeros
Para contemplar la evolución urbana, basta con emprender una caminata sobre el terreno, que comienza bajando a la calle. Mi humilde jardín ofrece un buen ejemplo: debo admitir que, para ser biólogo, su estado es deplorable —como se empeña en recordarme Frank—; entre las viejas baldosas brota toda clase de hierbajos; en una esquina, languidece un rosal; y en la otra, se yergue solitaria una hortensia. No hay mucho más, aparte de unas enredaderas que trepan con vigor por el muro.

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